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Cariño, pasame los espárragos y no me interrumpas

El cine es un muestrario de tipos de discusión, hay para todos los gustos: constructivas, demoledoras, violentas, silenciosas. Mientras recordaba escenas de peleas de pareja, tuve una revelación; te la cuento en esta edición de Películas para la vida

Editora de Galería

Uno, como pareja, es depositario de información sensible. Sabemos cosas, nos han confiado secretos, tenemos la llave de acceso a zonas sombrías. Alguien, el otro, nos entrega en algún punto, voluntariamente, su criptonita, confiando en que no será usada en su contra. Está en nosotros qué hacer con ella, porque si hay algo seguro, es que la posibilidad de usar esa información sensible como un arma para herirlo, debilitarlo o neutralizarlo en una discusión va a aparecer.

A veces, destruir al otro en una discusión no es un daño colateral, es directamente el objetivo.

Tenía 10 años cuando se estrenó La guerra de los Roses y todavía recuerdo lo impactada que me dejó el tráiler. La mansión de los Rose parecía un ring de boxeo: platos volando por el aire, él cayendo de cabeza por la escalera, ella meciéndose en la araña de cristal después de que él la empujara al vacío.

Hace unas semanas se estrenó en cines una remake, con Olivia Colman y Benedict Cumberbatch. La primera era mejor, leí por ahí, así que me fui a verla, la de 1989 (está en Disney+), con Kathleen Turner y Michael Douglas. Ya viene todo muy mal entre ambos cuando ella le pide el divorcio, pero igual, él necesita escuchar en palabras el porqué. “Porque cuando te veo comer. Cuando te veo dormir. Cuando te miro, últimamente, solo quiero partirte la cara”.

¿No es adorable? Pero si la viste, capaz que coincidís en que el señor Rose tampoco es un paseo por el parque.

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La guerra de los Roses.

La guerra de los Roses.

El cine es un muestrario de tipos de discusión, hay para todos los gustos. Constructivas, demoledoras, violentas, silenciosas. Mientras hacía memoria para recordar escenas de peleas de pareja, tuve una revelación. Te la cuento más abajo.

Soy Patricia Mántaras, periodista y editora de Galería. Espero que esta nueva entrega de Películas para la vida te encuentre bien, peleando lo justo y necesario. Me podés escribir con comentarios o sugerencias a [email protected]. Estaré encantada de leerte y responderte.

Hace unos días fui al cine a ver una película de Jonás Trueba. Fui por él, por el director, que me gusta mucho, no tanto por el argumento en sí. Resumiendo, era sobre una pareja que decide separarse y hacer una fiesta para celebrarlo. Me cuesta conectar con eso de celebrar una separación, y después de ver la película comprobé que lo que me pasa no es la excepción, sino la norma. El mayor escollo que sortean los protagonistas de Volveréis no es comunicarles a sus amigos y familia que se van a separar, sino lograr que entiendan por qué lo quieren festejar, por qué querrían celebrar la caída de un proyecto, el fin del amor. La verdad es que no está muy claro el motivo, la explicación que le repiten a todo el mundo es que el padre de ella (interpretado con una naturalidad pasmosa por el veterano director Fernando Trueba, padre de Jonás, el realizador de esta película; solo las escenas con él valen la película) solía decir que lo que debería celebrarse no son las uniones, sino las separaciones. Entonces, ¿por qué no? Los amigos los quedan mirando como si estuvieran desvariando. Tal vez porque todavía están procesando que Ale (Itsaso Arana) y Álex (Vito Sanz) ya no van a ser AleyÁlex. Uno les dice algo así como (voy a reproducir esta línea de memoria): “No se pueden separar, por ustedes sigo creyendo que el amor puede durar”.

Volvereis.jpg
Volveréis.

Volveréis.

Como espectadora, me costó conectar con ellos y su manera tan desapasionada de afrontar la ruptura del vínculo. No hay un grito, una discusión, un reproche. ¿Será que de verdad la están llevando tan bien? ¿Será que esta gente no tiene alma? ¿Cómo pueden procesar la separación tan civilizadamente? ¡¿Hay parejas que no pueden ni planificar la cena sin discutir y ellos se separan con una fiesta?!

