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    Presidencia quiere instalar la idea de un “proceso” que supere a la vieja polémica entre blancos y colorados por la fecha de la independencia

    “El gobierno lo que quiere es una celebración de unión nacional, sin confrontación, un mundo frutillita donde no hay contradicciones. Hay que terminar con la sanata de la independencia proclamada el 25 de agosto y revelar la verdad: que la independencia surgiría en medio de conflictos y trayectorias azarosas, y que en lo único que había efectivo acuerdo (...) en agosto de 1825 era en el antiartiguismo”, dice el historiador Gerardo Caetano

    Uruguay no es un caso aislado en cuanto a la polémica sobre el día nacional. Algo parecido ocurre en Estados Unidos con el 4 de julio y en Francia con el 14 de julio. Aquí el tema ha llevado muchas décadas de discusión sin llegar a acuerdos y el debate continúa. En un artículo publicado en 1986 por la revista de la Biblioteca Nacional, el historiador José Pedro Barrán sostuvo que el debate entre sus colegas “nacionalistas” y “unionistas” había “perdido calor”. Las posturas se dividían entre los que defendían que la independencia nacional debía conmemorarse cada 25 de agosto y los que sostenían que se trata de una falsedad histórica, pues en esa fecha si bien se declararon “írritos, nulos y disueltos” los lazos con Portugal y el Imperio de Brasil, minutos después se votó la adhesión a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

    A la salida de la dictadura, Barrán percibió que existía cierto cansancio entre los académicos para discutir una vez más si el 25 de agosto era una fecha que defendían los blancos, mientras que los colorados consideraban que tenía más sentido el 18 de julio de 1830, cuando comenzó a regir la primera Constitución, y que esa debía ser la fecha elegida.

    De hecho, entre 1834 y 1860, cuando el presidente blanco Bernardo Berro impulsó el 25 de agosto, la fecha nacional, aunque no la única, había sido el 18 de julio.

    Casi en solitario, Guillermo Vázquez Franco defendió que Uruguay obtuvo su independencia el 4 de octubre de 1828, cuando se ratificó la Convención Preliminar de Paz, mientras otros historiadores pensaban en el 28 de agosto de ese año, fecha de dicha convención, que por otra parte se realizó sin representantes uruguayos pero con la presencia del inglés John Ponsonby, lo que alimentó la humorada del historiador Washington Reyes Abadie, que sostuvo que Uruguay en realidad debió llamarse Ponsonbylandia.

    En este siglo, el entonces senador y expresidente colorado Julio María Sanguinetti propuso, sin éxito, tomar la fecha de las Instrucciones del año XIII, un documento de Artigas que se produjo en el Congreso de Tres Cruces de abril de 1813.

    Y el propio Artigas había pensado que la fecha histórica sería el 28 de febrero, cuando se produjo el Grito de Asencio.

    Pero el 25 de agosto siguió ganando.

    Transcurridos casi 100 años desde la Asamblea de la Florida, en la década de los 20, consolidado eso que llamamos República Oriental del Uruguay, el sistema político seguía sin ponerse de acuerdo. Después de estudiar el tema a fondo, las dos cámaras legislativas votaron proyectos diferentes: un historiador colorado, Pablo Blanco Acevedo, encabezó la postura mayoritaria en Diputados, más afín a los blancos, mientras que en el Senado, con otro colorado, Eduardo Giménez de Aréchaga al frente, se votó a favor de retomar el 18 de julio. Así lo recordó en diálogo con Búsqueda el dirigente de ese partido Ope Pasquet, que esta semana volvió a animar un poco el debate histórico luego de observar “un lapsus” del historiador Gerardo Caetano en torno al papel jugado por Fructuoso Rivera en 1825.

    “Nunca me convenció la tesis de Pablo Blanco Acevedo y otros historiadores ilustres, que exaltan al 25 de agosto como fecha de la independencia nacional. Si alguna duda tuviera, la habría disipado el demoledor alegato de Guillermo Vázquez Franco en su último libro, Traición a la patria, que pulveriza —a mi juicio— el informe de Blanco Acevedo de 1923”, afirma Pasquet en una carta que se publica en esta edición.

