El arma más potente de los artistas ha sido la imaginación, pero también su gran intuición e inteligencia para leer el presente y captar lo invisible, lo que se manifestará con el tiempo
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa ciencia describe las cosas como son; el arte como son sentidas, como se siente que deben ser.
(Fernando Pessoa, Aforismos y afines)
Ni videntes ni pitonisas ni brujos: son artistas. En la historia han surgido poetas, narradores, pintores o cineastas cuyas obras, a veces sin proponérselo, se anticiparon al futuro. Su arma más potente ha sido la imaginación, pero también su gran intuición e inteligencia para leer el presente y captar lo invisible, lo que se manifestará con el tiempo.
El historiador y teórico de arte alemán Aby Warburg (1866-1929) conceptualizó en la palabra Nachleben (supervivencia/pervivencia) las formas, gestos e imágenes de la Antigüedad que sobrevivieron y reaparecieron en el arte de épocas posteriores. Para él la historia no era lineal, sino una especie de “remolino” con desapariciones, transformaciones y resurgimientos de expresiones artísticas.
Una variación del concepto del tiempo plantea la novela Los recuerdos del porvenir, de la escritora mexicana Elena Garro (1916-1998), uno de los títulos más atractivos y simbólicos de la literatura latinoamericana. En su historia, los habitantes de Ixtepec viven estancados en un eterno presente, marcado por la posrevolución y la violencia de la guerra cristera, y recuerdan su futuro como algo ya sucedido. Así, la memoria y la anticipación se convierten en una misma experiencia.
Si todo tiempo es eternamente presente / todo tiempo es irredimible, dice un poema de T. S. Eliot, que bien se podría aplicar a la novela de Garro.
Otros artistas se interesaron por los avances científicos y tecnológicos de su época y con su imaginación desbordante pensaron en el futuro. El nombre más obvio es el de Julio Verne (1828-1905), un escritor del siglo XIX que con una creatividad enorme como una nave fue capaz de pensar el siglo XX. Además de las obras más conocidas, como De la Tierra a la Luna o Veinte mil leguas de viaje submarino, tuvo sus “recuerdos del porvenir” en una novela que terminó de escribir hacia fines de 1863, fue rechazada por su editor y publicada décadas después de su muerte. Su título: París en el siglo XX.
En esta historia aparecen varios adelantos visionarios: vehículos impulsados por motores de combustión, trenes de alta velocidad, rascacielos de hierro y vidrio, iluminación eléctrica y redes de comunicación similares al fax y a la transmisión instantánea de documentos. Además, describió una economía dominada por la industrialización y una sociedad mecanizada, en la que las humanidades y las artes están relegadas frente a la ciencia y la técnica.
El editor rechazó la novela por considerarla poco atractiva en su escritura y demasiado pesimista. El manuscrito quedó guardado y cuando la familia lo publicó en 1964, la sociedad era muy parecida a como Verne la había pensado.
Para Véronique Bedin, prologuista de París en el siglo XX, releer a Julio Verne es recordar que la razón y la poesía “abren las puertas del futuro”.
Otra “puerta hacia el futuro” abrió el escritor estadounidense Mark Twain (1835-1910), quien en algunas de sus obras utilizó la ficción especulativa en forma satírica para cuestionar aspectos políticos, religiosos o morales de su tiempo. Entre sus relatos satíricos publicó uno titulado Extracto del Times de Londres de 1904 (publicado en 1898), en el que relata, como si fuera la nota de un diario, el juicio a un hombre acusado de asesinato que termina en ejecución, aunque el supuesto asesinado sigue vivo y el tribunal lo sabe.
Lo futurista del relato está en la invención de Twain: el telelectroscopio. Este aparato conecta todas las ciudades del mundo por la red telefónica y permite ver y escuchar en tiempo real lo que ocurre en cualquier lugar. Así, en todos los rincones se presencia lo injusto del juicio, lo que provoca la furia de los espectadores.
Twain imaginó las telecomunicaciones globales varias décadas antes de que existieran; también la indignación detrás de una pantalla. Aquí está el cuento en inglés, y en esta revista argentina, que es una reliquia, se puede leer en español.
En el siglo XV, Leonardo da Vinci (1452-1519) dibujó armas y fortificaciones impensadas en su época y hasta el antecedente del helicóptero y del traje submarino. Otros artistas no pensaron en tecnología, pero sí en la condición humana, como Albert Camus (1913-1960), quien anticipó en La peste (1947) conductas que se vieron en la pandemia del covid-19.
“¿Será cierto, @grok?”, preguntan cada vez más los usuarios de X (Twitter) al asistente de inteligencia artificial generativa Grok. Creado por xAI, la empresa de Elon Musk, este chatbot fue diseñado para ofrecer respuestas rápidas y es cada vez más eficaz. Los usuarios le preguntan todo como si fuera un vidente, incluso lo que pueden verificar por sí mismos. Le han llegado a consultar si es correcta o no una opinión; también algunas bajezas, como desnudar a mujeres que están en una foto, lo que provocó polémicas que llevaron a que se limitara su alcance.
