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    A los gobiernos de izquierda les faltó “audacia” para integrarse, y ahora los cambios en la región abren un período de incertidumbre

    Esperemos que en Brasil “la realidad sea mejor que las promesas” de Bolsonaro y que a López Obrador lo “dejen gobernar” México, dice Daniel Caggiani, nuevo presidente del Parlasur

    Antes de asumir como presidente del Parlasur, un órgano deliberativo bastante poco conocido del Mercosur que sesiona cada mes en Montevideo, el diputado del Movimiento de Participación Popular (MPP) Daniel Caggiani (35 años) mantuvo un diálogo con Búsqueda para hablar de los desafíos en este año que comienza, con nuevos gobiernos en Brasil y México, graves problemas en Venezuela y Nicaragua y elecciones en Bolivia, Argentina y Uruguay.

    Para explicar lo que está pasando en el mundo, Caggiani, que estudió desarrollo e historia antes de ser absorbido por la militancia, afirma que “los perdedores de la globalización, que vendrían a ser la clase media en general, están bastante indignados y eso genera un malestar en el sistema político”.

    Caggiani considera que “hubo mucha retórica de la integración, pero poca práctica”. Acerca del nuevo presidente mexicano, Andrés López Obrador, aspira a “que lo dejen gobernar” y sobre el brasileño Jair Bolsonaro dice que desea que “la realidad sea mejor que las promesas”.

    —“No creo que en Uruguay se vaya a repetir lo que ocurrió en Brasil, pero si fuera uruguayo estaría mirando atentamente lo que pasa, porque es una crisis de la democracia y Brasil es una especie de laboratorio de la crisis global”, dijo el exministro de cultura Joan Luiz Juca Ferreira en una conferencia organizada por Fesur y la diaria a fines de noviembre. ¿Coincide en que hay una crisis de la democracia?

    —Si uno analiza no solo América Latina, sino el mundo en general, es notorio que hay una crisis de la democracia y algunos autores hablan de acuerdos de régimen. Si uno ve lo que está ocurriendo en Europa con las derechas xenófobas y los movimientos eurocéntricos, lo que sí hay desde el punto de vista social es un cuestionamiento a los avances de la globalización. Y los perdedores de la globalización, que vendrían a ser la clase media en general, están bastante indignados, y eso genera un malestar con el sistema político, que es depositario de esas disconformidades o esos temas no resueltos.

    La globalización, en lugar de servir a mejorar la calidad de vida de la gente, terminó siendo todo lo contrario, un colosal desarrollo de las empresas transnacionales; ha concentrado la economía de tal forma que hoy 40 personas tienen la misma riqueza que la mitad de la población. Y eso también genera condicionamientos para las políticas que puedan desarrollar los Estados nacionales, que terminan siendo el basurero de las cosas que se definen en otro lado. Terminan asumiendo las decisiones que se adoptan en los grandes centros de poder, las empresas transnacionales y eso es un problema para la democracia, porque no hay una gobernanza tanto nacional como regional o mundial que pueda enfrentar con éxitos a estos problemas: la participación política, las migraciones, el medio ambiente, la desigualdad, las relaciones laborales.

    —Estudios recientes dan cuenta de que en América Latina, incluido el período de los llamados gobiernos progresistas, las desigualdades no han disminuido. Uruguay, no obstante, es de los países que ha tenido relativo éxito.

    —Es algo que ocurre en todo el mundo. América Latina es un continente que se ha incorporado hace relativamente poco al concierto internacional. Logramos una independencia tardía, algunos dicen inconclusa, porque no terminamos de formar un Estado continental, y sin duda estos problemas que están ocurriendo en el mundo afectan a una región donde hay una debilidad institucional marcada. Somos democracias bastante jóvenes, con recursos naturales, como agua potable y la mayor reserva de energía del mundo —petróleo y gas— y sobre todo en el sur producimos alimentos, pero la distribución es desigual y la concentración de la riqueza sin duda es explosiva.

