Los estadounidenses reconocen que para ellos ya es tarde para cenar, pero no les importa, están de vacaciones. Ahí el asador apura las brasas y en un santiamén saca la entrada: la provoletera llena y el pan recién cortado. Dándole un pequeño giro al queso con el tenedor, demuestra la técnica para sacarlo y lo unta. Todos lo siguen. Les gusta y mucho.
Después viene el chorizo (presentado como “chori”) y el anfitrión invita a combinarlo con el pan y el provolone. Para la carne falta un poco más. “El asado no es comida rápida, es comida lenta”, aclara el anfirtrión.
Lo siguiente que sale es la entraña. Y después aparecen los cortes más clásicos: tira de asado, bife de vacío, colita de cuadril y entrecot. También hay morrón relleno de queso y huevo. De postre: flan con dulce de leche.
Como en casa
“Auténtica experiencia de asado uruguayo en Montevideo: fuego, carne y música”, eso leyeron en Airbnb los turistas que le dieron comprar a una de las 30 experiencias que se ofrecen hoy en Uruguay a través de esa plataforma. Pagaron 125 dólares cada uno (lo que incluye la tasa de Airbnb y los impuestos).
Maximiliano todavía está sorprendido con lo entusiasmados que quedan los extranjeros que visitan su barbacoa. El hombre, que trabaja en una concesionaria de autos de alta gama, tuvo la “loca idea” de recibir visitantes del exterior en su casa a comienzos de año, luego de que su hermano, que vive en Estados Unidos, llegara al país con un amigo peruano que quiso conocer cómo era un asado en Uruguay.
“Lo llevamos al Mercado del Puerto y ahí veo a los turistas sacándoles fotos a las parrillas como si fueran la sexta maravilla del mundo”, cuenta Maximiliano. Enseguida pensó en que él, que toda la vida recibió a amigos y familia los fines de semana con el fuego prendido, podía hacer eso mismo en su casa. Y, a la vez, mostrarles y contarles a los extranjeros parte de la cultura y las costumbres de Uruguay.
En febrero de este año, un par de semanas después de haber hecho la publicación, le llegó su primera reserva y desde ese entonces no paran de llegar visitantes. Además de estadounidenses y noruegos, ha recibido a coreanos, chinos, taiwaneses, australianos, neozelandeses, puertorriqueños, dominicanos, colombianos, venezolanos, brasileños y hasta argentinos.
“Yo aclaro que no es un bar en el que te vas a sentar, te van a servir y te vas a ir. Es algo totalmente descontracturado. Obviamente, vas a comer muy buena carne, pero la idea es que estés ahí en la barra conmigo, con mi familia, con algún amigo que haya en la vuelta. Que sientas lo que nosotros vivimos cuando hacemos un asado; en definitiva, que te sientas un uruguayo por un rato”, describe.
Y es así. Desde el comienzo Maximiliano trata a los comensales como amigos y al final, pese a las barreras del idioma, las edades variadas y las historias dispares, todos lo parecen. Ríen, bromean, intentan hablar y hasta cantar en español, algunos se animan a bailar plena y todos quedan muy satisfechos. Y, si bien el horario estimado de finalización es a las 23.30 horas, esta vez —y en muchas otras ocasiones— la cosa terminó como una hora más tarde.
Al otro día, Jeff, que junto con su esposa venían de visitar Buenos Aires, escribió a modo de reseña en la plataforma: “¡Asado! Max fue un anfitrión maravilloso. Nos mantuvo informados antes del evento y se aseguró de que supiéramos adónde ir y qué queríamos beber. Había abundante comida para probar. Mientras escribimos esta reseña, ¡estamos tan llenos! ¡Muy recomendable!”.
En tanto, Even, uno de los noruegos, que también estuvo en la capital argentina y en Río de Janeiro con sus amigos, le dijo a Galería que la experiencia con Maximiliano “fue una de las más destacadas” de todas sus vacaciones.
En el corazón de la acción
Nolberto Puentes tiene 45 años, es corredor de seguros de profesión, manya desde la cuna, y tiene varios meses de experiencia llevando a visitantes a las tribunas populares del Campeón del Siglo, el Estadio Centenario y otras canchas locales. Su propuesta en Airbnb tiene un precio que ronda los 100 dólares, “entradas oficiales incluidas”.
La propuesta parte de lo emocional. “Quiero que el turista sienta lo más parecido a lo que siento yo cuando voy a ver un partido de fútbol”, indica Nolberto, y cuenta que el plan es familiar, ya que va con Bruno, su hijo de 13 años, y muchas veces también los acompaña Inés, su hija, de 15.
Para que la experiencia sea realmente inmersiva el primer paso es “ir al lugar donde se reúne la mayor cantidad de gente” antes del partido. “Que escuchen las canciones; que esté el bombo, el platillo, todos los instrumentos, como para que se vayan también acercando al calor del partido”, cuenta, y aclara que, en el caso de los visitantes que hablan otros idiomas, no les hace una traducción literal de las letras sino que les explica de qué van y censura los insultos.
