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    Trump, la era del imperio y qué le espera a la Argentina en 2026

    El debilitamiento del dólar buscará equilibrar las cuentas externas de Estados Unidos; Donald Trump nunca ha visto con malos ojos un dólar más competitivo

    Columnista de Búsqueda

    El editor de The New Yorker, Dexter Filkins, en un reciente perfil sobre el secretario de Estado, Marco Rubio, cuenta que la visión de la actual política exterior de Estados Unidos se basa en la creencia de dos supuestos: primero, Washington percibe que es explotado por el resto del mundo al financiar una red de reglas, normas y alianzas internacionales a expensas de sus ciudadanos que pagan impuestos; y, segundo, que el país es dañado por importar más de lo que exporta.

    “Con Trump, Estados Unidos se enfocará en dominar el hemisferio occidental dejando Eurasia a China y Rusia. El objetivo de la política exterior no será la diplomacia sino el comercio a través del despliegue de la política tarifaria sobre los bienes importados”, dice Filkins respecto al primer punto.

    Y (agrego yo), el debilitamiento del dólar buscará equilibrar las cuentas externas de Estados Unidos. Donald Trump nunca ha visto con malos ojos un dólar más competitivo.

    La desilusión de Washington con su diplomacia no viene solo desde la época de los ataques a las Torres Gemelas, sino también con los billones de dólares gastados en Irak y Afganistán en los años 2000. Trump se pregunta: “¿Cuántos hospitales y escuelas nos cuesta?”. A eso le siguió el salvataje a los bancos de Wall Street con la crisis de 2008.

    ¿Y los trabajadores de Estados Unidos?

    Trump ha dicho “America First”. Puso la mirada y su prioridad en su territorio. Y eso es lo relevante para la Argentina porque su principal aliado en la región es nada menos que Javier Milei.

    Entonces, desde esta óptica hay que leer la relación, al menos por ahora, entre Trump y Milei.

    Kissinger recomendaba leer historia para saber si, en la actualidad, veíamos algo nuevo. ¿Hay algo nuevo con Trump?

    En 1823, el presidente James Monroe declaró el hemisferio occidental fuera del alcance de la colonización europea. China es, posiblemente, el equivalente de esta era a los colonizadores europeos. En busca de mercados y recursos, ha extendido su influencia por toda Latinoamérica. Al derrocar al dictador venezolano Nicolás Maduro, Trump ejerció su propio corolario de la doctrina Monroe, privando a China de una posición clave. Claro que Trump priorizó el control del petróleo venezolano, y dejó su liderazgo prácticamente intacto. Rubio dijo que la democracia en Venezuela es un objetivo a “largo plazo”.

    La lógica de Trump, a la que se acomodan necesidades como las de Milei de terminar de estabilizar la economía, empieza a ser vista, para medios como The Wall Street Journal, como la que regía en el capitalismo del siglo XIX. La era de los imperios. Giuliano da Empoli la llama “la hora de los depredadores”.

    ¿Será tan así que no hay nada de nuevo en este nuevo orden mundial en el que se inserta la Argentina, donde nuestro país vuelve a ser ápice de un imperio?

    Sigamos con el consejo de Kissinger.

    En 2026 se cumplirán 250 años de la publicación de un libro clave de la ciencia económica, La riqueza de las naciones. Su autor fue un escocés, Adam Smith. La obra (vasta, original y disruptiva) fue clave en varias ideas como las del libre cambio, la teoría de la división del trabajo, la metáfora de los animal spirits empresarios y la crítica al colonialismo.

    Centrémonos por un momento en esta última observación que hace Smith y tiene que ver con el mundo actual. Dicho sea de paso, aparece bastante bien reflejada en el último libro del editor de Economía de la propia revista The New Yorker, John Cassidy (El capitalismo y sus críticos), en el que teje una formidable historia del pensamiento económico, social y político del sistema capitalista, sus avances y sus contradicciones.

    Cassidy nos cuenta que un aporte fundamental de Smith es su crítica al gobierno británico por apoyar a empresas privadas que prestaban sus servicios a las aventuras imperialistas de la Corona y de esas mismas compañías. Llegó un momento, describe Smith en su obra, que los intereses económicos del país quedan subordinados a los de un sector económico que usurpa el control de los recursos del Estado y los utiliza para su propio provecho.

    ¿Le suena?

    Entre los beneficiarios del imperialismo del siglo XIX estaban los proveedores y fabricantes de la Armada, digamos, el complejo militar, los amigos del poder y la propia City de Londres.

