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    Aburrite que me gusta

    En un mundo que premia la hiperactividad, recuperar el valor del aburrimiento puede ser un acto silencioso de resistencia y, al mismo tiempo, una vía inesperada hacia una existencia más plena y con mayor sentido

    Columnista de Búsqueda

    Las vacaciones suelen llegar cargadas de expectativas. Para los adultos, representan una pausa necesaria, un tiempo para bajar el ritmo, descansar y, muchas veces, compartir más horas en familia. Para niños y jóvenes, en cambio, ese tiempo libre prolongado puede transformarse rápidamente en un territorio incómodo, difícil de habitar. Apenas pasan los primeros días, comienzan a aparecer frases que se repiten como un eco en muchas casas: “papá, estoy aburrido”, “quiero hacer planes con mis amigos”, “mamá, me aburre ir con ustedes a la playa”. Lo que al principio parecía un anhelado descanso se vuelve un espacio de fricción, negociación y, en ocasiones, frustración compartida.

    En ese escenario, los adultos suelen sentirse interpelados por una demanda implícita: la obligación de entretener, organizar, llenar cada hora con actividades que mantengan alejados el aburrimiento y la queja. Las vacaciones se convierten entonces en una agenda paralela de planes, traslados y propuestas que buscan satisfacer expectativas ajenas, muchas veces a costa del propio descanso. Al mismo tiempo, niños y adolescentes experimentan la tensión entre el deseo de autonomía, elegir con quién estar y qué hacer, y las dinámicas familiares, que no siempre sienten propias. El aburrimiento aparece como una señal de esa incomodidad, pero también como una palabra cargada de reproche, dirigida a los adultos y a las decisiones que organizan el tiempo compartido.

    Estas escenas, tan habituales como incómodas, no solo hablan de vacaciones quizás mal planificadas o de diferencias generacionales. Revelan una relación más profunda con el tiempo libre, con el silencio y con la falta de estímulos constantes. En una cultura que promueve la actividad permanente y la diversión organizada, el aburrimiento se vuelve algo intolerable, especialmente cuando irrumpe en un período que se supone debería ser “perfecto”. Sin embargo, detrás de esas frases repetidas una y otra vez se esconde la oportunidad de repensar qué lugar damos al aburrimiento, al tiempo no programado y a las expectativas que proyectamos sobre el descanso, tanto propio como ajeno.

    Durante mucho tiempo, el aburrimiento, en especial en el ámbito laboral, fue considerado un enemigo silencioso del desempeño, una señal inequívoca de pérdida de tiempo, desmotivación o, incluso, fracaso personal. En una cultura que valora la velocidad, la estimulación constante y la productividad visible, aburrirse parece casi un defecto moral. Sin embargo, esta mirada simplificada omite una dimensión más profunda y paradójica del aburrimiento: su potencial como espacio fértil para la reflexión, la creatividad y el sentido. El filósofo Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura en 1950 y conocido por su libro La conquista de la felicidad, sostenía que una vida demasiado llena de estímulos y obligaciones dejaba poco espacio para el pensamiento genuino. Desde esa perspectiva, el aburrimiento no sería un error a corregir, sino una condición necesaria para que algo nuevo pueda emerger.

    El aburrimiento aparece cuando la mente desea involucrarse en algo significativo y no logra hacerlo. No es simplemente falta de actividad; de hecho, puede surgir incluso en contextos de alta demanda y agendas saturadas. El psicólogo John Eastwood, uno de los principales investigadores contemporáneos del tema, lo define como una experiencia en la que queremos prestar atención, pero no encontramos a qué. Esta vivencia suele venir acompañada de incomodidad, una percepción distorsionada del tiempo y un impulso fuerte por escapar de la situación. En la actualidad, esa salida está siempre al alcance de la mano. Pantallas, notificaciones y contenidos breves nos ofrecen alivio inmediato, aunque muchas veces interrumpen un proceso mental más profundo que necesita silencio y espacio para desplegarse.