En marzo de este año recibió a su primera clienta de Airbnb. Se trataba de Tammy, una neurocirujana estadounidense de 65 años. “La llevé a la Ámsterdam, imaginate. Y a ella le decía: ‘Acá van a estar hablando todos contra la mujer y la policía’”, ilustra.
Nolberto, que es técnico en turismo, va a la cancha desde que tiene dos años y viene de familia de futbolistas: su abuelo jugó en Peñarol, Nacional e Independiente de Avellaneda y su padre jugó en el interior del país y en Liverpool. Él mismo también jugó. Por eso, dice, puede hablar de fútbol “todo el día”.
Ser vendedor de profesión, haber viajado y manejar el inglés y el portugués con fluidez le han aportado —dice— más para esta tarea que haber estudiado turismo.
Ahora, como buen hincha de Peñarol, no va a los partidos de Nacional, empero no priva a sus clientes de esa experiencia. En su lugar envía a Mario, un amigo suyo que no habla mucho inglés pero es hincha a muerte del bolso. “Sé que Mario los lleva al mejor lugar y la experiencia es mucho más positiva que si fuera yo”, acota.
Y así fue en el caso de Thomas, de Boston, quien hace un mes le puso cinco estrellas a la experiencia y escribió en la plataforma: “Muchas gracias por un día maravilloso. Nunca lo olvidaré. Una experiencia increíble organizada por Nolberto y Marito”.
En tanto, Tammy, la estadounidense, destacó el estar “justo en el corazón de la acción con alguien muy bien informado”.
Para vivir el fútbol uruguayo “como un ciudadano de a pie” Nolberto opta por evitar los palcos. Los lleva a la tribuna Ámsterdam en el Centenario y, en el Campeón del Siglo, a la Cataldi. Esa adrenalina de la popular es parte de la experiencia.
Antes o después del partido los lleva a comer; puede ser una pizza, un choripán, un chivito o lo que prefieran sus invitados. Rogelio, de México, de hecho, comentó en Airbnb que con Nolberto probó “el mejor chivito” del país.
Tomarme un mate, bizcochear, chistarle al guarda
La importancia de respetar la montañita, que la ronda siempre va para la derecha, que no se puede saltear a nadie o que para que no te ceben más tenés que decir “muchas gracias”; Ignacio Pérez tiene incorporadas desde que tiene uso de razón las reglas del ritual del mate en Uruguay.
El joven salteño de 32 años comenzó a ofrecer en mayo pasado una experiencia titulada “Descubrí el mate: tradición uruguaya en vivo”. “Se me ocurrió, como uruguayo, poder transmitir y contarles a los extranjeros qué significa el mate para nosotros y compartir un poco esta cultura con ellos”, detalla a Galería quien también fue guardavidas en las Termas de Salto Grande y en un complejo turístico de sus pagos.
El punto de encuentro es en la plaza Independencia. Lleva dos termos llenos de agua caliente; un mate de porongo, uno de metal, uno de cerámica y un mate autocebante, que consiste en un termo con un compartimento superior para colocar la yerba y una especie de bombilla incorporada. Les cuenta que el sabor cambia dependiendo del recipiente de la yerba y que “el porongo es lo que le da el gusto al mate”.
Las bombillas también son variadas: exhibe algunas enchapadas en oro y plata, otras de alpaca, otras solo de plata y otras de lata. Y, desde hace un tiempo, optó por darles a probar dos tipos de yerba: una más clásica y otra con yuyos, más suave; ambas de marcas uruguayas, por supuesto.
Ignacio cuenta la historia del mate, las diferencias entre cómo lo tomamos en Uruguay con respecto a los países de la región y zanja la discusión sobre la procedencia de esta infusión al afirmar que es originaria de la zona del Río de la Plata.
Después, el guía les enseña cómo hinchar la yerba y cebar el mate y los turistas toman un mate, una bombilla y replican el ritual. Hasta ahora solo una vez le pasó que una mujer probó la bebida y no le gustó. Al resto, dice, “les ha gustado bastante”.
Generalmente lo acompañan tres o cuatro personas, aunque lo ha hecho para una sola. Puerto Rico, Brasil, Chile, Filipinas, Suecia, Paraguay y Estados Unidos son los países de los que provienen quienes han comprado la experiencia del mate, que tiene un costo de 28 dólares. Y, si bien en los papeles dice que dura una hora, “a veces, obviamente, mate va, mate viene, se extiende mucho más”.
“¡Pasar tiempo con Nacho en nuestro primer día en Uruguay fue perfecto! Es encantador, sabe mucho, es servicial y le apasionan el mate, las parrilladas y el fútbol (mis tres temas favoritos). Disfrutaré más el resto de mi estancia después de haber pasado una hora con Nacho. Una experiencia estupenda”, redactó en la aplicación Jeff, de Estados Unidos.
Ignacio comenta que ese visitante le mandó hace tres días una foto trabajando en su país acompañado de su termo y mate, y que ese día tenía con quien compartirlo: iba a trabajar con el periodista uruguayo Alejandro Figueredo.