    La producción de un documental realizado por Presidencia de la República, a contramarcha de los discursos oficiales en Florida el lunes 25, que apostaron a la mesura y a instalar el concepto de proceso de independencia, despertó polémica y amenazó con generar un tímido debate con motivo de los 200 años. Aunque la rápida intervención del propio Caetano reconociendo su inadvertido error y solicitando al director nacional de Educación, Gabriel Quirici, la supresión del fragmento, permitió desinflar la discusión.

    Es que entrevistado por los realizadores de la película, Caetano había afirmado que los colorados históricamente no han visto con buenos ojos que se conmemorara la independencia el 25 de agosto, entre otras cosas porque en 1825 Rivera, que luego fue jefe del partido, “estaba del lado de (el comandante portugués de Montevideo Carlos Federico) Lecor”.

    Pasquet y luego el secretario general del Partido Colorado, Andrés Ojeda, corrigieron esa afirmación y el historiador admitió de inmediato que, en el relato oral, no había sido preciso: en realidad, después de abril, es decir cuatro meses antes, Rivera había dejado de responder a Lecor y se había pasado al bando oriental, entonces bajo la jefatura de su compadre Juan Antonio Lavalleja. De todos modos, luego de cinco años asociados a Lecor, aun luego del controvertido “abrazo del Monzón” en abril, los resquemores en muchos de los que seguían a Lavalleja y Oribe persistían.

    Declaratoria

    El Monzón y el archienemigo Artigas

    Pero el error permite ver la complejidad del asunto. Durante años, los alumnos uruguayos aprendieron de los historiadores clásicos que pocos días después del Desembarco de los 33 Orientales se había producido el abrazo del Monzón entre Rivera, enviado del portugués, y Lavalleja, jefe de las tropas revolucionarias.

    La historiadora Marta Canessa, más prudente, en lugar de “abrazo” prefiere hablar del “encuentro del Monzón” entre las fuerzas encabezadas por ambos caudillos. Sin embargo, en su libro sobre Rivera, editado en 2012 por Banda Oriental, admite otra posibilidad: “Posteriormente Lavalleja y ciertas versiones proporcionadas por sus adictos, hablaron de prisión en el Monzón”, lo que fue desmentido por Rivera. Canessa, esposa del dos veces presidente Sanguinetti, afirma que existen abundantes documentos de la época en la que volvieron a actuar de consuno al mando de las tropas orientales y que por eso los portugueses pusieron precio a sus cabezas.

    Sin embargo, además de que está fuera de duda que fue un caudillo militar muy relevante y que logró desplazar a Lavalleja y convertirse en el primer presidente en 1830, la posición de Rivera en torno a la Declaración de la Florida no es tan nítida y explica el “lapsus” de Caetano.

    Un asunto aún más polémico es interpretar que Rivera, Lavalleja, Manuel Oribe y los “notables” de la época que se reunieron en Florida representaban el espíritu del Jefe de los Orientales, que se había retirado a Paraguay, donde murió 30 años después, sin haber regresado.

    El exsenador colorado Manuel Flores Silva afirma, en una carta a Búsqueda que se publica en esta edición, que “sin Monzón no habría habido 25 de agosto”.

    Para el general Guido Manini Ríos, excomandante del Ejército, licenciado en Historia y líder de Cabildo Abierto, si bien no estaba explícito en la Florida debido al rechazo que existía en Buenos Aires a su figura, el legado de Artigas estaba presente. Consultado por Búsqueda, sostuvo que “no cabe duda que Artigas estuvo en la brega libertadora de 1825, aunque no se puede decir que ese año se obtuviera la independencia”.

