Albania promete (con el nombramiento de una IA como ministra) transparencia y objetividad, pero el código es una caja negra que conocen unos pocos. Si algo sale mal, es culpa del algoritmo, falló el sistema, y la responsabilidad de quienes manejan los hilos se traslada a una máquina, se diluye sin consecuencias jurídicas para nadie. Se abre entonces un debate importante: ¿puede el algoritmo blindar contra la corrupción?