Las “nuevas” creaciones
Está claro que esta función de la IA está transformando conceptos como el de autor y repercutiendo en el marco de regulación existente de la propiedad intelectual (PI), en la medida que surgen dudas en cuanto a si se debería reconocer como propietario de ese output al programador, al usuario o al programa.
En realidad, nadie se preguntó en el 1600 si las obras de Shakespeare eran realmente de Shakespeare o de su pluma, ni se pregunta ahora si Microsoft es titular de todos los trabajos que se realizan en Word. Parece claro que el derecho de autor pertenece en primer lugar a un humano, siempre al usuario de la herramienta, sea cual sea esta. Pero cuando se trata de algoritmos de inteligencia artificial, que basan su trabajo en elementos ya existentes, ser autor de algo significaría nada más escribir un comando y pulsar un botón, mientras el trabajo, que no se puede supervisar, es de la máquina, y allá en el olvido permanecen los primeros en crear algo con los métodos más analógicos.
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Así es como la IA puede imitar estilos o copiar formatos, sin diferenciar lo que es de otro si está en internet. Si le pedimos la imagen de un cielo, puede utilizar las formas y colores de Van Gogh. Si le pedimos un cuadro de caballos, puede haber algunos inventados y otros como si los hubiera pintado Botero. Pero el programa no entiende estar trabajando con obras de arte, está trabajando con unos y ceros. Y como si se tratara de un collage virtual, la lógica llevaría a pensar que el autor del resultado final no es el de cada “pieza recortada”, sino el ideador creativo que elige cómo combinarlas todas.
Pero ¿qué pasa si el autor original de una de esas piezas aparece para señalar que eso de usar su obra como una suerte de inspiración tecnológica en realidad, a su entender, esconde un plagio? En verdad, no se sabe. Porque, como explica Matías Jackson, abogado especialista en derecho de las tecnologías de la información, a Galería, este uso de la IA todavía no ha sido alcanzado por las leyes de propiedad intelectual.
La propiedad intelectual en un mundo de inteligencias artificiales
A la hora de crear con alguna de estas herramientas, la clave está en discernir en qué parte del proceso se le atribuye valor al origen humano, si a los datos o a la idea.
Rengifo señala que no existe ninguna infracción a los derechos de autor en que las computadoras “aprendan” de (se inspiren en) obras protegidas. “La intención de la IA generativa no es producir copias de obras existentes. Está diseñada para generar un resultado nuevo”, dice. Las posibilidades de protección de este output dependerán, según Rengifo, de su grado de originalidad. Lo importante es que el usuario pueda formar parte del sistema de derechos de autor como cualquier otro creador con su obra. Lo que nadie sabe es cómo.
Por lo pronto, a quién pertenecen los contenidos creados con IA dependerá de cada tecnología. La IA generativa de Adobe, por ejemplo, garantiza que todo lo creado es propiedad de su autor, mientras que con otras el derecho preexistente sobre las imágenes o la voz de alguien prevalece sobre el producto final. Todo esto está aclarado en los términos y condiciones de cada programa, que Eduardo Mangarelli, ingeniero de sistemas y decano de la Facultad de Ingeniería de la ORT, sugiere leer atentamente. “En la mayoría de los casos, la IA trabaja con combinaciones de lo que tiene memorizado, que es mucho volumen, entonces es muy difícil, una casualidad exageradamente grande que cree algo que ya está registrado”, señala. Además, que los elementos preexistentes en los que se basa la IA pasen por el filtro del propio programa, entremezclándose con el comando dado, ya se considera lo suficientemente transformador como para que no se infrinjan los derechos del contenido original.
Cuando se trata de algoritmos de inteligencia artificial, que basan su trabajo en elementos ya existentes, ser autor de algo significaría nada más escribir un comando y pulsar un botón, mientras el trabajo, que no se puede supervisar, es de la máquina, y allá en el olvido permanecen los primeros en crear algo con los métodos más analógicos.
Ya en el plano de lo subjetivo, Jackson piensa que todo output es de quien dio el comando, pero, según él, “existe demasiada tensión entre innovación y creatividad” como para aceptarlo. Privar a la IA del título de creador es un palo en la rueda del progreso.