Voy llegando por fin al tema del que quiero hablar.

Se me ocurren dos respuestas:

  • la paz puede ser armada: debajo de esa aparente calma hay dos ollas a presión esforzándose por no reventar, o simplemente por no mostrarse vulnerables;
  • ya no queda nada que salvar: está todo tan roto que en vez de sentimientos queda pura resignación y ansias de libertad.

Algo de esto me decía la psicóloga y magíster en Psicoterapia Lorena Estefanell en una entrevista que le hice hace tiempo. “Muchas veces las parejas no pelean porque fueron callando, porque se fueron desconectando, y llega un momento en que el problema se les hace tremendamente grande, y que no lo soportan”. También me decía que otras parejas, en cambio, pelean mucho pero “pelean bien”: son capaces de decirse las cosas, hablar en profundidad, llegar a acuerdos y hacer cambios.

¿Por qué no me ves si estoy acá?

Viendo películas, revisando escenas, me di cuenta de que muchas discusiones (en la ficción y fuera de ella) parten de una sensación de falta de reconocimiento. Esta es la gran revelación de la que te hablaba.

El caso de Malcolm & Marie (está en Netflix) es evidente. La situación es así: son pareja, es de noche y acaban de llegar a la casa después de que él (John David Washington) recibiera un premio por una película que dirigió. En el discurso de agradecimiento —en el que nombró al gaffer, a su madre y hasta a su maestra de tercer grado—, se le olvidó nada menos que mencionarla a ella (Zendaya). Pero el dolor de Marie excede a esa noche, es más profundo. “No se trata solo de que te olvides de agradecerme, Malcolm. Se trata de cómo me ves. Y de cómo percibes mi contribución; no solo a esta relación, sino a tu trabajo. Específicamente, en una película que hiciste sobre mi vida”.

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Si viste Viviendo con mi ex (esta comedia subvalorada con Jennifer Aniston y Vince Vaughn), te acordarás de la discusión de los limones. Ella está preparando una cena para varios invitados mientras él mira un partido (al parecer esencial) en la televisión. Le había encargado 12 limones, y él le trae tres. Este pequeño malentendido dispara una discusión que seguramente se parece a alguna que tuviste: es muy real y cotidiana. Esa noche, después de la cena, viene la segunda parte de esta pelea, en la que ella expone los esfuerzos que hace, cómo terminó siendo un poco madre de él, y que no se siente vista: “No sé cómo llegamos aquí. Durante toda nuestra relación me he esforzado al máximo por ti, por nosotros. He cocinado, he recogido tus cosas del suelo, te he preparado la ropa como si tuvieras cuatro años. Te apoyo, he apoyado tu trabajo. Si alguna vez cenábamos o algo, yo organizaba los planes, me encargaba de todo. Y siento que no aprecias nada de esto. No siento que me aprecies”.

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En el matrimonio de Belleza americana (Está en Mercado Play, si no la viste), todo está mal. Cada uno atraviesa su propia crisis de la mediana edad y, las pocas veces que interactúan, el idioma común parece ser el sarcasmo. En algunas discusiones se traslucen conflictos que han marcado y desgastado la relación. Esta conversación tienen Carolyn (Annette Bening) y Lester (Kevin Spacey), frente a su hija adolescente, mientras cenan, escuchando Call Me Irresponsible, de Bobby Darin. Es un retrato impecable, preciso y tragicómico de las dinámicas de algunas interacciones de pareja:

—Tu padre y yo estábamos hablando de su día en el trabajo. ¿Por qué no se lo cuentas a nuestra hija, cariño? —dice Carolyn.

—Janie, hoy dejé mi trabajo. Y luego le dije a mi jefe que se fuera a la mierda, y luego lo chantajeé por casi 60.000 dólares. Pásame los espárragos.

—Tu padre parece pensar que este tipo de comportamiento es algo de lo que enorgullecerse.

—Y tu madre parece preferir que vaya por la vida como un maldito prisionero mientras ella guarda mi pene en un tarro de cristal debajo del fregadero. (...) Estoy harto de que me traten como si no existiera.