    Eso es parte de los fenómenos que está sucediendo en Brasil, un Estado casi continental donde seis personas concentran la riqueza de cien millones de habitantes. El 5% tiene acceso a un ingreso tan importante como la suma de los ingresos del 95% restante.

    Un contingente importante, de todas formas, se ha logrado incorporar al mercado de consumo, y eso es un fenómeno interesante. Hace 10 o 15 años, uno de cada dos nacía bajo la línea de pobreza, y eso se logró reducir a un tercio, aunque en los últimos años se ha revertido con las políticas de ajuste.

    —¿Qué errores cometieron los gobiernos progresistas?

    —El debe más grande fue que por tratar de focalizarse en las agendas nacionales, que tenían fuertes carencias dos décadas después del consenso de Washington, no se logró avanzar en la integración. Quizás lo que faltó fue más audacia. Hubo mucha retórica de la integración, pero poca práctica. Si uno mira con el retrovisor, los problemas más importantes están asociados a la integración.

    Otro debe es que la agenda de los gobiernos terminó acaparando la agenda de las izquierdas —nacional popular cristiana en el caso del Paraguay de Fernando Lugo o Hugo Chávez al principio— en el continente.

    Otro debe es discutir con la sociedad de manera más franca los límites que tenemos como continente dependiente. Somos países que producimos commodities y eso genera un tipo de condicionamiento, de inserción internacional comercial, pero también genera un tipo de relacionamiento a la hora de distribuir esos ingresos. Y tal vez no discutimos con la sociedad el compromiso que se requiere y las reglas y formas de gestionar las instituciones. No fuimos suficientemente pujantes para transformar estas instituciones que estaban diseñadas para otro tipo de desarrollo. No es la única explicación, pero en parte sí explica el fenómeno de la corrupción. Ese es un tema que también se discutió poco, la forma de cómo se gestionan los dineros públicos.

    Uruguay quedó como una especie de isla al menos respecto a los grandes casos como el Lava Jato.

    —Nosotros somos como un santuario, pero también sufrimos lo que puede sufrir cualquier Estado. Como penillanura levemente ondulada, también tenemos nuestros problemas, pero tenemos una prensa libre, poderes independientes, un sistema de partidos con determinado anclaje en la sociedad. Sin duda que tenemos problemas: que se valore más a los bancos, la Iglesia y el Ejército que a los partidos es uno de ellos. En la institucionalidad de los partidos, también hay un debe y hay que modernizarse en el buen sentido de la palabra. No digo que suceda aquí lo que en otros países, pero generalmente cuando las instituciones no dan respuesta, la gente te pasa por arriba. Y eso es lo que está sucediendo en Brasil, en Europa, en Estados Unidos. Hoy las cosas están cambiando y los mediadores no son necesariamente los partidos, sino las redes sociales, los medios y eso hace complicado el relacionamiento.

    —El Mercosur en los últimos años, en particular con Uruguay en la presidencia, apostó a la integración económica y comercial dejando de lado lo social. ¿Qué le parece esa estrategia?

    —Creo que Uruguay ha sido un pilar en el proceso de integración. Para el Uruguay es muy importante, pero no son tiempos fáciles para la integración. Si uno ve los pujos proteccionistas y xenófobos de algunas potencias, quizás la bandera de la integración habría que haberla levantado con más firmeza, pero el problema es que no tenemos mucha compañía. En el caso de Brasil, esperemos que la realidad sea mejor que las promesas de campaña de Jair Bolsonaro. Si uno ve a Argentina, con un conflicto interno fuerte, y Paraguay, ve que para nosotros es muy importante que el Mercosur funcione. No solo desde el punto de vista institucional, sino también que se pase del Mercosur de los estados al de los pueblos. Hay una serie de instituciones que giran en torno a la integración pero no tienen voz, por eso pensamos que el Parlasur podría jugar ese papel de caja de resonancia, el papel político.

