¿Cómo surgió la idea de dirigir Reikiavik?
Estaba terminando mi gestión de cinco años (como directora de Cultura en el gobierno de la coalición republicana) y empecé a pensar qué textos podría dirigir. Reikiavik de Juan Mayorga era uno de los que tenía muchas ganas de hacer. Es un autor con el que ya estaba familiarizada, había dirigido La tortuga de Darwin en 2017.
¿Qué le atrae de las obras de Mayorga?
Me gusta mucho, es alguien que me enseña. Él viene de la filosofía, de las matemáticas, son mundos, sobre todo el de la matemática, que para mí son totalmente extraños, y eso me atrae. Es un autor profundo pero no tiene esas metáforas herméticas, y me gusta pensar que el público está entendiendo lo que está viendo o que por lo menos puede jugar a ese juego de descubrir símbolos, signos determinados dentro de la obra. Y esta obra, Reikiavik tiene todos los temas que me gustan. Se puede decir que es sobre el arte de hacer teatro y sobre el ajedrez, porque de última el tema es la final de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky. El tema del ajedrez me fascina también como metáfora de guerra con todo lo que implica: su perfección, su belleza, su silencio, su espacio para pensar y reflexionar.
Reikiavik también es sobre política.
Sobre política y sobre la Guerra Fría, porque esa partida sucedió en 1972, y creo que el tema es muy relevante por lo que estamos viviendo hoy. Mirar hacia la Guerra Fría, hacia las potencias que pueden tocar el botón y tirar la bomba atómica, de eso se trata esa tensión. Potencias que pueden destruirse y destruir al mundo si quieren, y no lo hacen.
Desde hace unos años en el mundo estamos viviendo una tensión muy grande, desde el conflicto de Medio Oriente, Irán, Rusia, la guerra de Ucrania, entre Estados Unidos y China. Se crea una especie de miedo masivo y la obra en ese sentido está magnífica, porque los parlamentos de los jugadores, que en realidad son dos personas que se encuentran en un parque y recrean la batalla de Reikiavik de ajedrez, la recrean todo el tiempo como hacen los actores en cada función, pero que cada vez es diferente. Y es así, eso es el teatro. Y a la misma vez se habla mucho, si uno tiene ganas de escuchar y de mirar, de temas que tienen que ver con nuestro ser cotidiano, con el entender al otro también; esa es una de las virtudes del teatro, poder levantar la mirada, escuchar al otro, entender dónde se eligen esas palabras.
El teatro también es un momento de reflexión, de calma y de tranquilidad. Y ni que hablar en este mundo que estamos viviendo, donde todos estamos con la pantallita del celular, el teatro es uno de los momentos de convivencia real, donde te encontrás con gente en el público para juntos celebrar esa ceremonia, que es ver esa obra, convivir con los actores con una puesta en escena y con un autor que está por encima de todo. Para mí es fascinante toda la relación entre teatro, ajedrez y guerra.
¿En qué piensa al elegir una obra?
Cuando investigo qué obra representar, primero me tiene que enganchar pero también pienso mucho en el espectador. Cuando algo me atrae, quizás es un momento más egoísta porque también se conecta mi propia poética, con el poema que encuentro en esa obra. En fin, primero es un encuentro con el texto, después obviamente hay otra capa de encuentro con los actores y con todos los artistas que rodean un espectáculo, el músico, la escenógrafa, la vestuarista, el iluminador, todos juntos completamos ese poema que presentamos. Digo poema porque tengo que encontrar el concepto, qué es lo esencial, me parece que va por ahí.
Después también pienso en el espectador durante los ensayos, cuando pienso qué va a ver desde donde está sentado, qué va a entender, cómo le estoy mostrando el camino de encuentro con los actores y con los personajes y con las historias que contamos.
¿Habló con el autor, Mayorga?