    En el artículo de Barrán mencionado antes, también se aborda la cuestión de Artigas relacionado con “lo social”. El historiador afirma: “Dos rasgos me rechinan en las tesis ‘nacionalista’ y ‘unionista’: su carácter excluyente y su total descuido por la posible incidencia de las tensiones sociales de los años 1820 sobre el proyecto independentista”.

    Para Barrán, “ambos bandos historiográficos han pensado en términos maniqueos al suponer que, o toda la sociedad era independentista y odiaba a los porteños al grado que solo podía utilizarlos contra el más odiado aún brasileño, o que toda ella era ‘unionista’ y veía en las provincias unidas algo así como el desiderátum de su destino, destino que la mano balcanizadora de lord Ponsonby se encargaría de frustrar para mayor gloria de los intereses de la city”.

    Luego analiza la ausencia del pensamiento de Artigas en la Revolución de 1825, no solo por el temor a perder el apoyo porteño, sino debido a opiniones propias. Una de ellas era la de Oribe, quien afirmó en 1817 que no quería “servir bajo las órdenes de un tirano que, vencedor, reduciría al país a la más feroz barbarie y, vencido, lo abandonaría al extranjero”.

    El propio Lavalleja había escrito a Carlos María de Alvear el 18 de julio de 1826: “El General que suscribe no puede menos que tomar en agravio personal un parangón (con Artigas) que le degrada…”, y en 1820 Rivera había escrito a Francisco Ramírez que “es necesario disolver las fuerzas del general Artigas, principio de donde emanarán los bienes generales y particulares de todas las provincias, al mismo tiempo que será salvada la humanidad de su más sangriento perseguidor. Los monumentos de su ferocidad existen en todo el territorio…”.

    La Sala de Representantes de la Provincia Oriental, que integraban tres futuros presidentes del Estado Oriental —Joaquín Suárez, Gabriel Giró y Gabriel Pereira—, no se quedaba atrás en el rechazo al que luego fue el prócer: “Ya era tiempo que nos presentáramos ante el mundo de un modo digno; y que así como desgraciadamente fuimos el escándalo de los pueblos, ahora sirviésemos de ejemplo”, decía una proclama de 1827.

    Unos años antes, en 1821, uno de los notables, Jerónimo Pío Bianqui, había definido el período artiguista como “el teatro de la anarquía”.

    Caetano contra “un mundo frutillita”

    La falta de “profundidad” en el análisis que se realiza en 2025 llevó a Caetano a tomar distancia. “Pienso renunciar a la Comisión del Bicentenario”, dijo a Búsqueda descontento con la forma en como se está manejando la celebración. “El núcleo claro de la Asamblea de la Florida en 1825 es el antiartiguismo. El Rivera que se pliega a una revolución en marcha es más complejo. ¿Por qué no hablan de Artigas? Han pasado 200 años, el tema no es cuándo Rivera se plegó o no a la Revolución de 1825. La elite colorada siempre tuvo desconfianza de la fecha de agosto de 1825, considerada una ‘fecha blanca’”. El tema era Rivera, tal como explica Carlos Real de Azúa en Los orígenes de la nacionalidad uruguaya.

    Caetano señala que “decir que fue una traición lo de Rivera es un error, pero tampoco está bien endulzarlo todo como se ha hecho. Lo llamativo es el miedo que existe en la época a la revolución social, ese ‘teatro de la anarquía’ que había originado el artiguismo”.

    Asimismo, Caetano fue crítico con la forma en que el gobierno de Orsi está llevando adelante la celebración. “El gobierno lo que quiere es una celebración de unión nacional, sin confrontación, un mundo frutillita donde no hay contradicciones. Hay que terminar con la sanata de la independencia proclamada el 25 de agosto y revelar la verdad: que la independencia surgiría en medio de conflictos y trayectorias azarosas, y que en lo único que había efectivo acuerdo entre los grandes caudillos y la gran mayoría de los representantes que votaron las tres leyes en agosto de 1825 era en el antiartiguismo, que para ellos traía el caos y la anarquía. La documentación disponible al respecto es muy abundante”, concluyó.

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