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    Versos negros y negras perspectivas

    Hace unos 40 años descubrí un desopilante texto cantado. Era una milonga de Edmundo Rivero llamada Milonga en negro. La dictadura de lo políticamente correcto no ejercía la fuerza que ejerce hoy, así que la obra de Rivero divertía por lo que era, sin dejar migas de remordimiento sobre la mesa de la conciencia.

    No soy muy amante de ese tipo de música. Pertenezco a la generación que bailaba el twist y los Beatles y veía al tango como cosa de viejos trasnochados. Los tangos que me gustan, y que oigo cada muerte de obispo, no tienen letra, están firmados por Piazzolla y según mucho experto suelto en la materia ni siquiera son tangos.

    Estudiando fuentes para mi libro La herencia-cultura y atraso (de 2009) descubrí que Edmundo Rivero, sí efectivamente fue el autor de la susodicha milonga, le había robado la idea al inefable Francisco de Quevedo. Escribió Quevedo un soneto llamado Boda de negros que dice lo mismo que la milonga en cuestión, pero usando, naturalmente, el lenguaje del Siglo de Oro español.

    Comparemos algunos versos de ambas obras. Canta Rivero: “La negra doña Tomasa una negra hija tiene; con otro negro pretende a su negra hija casar. Resulta que el negro novio, todo como negra idea, quiere que de negro sea la fiesta más singular. Se van a una negra iglesia de su negra religión, donde con negro mantón un negro fraile esperaba”.

    Más de 300 años antes, Quevedo había escrito: “Vi, debe de haber tres días, en las gradas de San Pedro, una tenebrosa boda porque era toda de negros. Parecía matrimonio concertando en el infierno: negro esposo y negra esposa y negro acompañamiento”.

    Copiando la imagen, la milonga canta: “Negro es el novio y la novia, negro es el suegro y la suegra; siendo la madrina negra negro también el padrino, negros también sus vestidos y negra la concurrencia”.

    “Llegaron al negro patio”, explica Quevedo, “donde está el negro aposento en donde la negra boda ha de tener negro efecto, (…) también les pusieron negros manteles y platos, negra sopa y manjar negro”. Como un eco, canta Rivero: “Después que hubo terminado esta ceremonia negra, invita la negra suegra con una negra comida”.

    Las palabras finales de Quevedo (“Negros ellos se sentaron sobre unos negros asientos y negras voces cantaron también denegridos versos”) difieren, sin embargo, un tanto de las de Rivero: “Después de esta fiesta negra los negros novios se fueron, a un negro cuarto subieron, negras sábanas tendieron, y a eso de la medianoche cosas de negros hicieron: la negra durmió en la cama y el negro durmió en el suelo”.

    Quevedo es, sin lugar a dudas, una de las más importantes figuras de nuestro acervo hispanoamericano. Rivero es una notable referencia en el mundo de la música rioplatense. Ambos son, a diferentes niveles, verdaderos mojones culturales.

    ¿Pero qué sucede hoy, en pleno embate de la ideología del todos y todas, con estos tesoros culturales? ¿Es necesario —y viable— cambiar los hoy prohibidos vocablos negro y negra por los “correctos” afrodescendiente de sexo masculino y afrodescendiente de sexo femenino? ¿O es menester echar paladas y paladas de tierra progresista sobre ambas creaciones para enterrar por completo a la poesía de Quevedo y de Rivero?

    Cicerón, que fue uno de los hombres más sabios que ha existido, nos legó cientos de frases cuya vigencia sobrevuelan los siglos. Una de ellas dice: “O tempora o mores”, que es latín y significa que cada tiempo tiene sus costumbres.

    Vivimos en una época de falsos y muy distorsionados espejos. Gente reaccionaria se ve a sí misma como progresista; gente progresista se autocensura por no pasar por reaccionaria. Bajo el estandarte de la libertad y la inclusión batallan hordas de fascistas intolerantes.

    Vivimos, también, en una época de inusitada superficialidad. Es el happy hour de la bobera. Es la hora de la canilla abierta de la guaranguería. Antes el mensajito lleno de faltas de ortografía por Twitter que la idea correctamente escrita. Antes la fotito que desaparece a los pocos segundos que la imagen producida para perdurar. Antes el grito desmedido que el pensamiento mesurado.

    Esta combinación de intolerancia, analfabetismo y estupidez convierte al siglo en un período especialmente negro. Negro es el presente y negro el futuro, negras son las perspectivas de dejar atrás tanta negrura. Y por más que se pretenda, con fofas palabras nuevas (blancos eufemismos) no detendrán nunca el paso hacia el abismo.