Sí, lo conozco a Mayorga desde que dirigí La tortuga de Darwin. Comenzamos con un diálogo por mail y siempre lo seguí, leí muchos textos de él. Podría dedicarme a dirigir solo a Mayorga, tiene muchos textos que me interesan. Es un hombre interesante, que habla muy poco pero todo lo que dice tiene un porqué. Lo que uno quiere encontrar cuando hace teatro es decir exactamente lo que tiene que decir de la manera más mínima, más esencial, más poética. Creo que él hace justicia a esa forma de escribir que tiene también que ver con cómo es él.
Algo que también me interesó muchísimo de Mayorga es su discurso de ingreso a la Academia Real Española, que se llama Silencio, y después publicó como obra de teatro. Él escribe sobre el silencio en el teatro; no sobre las palabras, sino sobre la importancia del silencio, y en Reikiavik habla del silencio del ajedrez.
El mundo se ha convertido en un barullo gigantesco donde nadie se escucha, pasa mucho en la política, en los conflictos de la cotidianeidad y también en las redes sociales, todo el tiempo nos bombardean con mensajes y al final es un barullo muy grande.
Elenco obra Mayorga
Gustavo Bianchi, Santiago Reyes y Moré protagonizan Reikiavik.
Escuchar al otro resolvería varios malentendidos.
Hay una escena de Reikiavik que me encanta, Boris Spassky frente al cadáver de Fischer, dice: “¡Pensar que jugamos tantas partidas pero nunca conversamos!”. Muchos conflictos se resolverían si la gente pudiera conversar. Parece un poco inocente pero mostraríamos mucho más calidad como civilización si lográramos darle importancia al diálogo, a la conversación, al encuentro. Vuelvo al tema, sí hablé con Mayorga. Cuando Reikiavik se estrenó en 2015 yo no estaba en Madrid, me enteré de esta obra cuando leí un libro con sus obras completas, que ahora debe ser la mitad de sus obras. Ahí empezamos a hablar. Incluso él, en 2025, me invitó a dirigir el Cervantes que yo quisiera en el Corral de Comedias que gestiona el Teatro de La Abadía, donde Mayorga es el director artístico. Entonces le pedí a Álvaro Malmierca que escriba una adaptación de La gitanilla, de Cervantes. Ahora se repone ahí, que es el Corral de Comedias más antiguo de Europa, en Alcalá de Henares. Hicimos un zoom con Mayorga y los actores, al final de la lectura de la obra, y estuvo genial: hablamos dos horas y lo invité a Uruguay. Está muy ilusionado y viene al estreno el 6. Además, dará una charla en el INAE (Instituto Nacional de Artes Escénicas)sobre el teatro ante la historia y también dará una clase magistral de dramaturgia en el CCE (Centro Cultural de España); él dirige el Máster en Dramaturgia de la Universidad Carlos III de Madrid y, como miembro de la RAE (Real Academia Española), lo va a recibir el presidente de nuestra Academia Nacional de Letras. En fin, armamos una agenda interesante.
¿Entonces, sigue trabajando como una directora de Cultura?
Es que es todo lo mismo, no puedo parar de querer que las cosas salgan bien, y para mí es un orgullo que venga Mayorga y es una responsabilidad que mi país pueda tomar contacto con Mayorga y escucharlo. Por supuesto que todo esto salió con la gran ayuda de Paula Olivares, del Centro Cultural de España, que armó la agenda, y de la Embajada de España, que ha sido mi gran apoyo para hacer Reikiavik.
Siempre dije cuando era gestora, directora nacional de Cultura, que era muy parecido a ser directora de teatro: podés trabajar con muchos equipos y tener un horizonte claro y seguir, seguir hasta que el barco llegue a ese horizonte. Además, yo no me podía quedar con Mayorga para mí y el elenco. Y él está feliz porque se quedó renganchado con ese zoom que hicimos, espero que le guste la apuesta de Reikiavik y que pase muy bien en Uruguay. Para un autor sentir que sus obras cobran vida en otros lugares debe ser de las felicidades más grandes, porque de alguna manera es cómo se adaptan a otro país, se traducen pero las leemos desde nuestro lugar.
¿Cómo es la puesta en escena?