A todo este debate se le agrega también una dimensión comercial, en la medida que estas herramientas ya están siendo utilizadas para crear contenidos en el mundo de la industria cultural. Por ahora, estas creaciones se amparan —en contraposición a Jackson— en que se consideran libres de derechos de autor porque no han sido directamente creadas por seres humanos. Esto también implica que cualquier otro usuario puede utilizarlas libremente, lo que significa que una empresa que invirtió petrodólares en un sistema que genere las cortinas musicales para su videojuego puede encontrarse con otro juego que también las está utilizando. Esto es una contra enorme para la inversión en sistemas automatizados, que tienen la exigencia de regularse tanto a nivel de usuarios como a nivel de empresas.
¿Cómo regularlo?
En Estados Unidos, por ejemplo, pero también en España y Alemania, se pautó que cualquier creación hecha con esta tecnología es una combinación entre el comando y el archivo infinito de la IA, que es una obra en sí misma, pero no es patentable. Desde la Oficina de Derecho de Autor de este país se asegura que una obra solo puede ser registrada siempre que haya sido creada por el ser humano.
A los contenidos creados donde la interacción humana es mínima o inexistente, o bien se les puede denegar la protección de derechos de autor, o atribuirles su autoría al creador del programa utilizado. Por este último camino siguió la legislación de la India, Hong Kong, Nueva Zelanda y Reino Unido.
En un Uruguay aturdido por tiktoks falsos de candidatos dando discursos, el acercamiento más tangible a una regulación es el discutido proyecto de ley del diputado por el Partido Nacional Rodrigo Goñi. El mismo pena a las personas que manipulen contenidos con inteligencia artificial solamente durante el período electoral, a no ser que, en línea con lo propuesto por la Unión Europea, el contenido aclare haber sido creado mediante IA.
Desde la Oficina de Derecho de Autor de este país se asegura que una obra solo puede ser registrada siempre que haya sido creada por el ser humano.
“Con tan solo una orden escrita y en cuestión de minutos cualquier ciudadano puede generar grandes cantidades de información falsa a través de contenidos realistas, pero falsos”, dice el diputado a Galería, preocupado en el contexto de un año “superelectoral”, con más de 50 países celebrando elecciones presidenciales. “La mala intención en las campañas electorales está” y la creatividad no se limita a las personas con buenas intenciones.
Esta idea recibió algunas críticas, primero a la acción punitiva sobre el uso de la IA, y segundo, que parece tomar a todos los contenidos producidos por ella como deepfake. Según Mangarelli, utilizar el término falso para un contenido que es, a primeras, “artificial”, le pone de inmediato una connotación negativa. Una cosa es usar la imagen de Artigas para hacerlo cantar reguetón, que, obviamente, real no es, y otra cosa utilizar la de un artista vivo para que diga algo que jamás pensó. Otra vez, la intención. Otra vez, la necesidad o no de tomar medidas en contra del creador en uno u otro caso.
En tercer lugar, los expertos parecen preocuparse porque lo que sucede en período electoral puede ser extrapolable a otros contextos. Jackson señala que el discurso político en general, por fuera de estas tecnologías, está protegido por la libertad de expresión, sea falso o no. Entonces, ¿por qué no así los contenidos creados por IA? Según el abogado, no hay que subestimar el sentido común de las personas a la hora de diferenciar mensajes. Por otro lado, la regulación penal sobre el asunto, además de exagerada —“el máximo poder punitivo del Estado no es una medida proporcional”—, limita la libertad de circulación de información. “Hoy es la campaña y mañana es un ‘no me gustó lo que dijo’. Que se abuse de la regulación de la IA es más peligroso que la IA misma, porque limita lo que puede crear una persona. El creador detrás del programa siempre es humano, que no nos olvidemos de eso”, observa.
Que se abuse de la regulación de la IA es más peligroso que la IA misma, porque limita lo que puede crear una persona.
Jackson menciona que ya hay una normativa, que aunque esté pensada para un mundo donde no existían las redes sociales como nueva fuente de información, escenario de comunicación y debate público, prevé la difamación, por ejemplo, así como delitos contra el honor. En esta misma línea, el director general de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), Francis Gurry, aseguró en varias ocasiones que las regulaciones de PI se están utilizando más que nunca y hace mención a algo llamado uso leal, que básicamente permite la apropiación razonable no autorizada de una obra cuando la utilización que el segundo autor haga de ella no menoscabe el valor original de dicha obra.
