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Cinco talleres donde venís a hacer una cosa y pasan mil

Una escultura hecha con un libro heredado, un texto que termina en aplausos, una clase de tinta china que acaba con todos quemando sus deseos en casa. Cinco talleres donde aprender es parte del plan, pero no necesariamente lo único que importa

Un día llegás a un taller sin conocer a nadie. Unos meses después, tenés un grupo de amigos. O te das cuenta de que esa clase se convirtió en tu rato, ese que necesitabas y no encontrabas. O pasás de esconder lo que escribís a publicar un libro. A veces, mientras aprendés a hacer algo, también empiezan a pasar otras cosas.

En los talleres de Paola Malaquin, Gastón Rosa, Genoveva Pérez y Magdalena Díaz Lageard, y en el club de lectura Alma Lectora, pasan cosas que no aparecen en ningún programa. Se pliegan libros, se escriben historias, se dibuja con tinta china, se trabaja con vidrio y se discuten novelas. Pero también se festejan textos, se comparten playlists, se preparan deseos para quemar en casa y se conoce gente con la que después dan ganas de volver a encontrarse.

Cada anfitrión tiene su estilo. Hay quien llega horas antes para dejar todo pronto; quien recibe con un abrazo y un té; quien se ocupa de que no falte ni un material y quien quiere, sobre todo, que nadie tenga miedo de decir lo que piensa. Les preguntamos qué significa para ellos que alguien se sienta bienvenido. Las respuestas tienen mucho que ver con cómo son y con las cosas que pasan en sus talleres.

Paola Malaquin: ningún libro elegido al azar

Paola Malaquin no llega a un taller y pone cualquier libro arriba de la mesa. Lleva varios, acomoda las esculturas que hizo, prende sus lámparas, pone flores, elige la música y deja algo rico para comer y tomar. Si el encuentro es en una casa de decoración, hasta puede ponerse a buscar entre los objetos del lugar para ver qué queda bien con sus piezas. Una piedra, una vela, una caja de vidrio: todo puede servir para armar una combinación linda.

Paola Malaquin.

Paola Malaquin.

Llega temprano porque le gusta tener tiempo para preparar las cosas a su manera. Cuando aparecen los participantes, cada uno puede elegir dónde sentarse y con qué libro trabajar. Paola muestra las opciones, explica qué se puede hacer con cada una y pregunta qué les gustaría crear. No hay un libro que le toque a cada uno por sorteo.

La historia de sus esculturas empezó, de hecho, con libros que nadie quería. Paola había ayudado a cerrar una fábrica y se encontró con cajas llenas de ejemplares. Intentó donarlos a bibliotecas y colegios, pero no consiguió colocarlos. Se los llevó a su casa y, después de descubrir que podía transformar sus páginas en esculturas, empezó a probar.

La técnica consiste en doblar las hojas sin cortarlas ni pegarlas. El libro cambia de forma, pero sigue siendo un libro: algunos se pueden volver a abrir y leer, y otros quedan convertidos en objetos para exhibir. A Paola le gusta especialmente la idea de trabajar con un ejemplar que tenga historia. Puede ser el de un abuelo, el de una madre o el que acompañó a alguien durante años de estudio. En vez de terminar olvidado en una biblioteca, encuentra otra manera de quedarse en la casa.

Y ahí aparece otra parte del taller. Paola pregunta dónde van a poner la pieza, cómo es la decoración, qué rincón tienen en mente. Si alguien quiere llevarse una escultura para una biblioteca clásica, puede orientarlo de una manera; si es para otro espacio, piensa con esa persona cómo quedaría mejor. No se trata solo de terminar el trabajo y meterlo en una bolsa.

A Paola le gusta ese plus: que haya un encuentro además de una actividad manual. Muchas de las participantes son mujeres que vuelven a tener algo más de tiempo para ellas y descubren en el taller una oportunidad para hacer algo distinto, conocer gente y conversar. Paola sabe lo que es trabajar bastante sola y disfruta de reunir personas alrededor de algo que le gusta.

Cuando le preguntamos qué hace que alguien se sienta bienvenido, su primera respuesta es bien simple: una sonrisa, y luego, va directo a los detalles: que haya música de fondo, un perfume rico, una vela, algo para comer, un café. Que la persona esté cómoda y no le falte nada. En sus talleres, eso empieza antes de que llegue la primera participante, cuando Paola está moviendo las cosas de lugar y decidiendo cómo va a quedar la mesa.