A mí me gusta mucho lo simple, no le puse mucha tecnología como en La tortuga de Darwin, que era con mapping, con video. Lo hice más simple porque mi idea es recorrer el interior del país. En el período anterior de gobierno se dejaron 40 centros culturales nacionales, muchos de ellos con espacios para artes escénicas, lugares muy lindos, más los teatros preciosos que hay en el interior. Es una obra de teatro lo suficientemente simple como para poder recorrer el país. Eso es algo que me dejó la gestión en la Dirección de Cultura, la importancia del interior y de lograr conectar con públicos de todos los extremos de nuestro territorio.
¿Quedó conforme con su gestión?
Quedé muy conforme, muy tranquila de todo lo que hicimos. Fueron cinco años en los que lo que más se escuchaba de la gente era que veían un entusiasmo y planes concretos sobre temas que nos parecían importantes para la gestión cultural, para las políticas culturales del país. Creo que en esos cinco años no falté un día, fueron muy intensos. Pero no es una crítica hacia nadie, sino que es lo que yo siento, cómo lo viví. Lo viví siendo parte del equipo del ministro Pablo da Silveira, no parábamos nunca y teníamos que poner de pie un montón de cosas, venían tormentas como la pandemia o esas cosas pero no importaba, seguíamos adelante. Logramos organizar la institucionalidad, teníamos cierto caos administrativo y de dinero que logramos revertir y entregamos la casa ordenada, con proyectos muy interesantes, como la Fundación Uruguay Cultura, como haber reconstruido los fondos de incentivo cultural. Me parece bastante importante también tener una visión objetiva de qué es la actividad cultural y por qué el país invierte y le sirve al ciudadano que paga los impuestos, cómo se ve beneficiado por esa actividad.
Me parece que la gestión pasa mucho por el patriotismo, por querer lo mejor para tu país, y ahí es donde está la diferencia, qué es lo que vas a hacer y por qué lo vas a hacer. Saber que todo lo que hiciste lo hiciste pensando en el bien de tu país; en este caso, de la actividad cultural, la proyección internacional de la cultura.
Me fui muy tranquila, muy satisfecha, muy contenta. Me da la impresión de que todos los ciudadanos tendrían que pasar en algún momento de su vida por la gestión pública, porque te da una visión del Estado realista y que la plata no crece en los árboles, y que hay que saber organizarse para sacar adelante los proyectos, y que el tiempo vuela. Todo el gobierno son 10 semestres.
¿Su visión tiene que ver con todo lo que vivió en otros países, sus culturas?
Totalmente. También aprendés que todos los seres humanos quieren lo mismo en todos lados, no somos tan diferentes. Pero sí, obviamente. Viví en India, y a veces me entristece ver la ciudad de Montevideo sucia porque me hace acordar a Nueva Delhi, pero en Nueva Delhi había 28 millones de personas. Por eso me rebela ver que no logramos encontrar una solución para nuestra ciudad. Y sí, todos los países te enseñan, algunos tienen mucha disciplina porque tienen situaciones geográficas muy difíciles, entonces son muy trabajadores; si no, no sobreviven. Viajar enseña. Pero también trabajé en Treinta y Tres muchos años y aprendí mucho viajando a solo 280 kilómetros. Está en el Talmud: “No hay que viajar tan lejos para encontrar el tesoro”. A veces está al lado tuyo y no te das cuenta.
En la Embajada de Uruguay en Israel fue una especie de asistente del pintor Zoma Baitler, que había sido agregado cultural, ¿cómo surgió?