    —Pero nadie está pendiente a ver qué resuelve el Parlasur.

    —Creo que nadie está pendiente tampoco a ver qué resolvió el Mercosur. Cada vez hay menos expectativas. De todas formas, compartimos bancas con legisladores que hoy van a ser ministros y el relacionamiento que se produjo quizás ayude a que ellos también puedan comprender al otro. No es la función principal pero ayuda.

    —Uruguay apostó fuerte a un sinceramiento del bloque y a la firma de un TLC con la Unión Europea, pero ninguno de esos objetivos se cumplió. ¿Fue un error de estrategia?

    —No, creo que en un panorama complejo hizo lo mejor que podía hacer. A veces los gobiernos se equivocan, no todos tienen la lamparita mágica para hacer lo mejor. La integración, exportar sin pagar aranceles, es mucho más importante para Uruguay y Paraguay que para Brasil y Argentina, que han sido mucho más proteccionistas a lo largo de su historia. Pero en realidad no son momentos muy propicios para el libre comercio, y en esto se necesitan dos, y Europa no está en un momento para eso.

    —Ahora la Cancillería habla de firmar acuerdos con Canadá, el EFTA, Singapur y Japón. ¿Qué opina?

    —En realidad, no es solo la Cancillería. Es parte de la agenda externa del Mercosur desde 2015. Pensamos que Uruguay tiene que influir para dinamizar esa agenda y que se salga a negociar en conjunto. Somos un mercado de 3,5 millones y no tenemos mucho para ofrecer. También está la agenda con Corea del Sur y fue muy importante la redinamización que se produjo en estos seis meses pasados en los que Uruguay tuvo la presidencia pro témpore del Mercosur en el trabajo con China, que es el principal socio. China es el mayor supermercado, pero también hay que tener claro que tiene otra visión y sus propios intereses.

    —En la interna del Frente hay posiciones mayoritariamente críticas sobre los TLC. ¿Por qué el gobierno insiste?

    —Hay una discusión sobre el instrumento porque los países centrales proponen el libre comercio para venderte pero no para comprarte. La discusión es que cada tratado esté asociado al desarrollo del país. En general no son las condiciones más favorables. También hay que tener presente que Uruguay ha triplicado los destinos comerciales y que con China, nuestro principal socio, no tiene firmado un TLC.

    Un factor importante para Uruguay es toda la cadena; tiene más rédito incorporar inteligencia en la producción y quizás no tanto discutir si TLC sí o TLC no.

    Otra cosa importante es democratizar esta área; hemos avanzado en las políticas públicas de salud y laboral, pero el área comercial y de las relaciones con el exterior no se ha hecho y es muy importante que se produzca una verdadera discusión que nos permita construir una política de Estado con todos los actores, no solo los partidos. Me parece que esa es la discusión más estratégica.

    —Durante la conferencia que dio el excandidato del PT Fernando Haddad en el PIT-CNT, algunos de los que lo felicitaron por haber sido electo presidente del Parlasur también, medio en broma y medio en serio, le dieron el pésame. ¿Cómo imagina que será la tarea con la derecha en el gobierno en Argentina, Paraguay y Brasil y Venezuela suspendido?

    —No cabe duda de que estamos en un momento complicado para la integración. Es una situación de incertidumbre, porque no sabemos cómo se va a desarrollar el gobierno de López Obrador en México, tampoco el de Bolsonaro en Brasil. Va a haber elecciones en Argentina casi al mismo tiempo que en Uruguay y también en Bolivia. Uruguay lo que tiene que hacer es tener una política exterior muy prudente, muy certera y sobre todo tener la capacidad de ser un impulsor del diálogo en una coyuntura en la que, aparentemente, se van a tensar las cosas tanto en la interna de los países como entre países. La Unión Europea fue la consolidación de la posibilidad de resolver los conflictos sin guerra con determinado umbral de desarrollo. Uruguay debe jugar un papel importante en no inmiscuirse en los asuntos internos de los países, pero apostar al diálogo y a los espacios multilaterales.