    Cuando la mente no está ocupada en tareas externas, se activa un modo de pensamiento distinto, más introspectivo y asociativo. Investigaciones en neurociencia han mostrado que, en estos momentos, se activa la llamada red por defecto, vinculada con la imaginación, la memoria autobiográfica y la construcción de sentido. Es allí donde emergen preguntas que normalmente quedan relegadas: si lo que estamos haciendo tiene sentido, si el rumbo elegido es el adecuado, qué aspectos de la vida generan entusiasmo y cuáles se sostienen solo por inercia. Estas preguntas pueden resultar incómodas, pero también son fundamentales para construir coherencia personal y propósito. Evitar sistemáticamente el aburrimiento implica, en muchos casos, evitar ese diálogo interno, lo que a largo plazo puede derivar en una sensación de vacío, desconexión o desgaste emocional.

    Ahora bien, no todo aburrimiento es igual ni cumple la misma función. Existe un aburrimiento transitorio, leve, incluso creativo, que puede abrir espacio a la curiosidad y al juego. Pero también hay formas de aburrimiento más densas, persistentes, que se parecen menos a una pausa fértil y más a un estado de apatía o desgano profundo. En esos casos, el aburrimiento puede estar entrelazado con otros estados emocionales y de salud mental, como la depresión, el agotamiento crónico o el burnout. Aquí, “salir del aburrimiento” no es simplemente una cuestión de voluntad, cambio de actividad o actitud positiva, sino un proceso más complejo que requiere tiempo, acompañamiento y, en algunos casos, ayuda profesional.

    Reconocer esta diferencia es clave. Idealizar el aburrimiento como si fuera siempre una puerta directa a la creatividad puede resultar injusto o incluso culpabilizante para quienes atraviesan estados de malestar más profundos. Dejar abierta la pregunta por sus múltiples causas, que pueden ser emocionales, contextuales o vinculares, permite una mirada más humana y menos simplista. No todo aburrimiento es un mensaje que pide ser interpretado de inmediato; a veces es una señal de que algo duele, pesa o está desbordado.

    Existe, además, una relación interesante entre el aburrimiento y la energía mental. Tomar decisiones constantemente, incluso sobre asuntos triviales, consume recursos cognitivos. La repetición y la rutina, cuando se aplican de forma estratégica, pueden liberar esa energía para cuestiones verdaderamente importantes. El psicólogo Daniel Kahneman, en su libro Pensar rápido, pensar despacio, explica cómo la sobrecarga de decisiones deteriora el juicio y la atención. En este sentido, cierta monotonía en la vida cotidiana no siempre es una pérdida, sino una forma de protección. Lo “aburrido” puede ser funcional: reduce el ruido, simplifica y permite focalizarse en lo esencial.

    Al mismo tiempo, cuando el aburrimiento se sostiene en el tiempo y se acompaña de desinterés profundo, puede actuar como catalizador del cambio. Escuchar esa señal abre la puerta a rediseñar tareas, buscar nuevos desafíos o replantear prioridades. Muchas ideas innovadoras surgen precisamente en momentos de aparente inactividad, cuando la mente divaga sin un objetivo inmediato. Como señalaba Albert Einstein, algunas de sus mejores ideas aparecieron en momentos de quietud más que de esfuerzo intenso. La creatividad rara vez florece bajo presión constante; necesita espacios vacíos donde las asociaciones puedan formarse libremente.

    Aceptar el aburrimiento no implica resignarse a él, sino aprender a habitarlo sin huir de inmediato, siempre que se trate de un aburrimiento tolerable y no de un sufrimiento sostenido. Practicar momentos deliberados de desconexión, tolerar el silencio y permitir que la mente vague son formas de entrenar esa capacidad. Con el tiempo, esto no solo reduce la ansiedad frente a la falta de estímulos, sino que también vuelve más ricas las experiencias cotidianas. Quien se acostumbra a estar siempre estimulado termina necesitando cada vez más para sentir algo; quien desarrolla la habilidad de aburrirse descubre matices y significados en lo simple.

    En última instancia, el aburrimiento cumple una función similar a la de otras emociones incómodas y puede transformarse, entonces, en un estímulo que informe, oriente y empuje a la reflexión. Ignorarlo o anestesiarlo puede ser tentador, pero hacerlo de manera sistemática tiene un costo. Integrarlo, sin romantizarlo ni negarlo, permite una relación más consciente con el trabajo, el tiempo y la propia vida. En un mundo que premia la hiperactividad, recuperar el valor del aburrimiento puede ser un acto silencioso de resistencia y, al mismo tiempo, una vía inesperada hacia una existencia más plena y con mayor sentido.

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