    Smith decía que el avance de la economía de libre mercado desplazaría un Estado corrupto e inmoral, maniatado por los monopolios, por un sistema en el que las decisiones de las empresas y las personas se tomarían en función de criterios guiados por la libertad y el interés individual.

    El desarrollo del sistema capitalista que pensó Smith cambió no solo la globalización, sino las relaciones humanas, llevando avances y penurias a la India y a las Américas, pero también mostrando rápidamente sus contradicciones, y es acá donde viene un aspecto crucial para entender a Trump y el mundo actual: la tasa de ganancia de las empresas eventualmente cae, cuenta Cassidy, porque las firmas se quedan sin proyectos redituables y de ahí su incesante necesidad de expandirse, de que las empresas maximicen su posición dominante en el mercado para generar una situación de monopolio durante la mayor cantidad de tiempo posible. Es una lógica de la que el capitalismo nunca pudo escapar y que muchos hoy reconocen en la era Trump.

    Karl Polanyi ya lo dijo: a medida que el capitalismo industrial se expande a escala global, sucede un aumento del proteccionismo, del intervencionismo del gobierno y, por lo tanto, del imperialismo. Las tensiones sociales y políticas acentuadas por las contradicciones del propio sistema económico incentivan a los países a tomar medidas proteccionistas para sus grandes conglomerados industriales. Polanyi cita el caso de la Larga Depresión de 1873 a 1886 y cómo, en ese lapso, economías como la alemana aplican aranceles a las importaciones para proteger sus industrias.

    Claro que Alemania ya no era un país. Era un imperio. Y sus tensiones hacían que marchara directo a una tragedia que no logró evitar ni la creación de un sistema de pensiones para atender a los desprotegidos.

    El propio Trump cita seguido a William McKinley, un presidente de Estados Unidos de aquella época (1897-1901), que también aplicó tarifas para esa misma época.

    “Hizo muy rico a nuestro país mediante aranceles y talento”, dijo Trump en su discurso inaugural del Foro Económico Mundial de Davos del año pasado. Allí explicó su concepto sobre las tarifas: “Mi mensaje a todas las empresas del mundo es muy simple: vengan a fabricar su producto en Estados Unidos y les daremos uno de los impuestos más bajos de cualquier nación del mundo. Pero, si no fabrican su producto en EE.UU., entonces, muy simplemente, tendrán que pagar un arancel, lo que dirigirá cientos de miles de millones de dólares e incluso billones de dólares a nuestro Tesoro para fortalecer nuestra economía y pagar la deuda”.

    El argumento de Trump, sin duda, obedece a la lógica de los imperios, como diría Eric Hobsbawm, la necesidad de ampliar el territorio para sus empresas y vender así sus productos para atender necesidades domésticas tantas veces postergadas.

    Ahora, un año después, en el Foro de Davos del pasado enero, Trump volvió a la carga con el mismo asunto, solo que luego de la intervención de Estados Unidos en Venezuela y la amenaza a Europa con anexar Groenlandia. The Wall Street Journal tituló un artículo diciendo: “Con el destino de Groenlandia en constante cambio, volvemos a la era del Imperio”. Y agregó: “La Casa Blanca revive un juego de expansión territorial que trata las tierras extranjeras como bienes raíces y a sus habitantes como estadounidenses en espera”.

    Trump pateó el tablero de la globalización tal cual fue entendida con las reglas después de las guerras mundiales. Con su idea de incorporar a Groenlandia a su territorio como freno a los avances de Rusia y China y las declaraciones de su asesor en materia de seguridad, Stephen Miller, quien justificó la movida de anexar la isla en el Ártico diciendo que el mundo se gobierna “por poder” y que la acción de la fuerza es la que revela ese poder.

    La Argentina que supo crecer y recibir inversiones de la mano de un imperio (el británico), justamente hoy se encuentra como aliada de Estados Unidos en un momento en el que Washington trata de reescribir las normas de la globalización y las relaciones con los países. Y la toma en un momento de tránsito: bajando la inflación, tratando de acumular reservas y procurando volver a crecer luego de dos décadas de desestabilización.

    La novedad, si se quiere, es que la alianza actual de Argentina y Estados Unidos es entre Trump y Milei. La pregunta que muchos se hacen es qué pasará si Trump empieza a ser pato rengo en 2026. Sin duda, será uno de los temas principales de otro año para abrocharse el cinturón.