La palabra grok apareció en la obra de ciencia ficción Forastero en tierra extraña (1961), del escritor estadounidense Robert A. Heinlein, con el significado de comprender algo de manera profunda. Sin embargo, según explicó el propio Musk, la obra que inspiró su chatbot fue Guía del autoestopista galáctico (1979), una novela de ciencia ficción del escritor inglés Douglas Adams, sobre la demolición de la Tierra para construir una autopista hiperespacial. La intención de Musk es que Grok funcione como una especie de guía moderna que tenga su grado de certeza en los datos, pero también cierto humor.
¿Será cierto, @grok?
Mi nombre es Silvana Tanzi y esta es una nueva entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales. Si querés escribirme con tus comentarios, podés hacerlo a [email protected]
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Te propongo prestar atención al año 1984. Sí, es un año orwelliano, porque así se titula la novela de George Orwell, 1984, a la que es imposible no referirse cuando se piensa en distopías y cuando se piensa en el presente. Pero también en ese año la escritora canadiense Margaret Atwood estaba escribiendo a mano una novela. En ese momento vivía en Berlín occidental y la ciudad estaba dividida por un muro infame. Su novela aún no tenía título, pero se publicó un año después y se llamó El cuento de la criada.
Pero volvamos a la ciudad dividida. Atwood viajó por países del mundo soviético, detrás del muro infame, y todo lo que vio y sintió alimentó lo que estaba escribiendo. “Como nací en 1939 y mi conciencia se formó durante la II Guerra Mundial, sabía que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana (...). No se podía confiar en la frase: ‘Esto aquí no puede pasar’. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lado (...)”. Esta reflexión de Atwood aparece en el prólogo a la reedición de 2017 de su novela, cuando también se estrenó la serie El cuento de la criada, protagonizada por Elisabeth Moss. El 2017 es otro año a tener en cuenta.
En su novela, Atwood no quería incluir ningún aparato tecnológico imaginario, su preocupación era hacer referencia a hechos que hubieran ocurrido en la historia y convencer a los lectores de que en Estados Unidos podría ocurrir un golpe de Estado que cambiara la democracia liberal por una dictadura. Eso es lo que sucede en El cuento de la criada: la República de Gilead se instala como una dictadura teocrática que elimina la Constitución y el Congreso de los Estados Unidos. El régimen ejerce represión y miedo, caza a las mujeres fértiles (en momentos de infertilidad debido a una catástrofe ambiental), las viste como criadas con un atuendo rojo y blanco, les quita su identidad y las hace vivir en casas de la elite religiosa para que los hombres las fecunden.
La protagonista, Defred, lo registra todo a escondidas y lo oculta. Así la escritura se vuelve una forma de resistencia. “Es un acto de esperanza: toda historia registrada presupone un futuro lector”, dice Atwood.
Para la escritora, la suya no fue una novela premonitoria; sin embargo, en 2017, año en que escribió el prólogo para la nueva edición, Donald Trump ganó las elecciones y Atwood señaló: “En este clima de división, en el que parece estar al alza la proyección del odio contra muchos grupos, al tiempo que los extremistas de toda denominación manifiestan su desprecio a las instituciones democráticas, contamos con la certeza de que, en algún lugar, alguien —mucha gente, me atrevería a decir— está tomando nota de todo lo que ocurre a partir de su propia experiencia”.
Hoy se podría decir que El cuento de la criada sí fue una novela premonitoria para Estados Unidos, donde se están viviendo situaciones cercanas a la distopía. ¿Será esto cierto, @grok?
No se necesita explicar que una situación es kafkiana o borgeana o shakespeariana. Tampoco cuando es orwelliana. El escritor británico George Orwell (1903-1950) no da respiro en su novela distópica de denuncia política. Cuando la terminó de escribir en 1948 (la publicó un año después), pensó en el régimen soviético, pero también se proyectó hacia el futuro. Entonces, dio vuelta los dos últimos dígitos del año en el que estaba, y así surgió 1984, una novela que, aunque rechazada en su momento, censurada en la URSS y en algunos países occidentales, logró lo que solo los clásicos logran: volverse universal y siempre vigente.
Pero así como la distopía de Atwood tiene un ambiente muy orwelliano, para escribir 1984 Orwell se inspiró en Nosotros, una novela publicada en 1921 por el ruso Yevgueni Zamiatin (1884-1837). Este escritor de ciencia ficción y sátiras, que además era ingeniero, periodista de opinión y dramaturgo, sufrió persecución y cárcel, primero por el régimen zarista y luego, tras la revolución de 1917, por parte de los bolcheviques. En 1932 emigró a Francia y allí permaneció hasta su muerte.
En Nosotros, su protagonista está atrapado en una ciudad de cristal donde rige el Estado Único. El narrador-personaje lleva el nombre D-503 porque en ese mundo no existe un “yo” con identidad propia, sino solo un “nosotros”. La novela adopta la forma de diario íntimo, que es el que va escribiendo D-503. El personaje, que es ingeniero, está construyendo una nave interestelar que deberá llevar al universo “el bienaventurado yugo de la razón”.