Yo estaba viviendo en Israel y un día con mi hermana fuimos a una conferencia de Wilson Ferreira Aldunate, que había sido amigo de mi padre y queríamos conocerlo. Mi padre era más veterano, yo soy hija de un segundo matrimonio tardío de mis padres. Entonces fuimos con mi madre, nos recibió el embajador Yamandú Laguarda y le preguntaron si una de sus hijas podría ayudar en la embajada a Zoma Baitler; como mi hermana mayor no quiso, fui yo. Era un encanto de persona, me enseñó tanto en la vida. Yo iba varias veces por semana a ordenar la biblioteca y hacer cosas de oficina mientras estudiaba teatro en la Universidad de Tel Aviv. Después, un día llegó a trabajar Álvaro Malmierca, mi esposo; nos conocimos y al año más o menos nos casamos. Estamos juntos desde hace 39 años. Y Zoma siempre fue como un padrino nuestro. Aparte, Álvaro dibuja y en esa época pintaban juntos, era como familia. Guardo recuerdos muy lindos de esa época.
Es una mujer independiente, ¿no le molesta el rol que ocupa como esposa de embajador?
Increíblemente ese rol nunca me molestó para nada. Siempre lo acompañé en todo lo que pude. Y la verdad que mi grito de independencia fue cuando me vine en 2020 y él se quedó en India. Siempre lo acompañé a todos lados. Nos conocimos en Israel, después fuimos a Ciudad del Cabo, Nueva York, Madrid, India. Cada vez que llego a un lugar, busco trabajo. En India, por ejemplo, pasé bárbaro, trabajaba en una escuela de teatro increíble. La National School of Drama. India tiene 1.300 millones de habitantes y cada año un comité elige 24 alumnos, que son los que entran a la National School of Drama, y después muchos se convierten en actores de Bollywood.
Ahí di talleres de dirección y dirigí teatro. En Sudáfrica también trabajé en una escuela de cine y en Madrid estudié, hice dos másteres, uno en Ciencias Políticas, en Liderazgo Democrático y Comunicación Política, y otro en Estudios Avanzados de Comunicación Política. Como todo tiene que ver con todo, cuando empecé a estudiar eso, que era tan político, encontré un camino de la dramaturgia política y empecé a estudiar el espectáculo político dentro de lo que es la actividad política.
¿Espectáculo político como lo vemos en Estados Unidos?
Una primaria en Estados Unidos te puede costar ese día 200 millones de dólares, pero acá también se invierte mucho en comunicación política. El político que va en un ómnibus y se sube al banquito y habla, ese ya no existe. La televisión también ha pautado el estilo porque antes los debates duraban horas, en la época de Washington duraban siete horas, la gente iba a cenar y volvía. Ahora uno habla tres minutos, luego el otro, después habla un minuto cada uno. La política se mediatizó sobre todo por la televisión y cambiaron las reglas. Entonces el actor, el político, tiene que tener buena voz, tiene que saber hablar; la verdad es que los políticos uruguayos son un lujo en ese sentido. Vas a países como España y ves políticos leyendo discursos, y acá nunca vas a ver a alguien leyendo discursos. Pensá en todos nuestros últimos presidentes. Hay que recorrer el país en plena campaña electoral y dar discursos todos los días, ir a la televisión, a la radio, y manejar todos los indicadores de la política, todos los temas; es una profesión tremendamente compleja. Y el número de personas que se destaca es muy reducido, hay mucha gente haciendo eso pero no muchos con ese talento. Lo mismo pasa con los actores. Hay muchos, pero virtuosos como Anthony Hopkins son pocos. Y en el caso de Uruguay es increíble la calidad de los políticos como actores, digamos, como participantes de esa realidad de comunicación política.
Con esa vida nómada, va buscando oportunidades en cada lugar.
Yo trato de adaptarme a cada lugar. Después del estreno nos vamos a Arabia Saudita, no tengo ni idea de cómo es Riad, pero me encanta. Es un lugar que no conozco y me parece tan apasionante. A la gente le recomiendo perderse en los lugares, el arte de perderse; hay un libro que se llama así. Al principio no tenés idea de dónde estás, después te empezás a ubicar y cambia todo tu sistema, se acomoda. Es apasionante ese caos, estar perdido y buscar en cada lugar las reglas de juego.
Reikiavik, en Sala Zavala Muniz del Teatro Solís. Sábados 6, 13 y 20 de junio a las 20:30 h, domingos 7, 14 y 21 de junio a las 19 h.