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El cine tiene sus reglas. Cuando se rodó la tercera parte de Indiana Jones, el que no salía de su asombro era Harrison Ford. Parece que hacía tanto calor en las escenas que tenían que filmar en el desierto, que Sean Connery estaba en calzoncillos, porque lo que finalmente saldría en la pantalla sería la mitad superior de su cuerpo, desde la cintura para arriba. Ford lo imitó y también se quitó los pantalones. Podría haber una cantidad de planos famosos en la historia del cine (imaginen: Bogart, Marilyn, Delon, Bardot, Nicholson) rodados con los actores en bolas de la cintura para abajo. Lo que no aparece en cuadro, no importa.
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Otro cantar ocurre con los tiempos. Las llamadas telefónicas siempre se contestan al toque, las puertas siempre se abren a la brevedad. Eso de estar ocupado y demorar unos segundos, no existe. El metraje corre, el dinero también y no hay tiempo que perder en pavadas. La morosidad es para el cine de autor, para los rusos, para algunos griegos.
En cambio, en otros casos, los tiempos se estiran, es necesario enlentecer la acción. Por ejemplo, en los baños públicos, donde entra y sale gente a cada rato. Cuando el perseguidor patea los excusados en busca del perseguido, la realidad se ralentiza (los pasos del perseguidor, la mano sobre la puerta, el chirrido de las bisagras) y una regla esencial es que el baño esté desierto. Lo mismo ocurre cuando las protagonistas se maquillan frente al espejo y confiesan un secreto, que también necesita una parsimoniosa exposición: nadie las debe interrumpir con la urgente necesidad de evacuar su vejiga o alguna porquería que comió y le cayó muy mal.
Estaría bueno que el perseguidor vaya en busca del perseguido y el baño esté atiborrado de ansiosos por mear, cagar o jalar. La búsqueda resultaría más compleja pero no perdería suspenso. Y también estaría bueno que cada vez que las protagonistas se proponen confesar sus secretos, la puerta se abra y alguien interrumpa.