En 1946, George Orwell reseñó Nosotros para la revista Tribune. Allí la elogió como una de las obras literarias más importantes del siglo XX y destacó la intuición de Zamiatin para captar el régimen totalitario que se avecinaba.
Igual que D-503, Winston Smith, protagonista de 1984, escribe y registra sus reflexiones a escondidas del ojo del Gran Hermano que todo lo ve. Algo diferente hace en el Ministerio de la Verdad donde trabaja. Su tarea es reescribir constantemente la historia, borrar las referencias a personas asesinadas o desaparecidas, modificar los diarios y los libros.
“Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica”.
¿Te suena a algo del presente, @grok?
La novela de Orwell tuvo una versión cinematográfica en 1956 dirigida por Michael Anderson. Pero la más aclamada es, justamente, de 1984, dirigida por Michael Radford y protagonizada por John Hurt, brillante como Winston, y Richard Burton, que mete miedo como intermediario del Gran Hermano.
Que Orwell fue un hombre de una gran visión política no hay dudas. Solo hay que ver las señales orwellianas que van y vienen en la historia. No sé si te pasa lo mismo, pero ahora parecen reproducirse.
El cineasta Raoul Peck (Puerto Príncipe, 1953) ha visto esas señales, entonces hizo un documental. Se titula Orwell: 2 + 2 = 5, fue presentado en el Festival de Cannes y tiene fecha de estreno a fines de febrero. Peck huyó de la dictadura de François Duvalier en Haití con su familia cuando era niño, creció en el Congo y después emigró a Berlín, donde estudió en la Academia Alemana de Cine y Televisión. Su nombre se hizo famoso por su documental nominado al Oscar I am not your negro (2016), sobre el racismo en Estados Unidos. El guion lo elaboró a partir del libro inconcluso de James Baldwin.
Ahora Peck elige un momento terrible de la novela 1984, cuando a Winston —encarcelado y torturado— le piden reiteradamente que diga cuánto es 2 + 2. Su respuesta es siempre 4, hasta que lo hacen dudar tanto de su percepción y conocimiento, de lo que es y no es verdad, que termina diciendo que 2 + 2 = 5. Peck plantea en su documental que la distopía creada por Orwell ya no es un pronóstico, sino que ahora mismo se está viviendo el doblepensar, la permanente vigilancia, las dudas constantes sobre la verdad. Aquí te dejo el tráiler.
En este momento estoy sin palabras, @grok, necesito un poco de humor.
¿Qué pasaría si un repartidor de pizza del siglo XX despertara en el año 3000 después de estar congelado criogénicamente? Pasaría Futurama, la serie de animación satírica de Matt Groening (creador de Los Simpson), que sigue a Philip J. Fry, el repartidor de pizza que despierta en una Nueva York con alienígenas, mutantes, robots, viajes espaciales y alta tecnología.
Igual que en Los Simpson, Groening desliza su crítica social a través del humor absurdo y ácido. La sociedad del año 3000 de Futurama es un reflejo irónico del presente: su mundo hipertecnificado es caótico y burocrático. Muy reconocible.
Detrás de su historia hay matemáticos y físicos que le dieron coherencia al hilo argumental futurista, pero también la serie tiene cantidad de referencias filosóficas. La genialidad de Groening y de sus guionistas está en hacer humor a partir de esa lógica argumentativa.
La serie comenzó en 1999, alcanzó 12 temporadas en 2024 y posiblemente haya más. Es difícil elegir un capítulo ilustrativo, pero me encanta este sobre el contradictorio Día de la Libertad.
“La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza”.
Así comienza el cuento La última pregunta, de Isaac Asimov (1920-1992), publicado en 1956. En su historia, hay una pregunta que los humanos le hacen en distintas épocas a las computadoras, cada vez más avanzadas e inteligentes: “¿Cómo puede revertirse la entropía del universo?”. La entropía es la degradación inevitable de la energía, lo que implicaría el fin del universo.
Toda vez que se formula la pregunta, la máquina responde: “Datos insuficientes para una respuesta significativa”. Las computadoras van creciendo en inteligencia y tienen diferentes nombres; la primera es Multivac y la última Cosmic AC. Es esta la que resolverá la interrogante.
¿Te sentís identificado, @grok, con esta inteligencia artificial que dialoga con los humanos?
Te voy a anticipar el final del cuento, que en realidad ya está implícito en el comienzo. Cuando el universo llega a su fin, solo queda el Cosmic AC fuera del espacio y del tiempo. Entonces la máquina encuentra la respuesta: “¡Hágase la luz!”. Y de esta forma se recrea el universo.
Y para vos, ¿cuál sería tu última pregunta?
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Antes de despedirme, te dejo como recomendación esta entrevista de Javier Alfonso a Jorge Esmoris, que tiene en escena su obra LED; por otro lado, y a propósito de distopías, se estrenó Aún es de noche en Caracas; te invito a verla con alguien de Venezuela.