Y si al final alguien se va con una escultura hecha a partir de un libro que le recuerda a su familia, mucho mejor. Ese libro ya tenía una historia antes de llegar; ahora tiene una nueva.

Instagram: @paolamalaquin.

Gastón Rosa: escribir, leer y festejar

Gastón Rosa no termina de entender a quienes dicen que no saben escribir. Para él, es como decir que no saben hablar. Otra cosa es sentarse frente a una hoja y ver qué sale, claro. Pero para eso está El Rosa Club.

A veces propone una consigna tan simple como contar qué hizo cada uno durante el día. De ahí pueden salir recuerdos, personajes, historias y asociaciones que ni ellos mismos imaginaron a priori. No hace falta llegar con una novela en la cabeza ni tener una gran idea. Se empieza por algún lado y después se ve.

Gastón Rosa.

Gastón Rosa.

En sus talleres pasan cosas que Gastón disfruta especialmente: alguien lee un texto y los demás empiezan a comentar; uno quiere decir algo, otro se suma, alguno se emociona. A veces terminan aplaudiendo. Él mismo describe esos momentos como una especie de festejo. No es que haya que escribir algo alegre para que funcione: también hay días grises, textos tristes y cosas que uno necesita sacar de adentro. Lo interesante es que lo escrito encuentre a alguien del otro lado.

Claro que no todo el mundo llega dispuesto a leer en voz alta. En uno de sus grupos semestrales, una alumna llevaba tres meses y todavía sentía vergüenza de compartir sus textos porque pensaba que sus compañeros escribían mejor. A Gastón y al resto les gustaba lo que hacía, pero ella seguía comparándose. Escribir puede ser bastante íntimo; mostrarlo es otra historia.

Por eso el clima importa. Gastón piensa en la luz, la música y la vista desde el balcón, donde los participantes pueden quedarse mientras llegan los demás. Prepara té o sirve vino. La música, además, tiene su público: le piden la playlist y hasta le roban temas. El taller tiene que ver con escribir, sí, pero también con pasarla bien y descubrir qué aparece cuando un grupo empieza a soltarse.

Con algunos alumnos, las cosas siguieron más allá de las clases. Gastón empezó a acompañar la publicación de sus libros y El Rosa Club sumó una pequeña editorial. Uno de esos proyectos es Mortal Kombat, de Leonor, que vivió en Paraguay, Tailandia y Francia, y escribe mezclando español y francés. Gastón la describe como un personaje y se divierte con las cosas que ella escribe. Hay entusiasmo en la forma en que habla de sus alumnos: le interesa lo que hacen, pero también las personas y los mundos que hay detrás de cada texto.

¿Y qué hace que alguien se sienta bienvenido? Gastón piensa en algo muy concreto: que alguien te esté esperando. A él le gusta abrir la puerta, saludar, dar un beso, ofrecer agua. También preparar el lugar, dejar una silla pronta, poner flores, estar atento a si hace falta servir otra cosa. Son gestos chicos, dice, pero hacen que el otro sienta que pensaste en su llegada.

En El Rosa Club, esa bienvenida también está en la posibilidad de leer algo propio sin sentir que hay que demostrar talento. Si el texto termina en aplausos, mejor. Y si además alguien se lleva una canción nueva para su playlist, el encuentro ya tuvo un bonus.

Instagram: @untonga_ y @elrosaclub.

Genoveva Pérez: acá se viene a probar

En el taller de Genoveva Pérez puede pasar que una clase de dibujo termine con todas quemando sus deseos en sus casas. No es una metáfora: para celebrar Tanabata, una festividad japonesa, colgó una guirnalda con papelitos donde cada participante escribió un deseo. Después, cada una se llevó el suyo y lo quemó en su casa. Se mandaron videos y, por un rato, todas estuvieron haciendo lo mismo desde distintos lugares.

Genoveva Pérez.

Genoveva Pérez.

Genoveva se acuerda de esa experiencia con entusiasmo. Le gusta cuando una actividad deja de ser solamente una clase y se convierte en algo que el grupo comparte. También le emociona saber que varias de sus alumnas se hicieron amigas fuera del taller y siguen viéndose por su cuenta. Algunas incluso organizan salidas para dibujar juntas, ya sin ella como profesora: salen como amigas.

