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Franco Rilla: "Me cuesta habitar el presente muchas veces"

Edad: 32 Ocupación: Actor y compositor musical Señas particulares: Le gusta la playa vacía; tiene cinco gatos y está esperando el perro; es muy autoexigente; a veces habla solo por la calle, pero en realidad está repasando el guion

Redactora de Galería

Decís que actuar te hace sentir vivo, ¿eso significa que sin la actuación hay una parte que está muerta?

Me pasa con el arte en general, me poetiza la vida, y la belleza, y la tristeza, y todo. Vivo además es el nombre de un disco que estoy sacando ahora, todo de música instrumental. Yo soy el único compositor, con algunos invitados. No sé por qué digo que me hace sentir vivo, de repente es por la peligrosidad que tiene el teatro, la adrenalina de que sucede esa única vez con el público enfrente y que la sangre empieza a comportarse de otra manera, la respiración, los sentidos se expanden y es un acto vivo lo que sucede ahí arriba del escenario.

¿Qué personaje se te quedó pegado más de lo que querías?

No sé, me pasan cosas a nivel más inconsciente con los personajes. Cuestiones psicosomáticas. Por ejemplo, en Slaughter, que yo era un soldado, empecé a tener unas puntadas en la pierna que no te puedo explicar, un dolor… Terminó la obra y se me fue. Y en el guion no pasaba nada con la pierna, no había una herida de bala ni nada, pero había algo que me iba para ahí. Después, en Páramo me empezaron a picar mal los brazos. No consulté al médico porque ya sabía, pero la primera vez sí me pegué un cagazo bárbaro.

¿Cuál fue tu pérdida más grande?

La pérdida de mi vieja. La muerte de la madre o el padre casi siempre va a ser una pérdida enorme. A mí me generó muchísimo dolor cómo se dio todo. Vivía con ella. Me quedé con una herida que hasta el día de hoy me marca la personalidad, algo de ese dolor me hace tener la fuerza que tengo para hacer las cosas que hago. Es parte de mi sensibilidad, de cierta bronca también, que me hace ir a por más, con una cosa bien pasional, de transmitir las cosas de una manera que no sea liviana, sino como ir a defender la vida.

Todo lo que hago me lleva no solo a cambiar de personaje, sino a cambiar de grupos humanos, y eso también es enriquecedor. Todo lo que hago me lleva no solo a cambiar de personaje, sino a cambiar de grupos humanos, y eso también es enriquecedor.

¿Y cómo es el Rilla músico?

Soy antes músico que actor. Mi familia es grande por parte de mi viejo, son ocho hermanos, y el arte siempre estuvo bien visto. Hay muchos músicos, una prima bailarina, un primo cineasta, poetas, gente más asociada a la literatura. Mi abuelo era pintor, mi viejo pinta y toca la guitarra. El arte siempre estuvo y a mí siempre me interesó la música. Cuando mis viejos se separaron, mi viejo me regaló un teclado. A los 12 empecé a hacer clases de piano con mi tío Pablo Rilla, a los 15 armé una banda y terminé agarrando guitarra, charango, armónica, de todo un poco. Recién después vino el teatro, y me di cuenta de que ahí podía integrar todo. De hecho, en varias obras estoy con un piano en escena. Me gusta vincularlo, ahora que compongo música instrumental me estoy yendo más para ese lado, más vinculado a música de película o para teatro.

¿Qué te gusta escuchar?

Me gusta todo lo que nace de un lugar genuino, sincero y por ganas de expresar algo. Me gusta la música instrumental, el rock and roll, el reggae. Me gusta mucho Gustavo Santaolalla. Me pasa que me obsesiono con una canción y le doy hasta agotarla. Ahora estoy escuchando un tema que se llama Hasta que me quede sin voz, de Leiva. Pero me gustan El Príncipe, (Eduardo) Mateo, Jaime Roos, Charly García, Fito Páez, música de acá, música del Río de la Plata, música brasileña.

¿Te aburrís fácil de vos mismo?

No creo. Uno se mete en diferentes mundos, con diferentes personas, y aprendés un montón. Todo lo que hago me lleva no solo a cambiar de personaje, sino a cambiar de grupos humanos, y eso también es enriquecedor. Muchas veces sé cosas por la experiencia del teatro, por obras en las que tenés que interiorizarte de determinados temas, y de repente me doy cuenta de que las apliqué en la vida real. No me puedo aburrir de eso. Pero de mí mismo, como todo el mundo, a veces sí. Pero no me cuesta habitar mi propio mundo. Me regusta. Vivo en Bella Vista, estoy con mi gente, mi mascota, mi mate, mis instrumentos y casi que con una playa privada.

¿Qué te pasa a las tres de la mañana cuando no podés dormir?

La cabeza va un poco más rápido de lo normal. Tengo ansiedad. Creo que estamos muchos en esa, por las redes sociales, la tecnología, el ritmo. También por eso me fui. Me pudrió un poco la ciudad. Y eso que es Montevideo, chiquito. Hay mucha mirada al futuro en este rubro, y eso a veces pesa. De repente estoy pensando que una obra se hace de acá a seis meses, que tengo que vivir de acá a seis meses. Me cuesta habitar el presente muchas veces. Estamos siempre proyectando cosas y trabajando para momentos que son cortos, para cuando estás en el escenario, y cuando está sucediendo la cosa, se pasa volando.

¿Sos obsesivo?

Sí, con ordenar. Me gusta ordenar, me gusta cocinar. También lo hago porque sé que me hace bien. En cuanto al arte, sí, soy muy obsesivo, muy autoexigente. Y voy a exigirles también a los demás. A veces me paso de rosca con otros, y es un ejercicio que tengo que hacer: exigirme a mí mismo, pero también entender que otras personas que se dedican a esto quizás no le pongan tanto peso o lo hacen más por una cuestión de disfrute. No se les va la vida en eso. A mí sí. Voy al más mínimo detalle, no dejo nada al azar.

¿Y para enamorarte sos así también?

No, ahí soy tranquilo. En los vínculos intento ser un humano funcional. No me gusta estar demandando nada, no me gusta presionar a nadie. Me gusta compartir desde un lugar sano, que haya comunicación. Obviamente, todos tenemos días, todos tenemos nuestras cosas, pero se trata de charlarlas, de crecer juntos. Lo importante es quererse y tener empatía.