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Hugo Soca: “Mientras tenga proyectos, siento que sigo vivo”
Edad: 51 Ocupación: Cocinero, empresario gastronómico, conductor de televisión, autor Señas particulares: Creció en una casa de barro sin luz eléctrica en Maldonado; trabajó como cadete de OCA y en una óptica en Punta del Este; si no hubiera sido cocinero, habría sido diseñador
¿Cuál es su primer recuerdo relacionado con la cocina? En la infancia. Me crie en el campo, en una familia de pequeños productores rurales que trabajaba la tierra con bueyes y caballos. Lo que cosechábamos se vendía en la feria. En casa se ordeñaba, se hacía queso, se alimentaba a las gallinas, se juntaban los huevos y se criaban los pollos para los guisos. Ahí entendí que la comida empieza mucho antes de llegar al plato. Vivíamos en una casa de barro, sin luz eléctrica y con el baño afuera. Iba a la escuela rural a caballo y éramos 12 alumnos. Solo comprábamos harina, aceite, azúcar. Lo demás lo producíamos nosotros.
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Sí. Desde muy chico tenía tareas. Llegaba de la escuela y había que atar los terneros, juntar los huevos o cuidar los animales. Los fines de semana trabajábamos en la feria y en verano, en el campo. Mi madre y mi abuela me enseñaron a cocinar, pero también a respetar la tierra, los tiempos de la naturaleza y el producto. Más que extrañar esa infancia, la agradezco. Todo lo que soy nació ahí.
¿Cómo era el vínculo con su padre?
Falleció cuando tenía 15 años. Mis dos hermanas ya se habían ido de casa y quedábamos él, mi madre y yo trabajando la tierra. Su muerte me obligó a madurar muy rápido. Al día siguiente del velorio había que cosechar las verduras, preparar la quinta e ir a la feria. Era nuestro medio de vida y el campo no espera. A los 15 años ya iba solo a vender a la feria. Un camión pasaba a buscarme a las tres de la mañana, cargábamos los cajones y armaba el puesto antes del amanecer. Por eso sigo defendiendo tanto a los productores rurales. Sé perfectamente lo que significa ese trabajo.
¿Cuándo supo que quería otro destino?
Muy temprano. Recuerdo decirle a mi madre, cuando tenía nueve o 10 años, que un día me iba a ir a Montevideo, que iba a escribir libros y que iba a trabajar en televisión. Todo cambió cuando llegó la luz eléctrica y compramos un televisor. Empecé a mirar Utilísima y descubrí que existían los cocineros como profesión. Ahí entendí que ese era mi camino.
¿Cómo llegó a Sucré Salé?
Un día, caminando por 18 de Julio, vi el cartel de Sucré Salé y pensé: “Algún día voy a trabajar acá”. Entré a preguntar si necesitaban personal. Me dijeron que volviera en marzo. Volví y me tomaron. Mientras trabajaba ahí empecé a pensar que algún día ese restaurante iba a ser mío. Años después me avisaron que vendían la llave. Yo no tenía dinero, pero mi hermana me prestó todo para comprarlo. Después viajé a Francia para perfeccionarme, estudié en Gato Dumas y, cuando el restaurante empezó a crecer, apareció otro sueño: escribir un libro. Al principio todas las editoriales me dijeron que no, hasta que finalmente nació Nuestras recetas de siempre.
¿Cómo hizo para entrar en televisión?
Como hice siempre, preguntando. Una amiga me consiguió el contacto de una productora de Canal 4. La invité a comer y le conté que quería cocinar en televisión. Un día faltó un cocinero y me llamaron. A los dos meses ya integraba el equipo de Buen día, Uruguay. Después sentí que quería hacer un programa propio. Subí al segundo piso del canal y les propuse un ciclo sobre el trabajo de los productores rurales. Me pidieron un piloto y así nació De la tierra al plato.
Además de una carrera, fue construyendo una identidad…
Transformé mi nombre en una marca. Me llamo Hugo Gabriel Soca González, pero cuando tenía 13 o 14 años les dije a todos que dejaran de llamarme Gabriel. Decía: “Yo soy Hugo Soca”. Mi padre había querido ponerme Hugo y mi madre prefería Gabriel. Yo repetía que Hugo tenía cuatro letras y Soca también, y que algún día ese iba a ser mi nombre.
¿Siente que pagó algún precio para llegar hasta donde está hoy?
No. Creo que todo me enseñó algo. La muerte de mi padre, por ejemplo, me dejó una enseñanza enorme. Nunca le había dicho “te quiero”. Cuando falleció entendí que ya nunca iba a poder hacerlo. Desde entonces aprendí a decirles “te quiero” a mis afectos. También perdí a mi madre, a una hermana y atravesé otras pérdidas importantes, pero trato de transformar el dolor en aprendizaje.
¿Se pone a sí mismo en primer lugar?
Creo que uno tiene que estar bien primero. No porque quiera menos a los demás, sino porque, si uno no está bien, tampoco puede darle lo mejor al resto. Muchas personas se ponen siempre en segundo lugar: primero los hijos, la familia o el trabajo.
¿Es fácil convivir con usted?
Soy exigente. Me gusta el orden, que las cosas estén cuidadas y vivir en paz. Con mis amigos soy muy demostrativo y en pareja soy muy romántico y detallista. No me gustan los gritos ni la violencia. En el restaurante trabajan unas 50 personas y no permito que nadie le falte el respeto a otro.
¿Qué valora en una pareja?
Lo primero es el compañerismo. Me gustan las personas detallistas, cariñosas, educadas e inteligentes. También valoro que se cuide emocional, física y mentalmente; que disfrute de la vida, tenga proyectos y me sorprenda. Y que sea una persona resuelta. No estoy para sostener ni mantener a nadie.
¿A qué teme?
Mi mayor miedo es perder la capacidad de soñar o de entusiasmarme. Mientras tenga proyectos y ganas de aprender, siento que sigo vivo.
¿Cómo le gustaría que lo recordaran?
Como una buena persona. Si además fui un buen cocinero o hice buenos programas de televisión, mejor. Lo que realmente me importa es que digan que fui alguien que ayudó a otros y que nunca se olvidó de dónde venía.
¿Qué ha aprendido sobre la felicidad?
Que está en las cosas simples. Compartir una comida con amigos, un abrazo, un viaje, una caminata, una charla