La conversación sigue en ese tono hasta que él, Lester, se para a buscar los espárragos —que pidió varias veces y nadie le pasó—, para terminar lanzándolos contra la pared mientras su esposa retruca alguno de sus dichos: “No me interrumpas, cariño”.

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Belleza americana.

Belleza americana.

Eso que pocos se animan a hacer

Sobre este tema de las discusiones, el psicólogo y escritor Gustavo Ekroth me decía que cuando sube la temperatura “entran a la cancha el orgullo, el amor propio herido, el enojo, las quejas prehistóricas, y las consabidas listas interminables de defectos recíprocos. Y se van al banco de suplentes el amor, la empatía, el entendimiento, el optimismo, la moderación e incluso muchas veces hasta el respeto por el otro”.

Lo mejor sería esperar a que se pase el enojo; así se puede terminar descubriendo que la cosa no era tan grave, o hasta que el otro tenía razón. Esa conversación que se tiene, ya con las aguas en calma, puede ser mucho menos agresiva e hiriente, y más constructiva. Puede, incluso, llevar a un pedido de perdón.

Carmy Berzatto, el chef protagonista de la serie El oso (está en Disney+), se tomó el tiempo de respirar, pensar, repensar y volver a ella, su chica, con una disculpa. Parece que hizo todo bien, salvo porque, tal vez, no calculó que podía ser demasiado tarde. Fuera de eso, la charla que tiene con Claire, la serenidad con la que logran conversar, es una especie de declaración de intención de cambio del personaje, tan llevado por el ritmo frenético de una cocina con aspiraciones a estrellas Michelin.

—Gracias por pedirme disculpas. Espero que encuentres tranquilidad, lo que sea que eso signifique para ti —le dice Claire, antes de entrar a su apartamento de Chicago y cerrar la puerta tras de sí.

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El oso.

El oso.

Sí, suena a despedida, pero que esto no te desanime a pedir perdón, a veces sale bien.

De momento estoy en la esquina opuesta del cuadrilátero, aprendiendo a pelear. No estoy acostumbrada a discutir. Me asusta la confrontación, lo que pueda salir, el daño (irreparable) que pueda causar. Me cuesta ver las ventajas, pero los que saben dicen que las hay. Así que estoy intentando aprender a discutir como se debe, a entender que no se trata de tener razón. Y que no hay ganadores.

Bonus track: sos igual a tu madre

No me podía despedir sin traer este ejemplo. No sé si habrá en la Tierra alguien a quien en una discusión de pareja no hayan comparado con su madre/padre a modo de ofensa. Esta discusión entre Nicole (Scarlett Johansson) y Charlie (Adam Driver) de Historia de un matrimonio (está en Netflix) es una joya en ese sentido. Es terrible la película, ser testigos de cómo el amor puede devenir en ese grado de desprecio. Nada que no sepamos (o hasta hayamos vivido), pero siempre es duro de ver.

—Te pareces mucho a tu padre —dice Nicole.

—¡No me compares con mi padre!

—No te comparé con él. Dije que actuabas como él.

—Eres exactamente igual a tu madre —se defiende él—. Todo lo que te quejabas de ella, lo estás haciendo tú. Estás asfixiando a Henry.

—Primero que nada, amo a mi madre. Era una madre maravillosa. (...) Segundo, ¡cómo te atreves a comparar mi maternidad con la de mi madre! ¡Puede que sea como mi padre, pero no soy como mi madre!

—¡Lo eres! ¡Y eres como mi padre! ¡También eres como mi madre! ¡Eres todo lo malo de toda esta gente! Pero sobre todo, tu madre.

Te recomiendo algunas lecturas para esta tarde de domingo. Francesca Cavallo, la autora del éxito mundial Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, habló con María Inés Fiordelmondo sobre el libro que escribió ahora para los niños, los hombres del futuro; es muy interesante su visión. Además, Milene Breito escribió sobre una aplicación uruguaya que mapea las relaciones de los adolescentes en los colegios para prevenir el bullying; y Federica Chiarino hurgó en la vida de Leonardo DiCaprio en esta nota, a propósito del estreno de Una batalla tras otra.

¡Nos reencontramos en tres semanas!

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