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Mago Ariel Jr: "Si en esta época sos un mal mago, es porque querés serlo"
Nombre: Ariel Tabares • Edad: 70 años • Ocupación: Mago • Señas particulares: Conoció a su esposa durante un show, casi abre un dojo en los 80, se envía correspondencia con David Copperfield
Es la segunda generación de magos. ¿Qué cosas de su infancia todavía le cuesta distinguir si fueron juego o realidad? Me crié entre palomas, patos, gallinas y conejos. Con cartas y un montón de elementos que para la mayoría de la gente fueron, son y serán extraños, como un cajón en donde se metía a una persona y se la cortaba con un serrucho. Para mí era normal, como si fuera hijo de un contador que tiene un montón de biblioratos. Pero para los demás era como ir a Disneylandia. Era una casa rara, la casa de los locos Addams.
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¿Quién fue mejor mago? ¿Usted o su padre? Ninguno fue mejor que el otro. Él tenía unas técnicas que yo nunca pude lograr y yo unos estudios a los que él no pudo llegar por diferentes motivos. Cada época va marcando una magia. La magia de él fue muy autodidacta y maravillosa. No había congresos, no había libros, no había internet ni clases. Ahora yo me siento en el sillón, prendo el televisor y tengo encuentros virtuales con magos de China, Europa o Estados Unidos. Entonces, si en esta época sos un mal mago, es porque querés serlo.
¿Cuántas presentaciones llegó a hacer en un día? Mi máximo fueron nueve shows un sábado. Empezábamos a las once de la mañana, con cumpleaños infantiles, y seguíamos hasta la madrugada con presentaciones para adultos.
¿Recuerda algún truco que le haya salido rematadamente mal? Una vez estaba trabajando en una casa en Carrasco, en una fiesta infantil al aire libre, en pleno verano. Hice aparecer dos palomas reales, vivas, preciosas: mis bebés. En determinado momento, no sé qué pasó, pero volaron y cayeron en el pasto, ahí nomás, a dos metros. Fue instantáneo: aparecieron dos gatos de la casa y se les tiraron encima. Todo en una fracción de segundo. ¿Y atrás quién se tiró? El mago. Claro, tenía que salvarlas. ¡Por suerte no les pasó nada!
¿Cómo conoció a su mujer? Hice un show como cualquier otro y, en una rutina con cuerdas, una muchacha me dice: “Ah, te descubrí. Tenés la cuerda ahí en el saco”. Había querido descubrir algo que no existía. Entonces me abro el saco como en las películas y le digo: “Revisame, soy todo tuyo, pero el precio es otro”. La gente se rió muchísimo. Ella me dice: “No, yo soy casada, está mi esposo ahí”. Y yo le digo: “Pero yo no soy celoso”. Siguió la comedia. Entonces me dice: “En todo caso, que te revise la cumpleañera, que es soltera y está buscando novio”. No se debe juntar el trabajo con la vida personal, pero la carne es débil. A los dos días la llamé y la invité a tomar un café. Ese café del lunes pasó para el miércoles y ya no fue un café: fue una cena. Cuando llegó, apareció con un álbum de fotos antiguas y me dijo: “Mirá, este fue el cumpleaños de seis años de mi hermana. Esta es mi otra hermana y esta soy yo”. Da vuelta la hoja y estaba yo, con ellas tres, haciendo magia. Me sentí muy mal. Pero palabra va, palabra viene… nos casamos ese mismo año. Al año siguiente, tuvimos a nuestra hija Guliana y este diciembre van a hacer 20 años de que nos casamos.
¿Es romántico? No sé si soy romántico, pero soy humano. Soy muy sensible y vivo para mi familia. Soy un padre presente. Desde que nacieron mis hijos dejé de viajar, cosa que me fascina. Ahora, cuando me contratan para un congreso, digo que soy el mago más caro de la historia. No pido caché, pero sí pasajes y hotel para cuatro.
Mago Ariel
Mauricio Rodríguez
¿Cómo logra encarar un show con energía, incluso en un mal día? Tenés que ser profesional porque hay clientes que confían en vos. La persona que más quise en el mundo fue mi abuela, María Adela. El día que falleció tenía show; estaba hecho pedazos. Mi familia no quería que fuera a trabajar, pero me sentía en la obligación de ir porque me estaban esperando. Me di un par de sopapos, una ducha de agua fría, me transformé en mago y fui a trabajar. Terminé el espectáculo y ahí me hice pedazos, me desarmé como un puzzle.
¿Le cuesta frenar? Sí. Hace 12 años, en un congreso en Argentina, me empecé a sentir mal. Me costaba respirar, me empezó a doler el brazo izquierdo y un hormigueo. No dije nada y seguí, cada vez peor. Llegué a casa sin decir nada. Al día siguiente me metieron en una escuela a trabajar con 500 niños, y yo no podía respirar, tenía dolor en el pecho. Estaba haciendo un infarto. Llamaron a la emergencia, vinieron, me hicieron un electro. Me dijeron: “Te tenemos que internar, si no, te nos vas”. Yo no quería, me peleaba porque tenía trabajo esa misma noche. Tenía el 95% de la arteria principal tapada. Me pusieron un stent y estuve una semana internado.
Cuando salí de la anestesia vi a mi mujer y le pedí que me trajera lapiceras y una cuadernola. Empecé a escribir ideas, rutinas, cosas. No paraba la cabeza. Mi cardiólogo, que es amigo, me dijo: “Sos un animal, tenés que cuidarte, sos hiperactivo”. Me advirtió que iba a quedar distinto después de eso, y tenía razón. Empecé a llorar con películas, me sensibilicé muchísimo. Me humanizó.
Vive rodeado de libros. ¿Cuál fue el último que leyó? Estoy leyendo mucho sobre magia últimamente. El último que compré es la historia de Fú-Manchú, que fue el ídolo de mi padre.
También es un apasionado de las artes marciales. Me fascinan. Hice Kyokushin y jiu-jitsu cuando era muy joven. Tuve la oportunidad de ser muy amigo de Ricardo Sosa, quien introdujo un estilo de karate muy duro acá en Uruguay, y también de ayudarlo en la organización de grandes eventos. Con el correr de los años, la magia me fue absorbiendo. Tengo que cuidar mi cara y mis manos porque vivo de ellas. No me puedo accidentar, no me puedo quebrar, no puedo hacer muchas de las locuras que hacían mis compañeros, como quebrar tablas o ladrillos. Igual, es una pasión. Hubo una época bastante intensa en la que me planteé dejar la magia y poner un dojo. Finalmente, seguí con la tradición.