    —¿Entrar en el Grupo de Lima?

    —No es un espacio multilateral, además, el propio México se está yendo. Lo importante es que el Mercosur funcione e incluso que la Unasur pueda retomar su funcionamiento en algún momento.

    Para Brasil, Sudamérica y la región son muy importantes. Le sirve tener una región medianamente controlada. Tampoco va a ser fácil para Brasil el reacomodo de México por el peso que tiene, sobre todo si a López Obrador lo dejan gobernar.

    —¿Cuál debería ser la posición de Uruguay respecto al gobierno de Bolsonaro?

    —Una cosa es la fuerza política y otra el gobierno, que tiene que tener relaciones institucionales con todos los Estados independientemente de los gobiernos. Un aspecto a favor es que pelearse con Uruguay, si bien no es una gran potencia diplomática, queda mal, porque es un país serio, responsable, que respeta el derecho internacional. Sería pelearse con el que hace las cosas bien. Una cosa es la fuerza política y otra la política exterior.

    —Pero tampoco deberían ser tan distintas.

    —Nosotros tenemos lazos con organizaciones hermanas en Brasil con las que tenemos coincidencias y diferencias, pero a nivel de gobierno va a tener que haber lazos muy importantes. Por ejemplo, caído el mercado de Venezuela, la exportación de lácteos a Brasil es más relevante.

    —La industria láctea es uno de los sectores más complicados por el proteccionismo brasileño.

    —Sí, seguramente, pero no representa tanto en números, sino a nivel político.

    —¿Entonces usted piensa que el papel del Parlasur será más importante que hasta ahora?

    —Si logramos que el Mercosur funcione ya es una gran cosa.

    —José Mujica tomó distancia del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y también del venezolano Nicolás Maduro, pero el MPP apoyó la declaración del Foro del San Pablo que se produjo al comienzo del año pasado en La Habana. ¿Qué opina de cómo evolucionaron en 2018 las violaciones a los derechos humanos en Venezuela y Nicaragua?

    —Lo que está sucediendo en Venezuela y Nicaragua no es, sin duda, lo que nosotros aceptamos como fuerza política. De todas formas, son situaciones diferentes y en ambas están operando diferentes fuerzas.

    Sacar declaraciones no es una solución. Aislar tampoco. Venezuela está suspendida en el Mercosur, pero no en el Parlasur, porque nos declaramos en desacato y allí están representados el gobierno y la oposición. El problema es que no hay mediadores: Unasur no existe, la Celac tampoco y el actual secretario general de la OEA es más parte que mediador.

    Por eso pensamos que, en la línea de lo que decía que hizo Europa, hay que apostar al diálogo. Las declaraciones del Grupo de Lima no han logrado nada. El Parlasur se propone ayudar, porque lo que suceda en Venezuela afecta a todos y el camino del aislamiento por el que se optó fue peor para la gente y no soluciona las cosas. Venezuela es uno de los principales productores de petróleo del mundo y está muy cerca de Estados Unidos. El primer exportador es Arabia Saudita y sin embargo no hay muchas declaraciones a pesar de lo que pasó con el periodista en la embajada en Turquía.

    No quiero una nueva Siria. En Uruguay, para todas las fuerzas políticas, no solo para el Frente Amplio, es necesario que se encuentre una solución. Y el problema de Venezuela es el petróleo y lo va a tener cualquier gobierno si quiere tomar posiciones de soberanía.

    En el caso de Nicaragua, lo importante no es una declaración del Foro de San Pablo, sino cómo se resuelve el conflicto. Y en América Latina no estamos teniendo institucionalidad para resolver los conflictos de forma democrática. No hay que olvidarse de que para Uruguay la paz es vital y lo mejor que puede hacer un gobierno es tratar de reconstruir el diálogo político entre las partes.

    ?? Al Parlasur en el 149

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