Pero no por eso sus clases son improvisadas. Genoveva tiene un perfil bastante intelectual y disfruta de enseñar conceptos, contar de dónde vienen las técnicas y mostrar referencias. En el taller de tinta china, por ejemplo, antes de dibujar hay que preparar la tinta: raspar una barra sobre una piedra, agregar agua y trabajar hasta lograr la consistencia adecuada. Después viene el pincel, que también tiene su técnica. La clase combina historia, materiales y práctica, con espacio para experimentar.

A Genoveva le interesa que la gente pueda probar cosas que quizás no compraría para usar una sola vez. Por eso consigue materiales que no siempre se encuentran en Montevideo y los pone a disposición de sus alumnos. También insiste con una idea que atraviesa sus clases: el wabi-sabi, una forma de mirar la belleza de lo imperfecto y lo transitorio. No todo tiene que salir perfecto. A veces el error es justamente lo que permite descubrir otra cosa.

Hay una historia que la emociona especialmente. Un niño que había aprendido perspectiva en una de sus clases volvió al mes siguiente y le contó que había aplicado lo aprendido en un dibujo para la escuela: había pensado qué poner adelante y qué dejar atrás. Genoveva se puso contenta al ver que el chiquilín había incorporado algo nuevo y estaba orgulloso de su trabajo. Para ella, no hay nada más lindo que descubrir que una idea que compartió en el taller siguió dando vueltas después.

Genoveva llegó de España y empezó dando talleres para niños en su casa. Más adelante tuvo un espacio propio y sumó propuestas para adultos. El lugar tiene bastante de su personalidad: ilustraciones, materiales por todos lados y dibujos incluso en las paredes del baño. Y en clase hay humor. Puede explicar cómo se agarra correctamente un pincel y, al mismo tiempo, hacer que nadie se sienta un desastre si el primer trazo sale torcido.

Para ella, sentirse bienvenido tiene mucho que ver con la actitud de quien te recibe. Una sonrisa, una mirada, la atención puesta en la otra persona, las ganas de escuchar. Le gusta el humor porque ayuda a destrabar situaciones y a que la gente se relaje. Si alguien llega por primera vez y no sabe muy bien qué hacer, una buena disposición puede cambiarle la experiencia.

Quizás por eso en sus talleres conviven el aprendizaje técnico, las historias del arte, los deseos escritos en papelitos y las amistades que siguen fuera de clase. Genoveva pone los materiales y las ideas; después, cada grupo inventa su propia manera de hacerlas circular.

Instagram: @genoveva.ilustracion.

Magdalena Díaz Lageard: un té antes de empezar

En el taller de vidrio de Magdalena Díaz Lageard no se empieza directamente con el vidrio. Primero hay que atravesar el jardín, llegar, saludar y sentarse a tomar un té. Los participantes se reúnen en ronda y dedican un rato a prestar atención al cuerpo, la respiración y las sensaciones. Recién después empieza el trabajo.

Magdalena Díaz Lageard.

Magdalena Díaz Lageard.

A alguien que se anotó para aprender una técnica, ese comienzo puede tomarlo por sorpresa. A una alumna le pasó: pensaba que iba a una clase de vidrio y se encontró con una experiencia que incluía meditación y conciencia corporal. Le llamó la atención, pero terminó encantada.

La costumbre del té viene de lejos. En la familia de Magdalena era habitual tomarlo con sus padres y su abuela. Más adelante leyó sobre los maestros japoneses de la ceremonia del té y le quedó grabado el cuidado con que preparaban los espacios para recibir a sus invitados: regaban las piedras del camino, elegían una flor, pensaban cómo disponer el salón. No recuerda el título del libro, pero sí esa manera de prepararse para la llegada de alguien.

En su taller, esa idea se traduce en cosas muy concretas. El jardín, las plantas, la luz, los peces, la ronda y el té forman parte de la experiencia. Magdalena recibe a quienes llegan con un abrazo, siempre que la otra persona se sienta cómoda con ese gesto. Prefiere los grupos pequeños porque le importa conocer a los participantes y compartir con ellos su mundo.

La primera media hora está pensada para bajar un cambio. A veces cuesta, sobre todo para quienes no están acostumbrados a parar, respirar y quedarse un rato en silencio. Magdalena lo sabe. Hay gente que llega preguntándose qué está haciendo ahí, por qué tiene que cerrar los ojos o prestar atención a la respiración. Pero, de a poco, le van tomando el gusto.