En definitiva, en material legal no hay nada que sustituir, sino que agregar, “sin caer en una legislación que incida en la posibilidad de futuro“, dice Jackson; “regular no es sinónimo de censurar o prohibir”. La Secretaría de la Democracia de la Organización de Estados Americanos estableció un protocolo para combatir el contenido falso con 15 medidas en el que ninguna de ellas es punitiva, aunque hay que tener en cuenta que no toda creación no humana es sinónimo de contenido falso. El diferencial está puesto en la intención.
El alcance de la creación
“Paremos las rotativas”, pone el freno Jackson al señalar la curva que siguen en cada aparición las herramientas que irrumpen como nuevas. Al principio, las expectativas (y miedos) a su alrededor son demasiado altos, hasta que las incorporamos.
La pintura ya se alarmó con la fotografía y al final no pasó nada. Ambas coexisten. Y así como ya se ha normalizado que haya algoritmos que sugieran series o viajes según cada perfil, pronto la IA generativa va a normalizarse también. Y el primer agente a través del cual hacerlo es el humor.
Para los artistas, la incorporación de IA también puede ser vista como algo positivo, por ejemplo, para que músicos o actores puedan vender su imagen para anuncios comerciales sin necesidad de grabar, aprender un nuevo idioma o perder su tiempo. El problema aparece cuando se utiliza su imagen, no se consulta, y por ende ellos tampoco cobran. Poco a poco esto también podría suponer la suplantación de estos artistas, que siendo representados por un montón de píxeles programados, también se reducen las oportunidades de descubrir a otros actores o músicos emergentes, usando siempre las caras visibles de una suerte de casta de famosos.
Hay contenidos amparados por la libertad de expresión, como las parodias, y otros con los que se corre riesgo de demanda. Según la OMPI, se requiere del consentimiento del personaje para utilizar su imagen en casi todos los contextos.
A pesar de su actitud positiva sobre los avances de la tecnología, Jackson admite que si bien no se les está quitando el trabajo a los creadores, habría que “repartir mejor la torta”, porque está claro que los programas se han ido alimentando de contenido hecho por terceros “sin pagar licencias por ello”.
¿Y entonces qué hacemos?
Por ahora, poner el tema sobre la mesa y recorrer diferentes posturas, todavía sin alcanzar una conclusión clara. Hay posiciones extremas, como las del filósofo francés Éric Sadin, que alerta ante la “hiperoptimización” del mundo, con la inteligencia artificial amenazando con sustituir la inteligencia biológica, en una visión “higienista“ (sin errores). Crea contenido, sí, pero un contenido “con olor a muerte”. La muerte de la humanidad.
Por otro lado, están los que entienden que la IA juega un papel cada vez más importante y hay que prepararse, legal y mentalmente, pero no negarse a ella. Hay que saber aprovechar los beneficios a la par que se garantiza un control adecuado, señala Rengifo. “Necesitamos leyes sólidas que la contemplen (a la IA) y la regulen; hay que diferenciar los contenidos abusivos y engañosos, salvaguardando la libertad de expresión y educando al público para que ellos distingan y sepan usar”, concluye. En esta misma línea, Mangarelli habla de promover un marco regulatorio que asegure la privacidad de la información a la vez que sea flexible y permita la innovación. “Un poco de culpa es nuestra por postearlo todo, estamos entrenando a los sistemas”, admite.
Entonces, lo más cercano a una respuesta está, según los expertos, en abordar el tema en conjunto; desde el Estado, las empresas tecnológicas, los medios de comunicación y los usuarios. Un buen ejemplo de esto puede ser el acuerdo tecnológico firmado por grandes empresas como OpenAI, Microsoft, Meta, LinkedIn y TikTok, en donde cada una se comprometió a desarrollar tecnologías de detección que marquen los contenidos creados con IA, permitiéndolos.
Hay posiciones extremas, como las del filósofo francés Éric Sadin, que alerta ante la “hiperoptimización” del mundo, con la inteligencia artificial amenazando con sustituir la inteligencia biológica, en una visión “higienista“ (sin errores). Crea contenido, sí, pero un contenido “con olor a muerte”. La muerte de la humanidad.
Pese a todo, los que entienden del tema buscan transmitir tranquilidad al respecto: no es una herramienta de sustitución, es un incremento de la productividad. “Nuestra expectativa es demasiado alta, comprender todo esto cuando ni siquiera comprendemos cómo funciona nuestro cerebro”, señala Jackson. “No olvidemos que la IA recomienda pelis o genera texto, pero no disfruta de un almuerzo”.
Lo más importante de todo es saber medir la intención detrás del contenido, y todavía no existen máquinas para eso.