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La dama de camisa blanca y chal negro sale a escena. Delgada, discreta, misteriosa, austera en su expresión. Dice que le hubiese gustado ser comediante para no cargar instrumentos. Y miente: “No podría, solo me sé dos chistes”. Durante los siguientes 90 minutos cautiva a medio millar de uruguayos con una certera fusión de su música y su palabra. Y vaya si la señora tiene humor: esos relatos que lee en forma exquisita, entre susurros, como si te hablara a la medianoche agazapada detrás de tu cama, combinan humor y drama con elocuente sapiencia, y dan brillo a la performance. The Language of The Future, el show que Laurie Anderson entregó el lunes 23 en La Trastienda es un gesto íntimo, personal y comprometido con su tiempo, en el que no faltaron palos para el señor Trump, puesto a la altura de un jinete del Apocalipsis.
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Un señor que vive solo en una cabaña boscosa, un accidente en la piscina que le costó a la artista una larga y dura estadía en un hospital donde conoció el sonido de los niños que agonizan (poco importa si es real o ficción, fue sobrecogedor), lo extraño que sería el mundo si Cristo hubiera sido apedreado en vez de crucificado, qué sucede en la cabeza de un niño de dos años que exige galletitas o las penurias de un usuario de los lentes de Google con demasiada información en sus retinas. Los cuentos de Laurie se entremezclan con esa música extraña, inquietante y omnipresente que sale de su violín magnético (el sonido se produce con cinta de casete leída por un cabezal), sobre una austera base digital de sonidos graves. Nada de virtuosismo estéril, pura fertilidad expresiva. Y emotiva, como el breve y contenido recuerdo de Lou Reed, primero con su propia voz en el aire vacío e iluminado, y luego con las palabras de su viuda: “Extraño tus caricias, tus mimos”. Quizá un recital de música de vanguardia y textos poéticos leídos de ese modo no es el show más apropiado para ver de pie, y sea mejor contemplar esta invitación a la introspección desde una butaca. Seguramente, la experiencia en la platea superior fue más placentera aún. Pero el detalle no empaña una noche que ya quedó guardada entre las especiales.