Para ella, sentirse bienvenido empieza por la calidez de quien recibe. Que se note que le alegra que hayas llegado, que no seas una persona más que apareció por la puerta. Después viene el espacio: que sea confortable, bello, que el camino hasta el taller, las plantas y la luz también te reciban. Y está el grupo, que no es un detalle menor. Sentirse parte de lo que está pasando puede cambiar por completo la experiencia.

Magdalena cree que cuando uno está cómodo y se siente en confianza, se suelta más. Y eso importa mucho cuando se trata de crear, porque la autocrítica puede aparecer enseguida: esto no me sale, no soy bueno, no sé si puedo. El té y el rato de calma no remplazan la técnica ni la práctica con el vidrio, pero ayudan a llegar de otra manera.

La alegría de Magdalena está en compartir ese mundo con otros. En que alguien llegue esperando aprender a trabajar con vidrio y descubra, de paso, que también le venía bien sentarse un rato, tomar algo caliente y dejar de correr.

Instagram: @magdalenadiazlageard.

Alma Lectora: una novela, muchas historias

La idea de armar un club de lectura en Alma de Gloria fue de Ana Gloria Reyes (en foto a la izquierda), dueña de la casa de té, que quería sumar una propuesta cultural a las experiencias que ofrece. Para ponerla en marcha, convocó a Laura Porto (en la foto al medio), química farmacéutica y gran lectora, y a Sofía Ferrari (en la foto a la derecha), docente de UTU y muy lectora también. Aunque Ana Gloria no viene del mundo de la literatura, creció con un padre muy lector y una biblioteca en casa. Así, entre las tres, dieron vida a Alma Lectora.

Ana Gloria reyes, Laura Porto y Sofia Ferrari.

Ana Gloria reyes, Laura Porto y Sofia Ferrari.

Laura, al principio, dudó. Pensaba que no iba a poder, que no sabía lo suficiente. Después se entusiasmó y hoy coordina los encuentros junto con Sofía. Cada dos meses eligen un libro y se reúnen para conversar. No hay que preparar una exposición ni llegar con una interpretación brillante. Lo importante es haber leído (o animarse a leer) y tener ganas de compartir qué pasó con ese libro.

Laura insiste en algo que parece sencillo, pero no siempre ocurre: todas tienen que poder hablar. Incluso si a alguien no le gustó la novela, si no conectó con los personajes o si le pareció horrible. Nadie tiene que corregirla ni explicarle por qué está equivocada. Una opinión no vale más que otra por sonar más literaria.

Quizás por eso las conversaciones se van para lugares inesperados. Son mujeres que probablemente no se habrían cruzado en otro contexto y que, a partir de los libros, empiezan a contar recuerdos, situaciones personales y cosas que les están pasando. La novela funciona como disparador; después, la charla puede ir bastante más allá.

Una de las participantes llegó sin haber leído nunca una novela. Se animó a empezar una para el club, la terminó y quedó encantada. Siguió yendo y empezó a considerarse lectora. No necesitó demostrar que sabía de literatura ni ponerse al día con años de lecturas atrasadas. Simplemente encontró un libro que pudo terminar y un grupo con el que conversar sobre él.

Gloria pone la casa. En invierno, el club se reúne junto a la estufa; cuando hace calor, puede salir al parque y recorrer los cultivos de frutos rojos. Hay té, algo dulce y salado para comer y detalles relacionados con el libro elegido. La casa de campo también invita a quedarse un rato más, sin mirar tanto el reloj.

Una vez, por un error con la fecha durante las vacaciones, varias participantes no pudieron ir. Lo que sorprendió a las organizadoras fue que todas habían leído el libro y estaban apenadas por perderse el encuentro. Algunas se sumaron por WhatsApp. El club ya era algo que esperaban, más allá de cumplir con la lectura.

Cuando les preguntamos qué hace que una persona se sienta bienvenida, Laura puso el foco en la escucha: darle a cada una la oportunidad de expresarse, mucho o poco, y que se sienta reconocida, sin ser juzgada. Gloria lo llevó a la experiencia de la casa: regalarse el tiempo de estar ahí, relajarse y disfrutar. Como anfitriona, siente que también depende de ella que la gente se sienta a gusto y tenga ganas de volver.

Entre las dos cosas se armó Alma Lectora. Un lugar donde se puede llegar sin demasiada experiencia, decir que un libro no gustó, descubrir una novela por primera vez o terminar hablando de la propia vida. Y donde, cada dos meses, hay un grupo de mujeres que ya no quiere perderse la próxima reunión.

Instagram: @almadegloria.uy