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‘El agente secreto’: Kleber Mendonça Filho filma la dictadura con los colores del carnaval y un dominio pleno del séptimo arte
El thriller brasileño de época llegó a los cines uruguayos con cuatro nominaciones al Oscar, incluyendo Mejor película y actor, y se merece cada una de ellas y más
Hace cuatro películas que Kleber Mendonça Filho filma un mismo territorio. Recife aparece en El sonido alrededor (2012) como un organismo con memoria propia, en Aquarius (2016) como un campo de batalla entre el pasado y la especulación inmobiliaria y, cuando se corre de la ciudad en Bacurau (2019), lo hace hacia el interior de Pernambuco, el estado del nordeste brasileño del que es capital, para convertir al pueblo en un mito a defender. En El agente secreto retrocede a 1977 y filma esa ciudad bajo la dictadura.
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Armando, un inolvidable Wagner Moura, es un hombre que regresa a Recife bajo un nombre falso, Marcelo, para reunirse con su hijo y escapar. No es militante. Su problema con el régimen militar es oblicuo, casi burocrático. Se cruzó con la persona equivocada. Mendonça filma su persecución con la lógica de un thriller de espionaje pero la textura de algo más difuso. Se pueden reconocer algunos villanos con cara visible, pero más amenazante es la maquinaria de corrupción y temor que funciona con la naturalidad del calor de enero. La escena inaugural lo establece. La policía esquiva el cadáver que lleva días pudriéndose al sol en una estación de servicio y va directo a Armando. Le revuelven el auto. Le piden coima. Él sale airoso del robo dándoles un cigarrillo.
Moura es el centro gravitacional de la película. Un planeta entero. Mendonça escribió el personaje para él y se nota en el registro de todo lo que lo rodea. El intérprete, nominado al Oscar como Mejor actor, tiene esa capacidad de los actores grandes de hacer que el silencio pese, que la cámara encuentre algo en su cara cuando el personaje no hace nada en particular. El Marcelo que construye lleva el peligro pegado al cuerpo como la humedad de Recife. El elenco, compuesto de rostros rescatados del cine de los 70, le responde con la misma densidad, reforzando la memoria viva de un tiempo que todavía respira en la ciudad.
La puesta en escena habla de un director que conoce su lenguaje, y la memoria del miedo y la rutina de la opresión se filtran en cada encuadre. Mendonça trabaja con lentes que capturan cada detalle con amplitud y cierta imperfección, con una naturalidad que hace que cada decisión parezca la única posible. Los amarillos dominan la paleta —el fusca de Armando y los orelhões, esas cabinas telefónicas públicas de color intenso— y crean un mundo sofocante donde la violencia se adhiere a los márgenes.
Con 158 minutos, El agente secreto no es una película que facilite el viaje. Hay digresiones que se demoran, una leyenda urbana narrada con efectos berretísimos a propósito, personajes que aparecen y desaparecen sin que el relato los reclame. Mendonça no filma un suspenso con distracciones, sino algo más cercano a un estado de ánimo: vivir bajo un régimen que opera en los márgenes de lo visible, la memoria de lo cotidiano y de lo histórico filtrándose en cada gesto. Es una de las películas más singulares que el cine latinoamericano ha producido.