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Conocer Montevideo a través de un circuito cultural, histórico y, sobre todo, al son de la música

Montevideo sonoro vincula rincones de la capital con letras de canciones para revalorizar el patrimonio musical; empieza por Ciudad Vieja este 4 de agosto

Redactora de Galería

Aunque uno vaya haciendo el camino de siempre, como dice Candombe de la Aduana, de Nasser, Montevideo ­ no es la misma con lluvia que con sol, en verano o en invierno, si se la recorre con la vista en alto o la cabeza gacha, si hay música o no hay música de fondo, si se ganó o si se perdió.

Se puede hacer la prueba: escoger un barrio icónico como Ciudad Vieja, convertirse en un anónimo escondido bajo un par de auriculares over-ear y sumergirse entre guitarras acústicas, el repiqueteo de tambores, coros de murga, acordeones… De repente, todo suena a Alfredo­ Zitarrosa y tiene el aroma de Julio­ Sosa, con notas­ de Eduardo Mateo, Daniel Viglietti­, Jaime Roos, Ruben Rada, hasta que la ciudad —como buena ciudad— se encolera y lo único que puede salir de esos auriculares es rock; Tótem, Los Estómagos, La Trampa, Hereford­. Ese rock.

A veces aparecen detalles en los que nunca se repara, como balcones que explotan de flores entre el gris; personajes únicos que pintan un momento y se van, que parecieran estar ahí solo para la foto, de esas que salen cuando los ojos hacen de obturador y quedan archivadas en formato recuerdo; o esquinas a las que la luz del sol simplemente les dio diferente por un instante.

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Son cosas que pasan desapercibidas por la rutina del trabajo, que despierta pero también muere todos los días en ese mismo barrio, cuando aparece la del bar. Y qué mística guardan esos bares ubicados al sur paupérrimo, como diría Viglietti. Por sitios como esos (pero de otra época), Bukowski escribió lo que escribió sobre beber: “Te sacude frente a la estandarización de la vida de todos los días, te lleva fuera de eso que es lo mismo de siempre. Tira de tu cuerpo y de tu mente y los arroja contra la pared. Es como matarte y después renacer”. ¿No pasa algo muy parecido con la música?

“Las mejores cosas pasan en un bar”, asegura la voz del periodista Carlos Dopico, que sin permiso se mete en los auriculares. Y tiene razón. Las charlas profundas se dan en el bar, las reconciliaciones, las confesiones; se cuentan cuentos en el bar, nacen las ideas, las canciones.

Vista así, la ciudad es poesía. Esa es la semilla que Dopico, junto con el periodista Daniel Machín y el músico Sebastián Casafúa, buscan sembrar con Montevideo Sonoro.

La alegría va por barrios; Cordón, Palermo, Pocitos, Ciudad Vieja...

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Montevideo Sonoro es georreferenciar la capital a través de su música. Se trata de un proyecto interactivo que propone un recorrido histórico y cultural por tiempos pretéritos inmortalizados en canciones y en las calles de Montevideo, para que el letrista (ni nadie) no se olvide que todo tiene una raíz.

Que el letrista no se olvide de los versos de Gamero,/ de beber alguna copa reventada a su salud./ Que el letrista no se olvide de comprarse cigarrillos/ y pitarle un par de versos del glorioso Guruyú./ Que el letrista no se olvide del aumento del boleto,/ de agarrar la ventanilla y vivir la realidad. Que el letrista no se olvide de los versos de Gamero,/ de beber alguna copa reventada a su salud./ Que el letrista no se olvide de comprarse cigarrillos/ y pitarle un par de versos del glorioso Guruyú./ Que el letrista no se olvide del aumento del boleto,/ de agarrar la ventanilla y vivir la realidad.

Jaime Roos, “Que el letrista no se olvide”, del álbum Esta noche (En vivo en La Barraca) (1989).

El recorrido es una forma de revalorizar y divulgar el patrimonio musical de la ciudad; mientras la música se reproduce en los auriculares, la persona va caminando y observando el mismo entorno que inspiró a los artistas que escucha, acompañada de los relatos de Dopico.

La idea nació de un libro con el mismo nombre, Montevideo Sonoro, de Machín y Gabriel Bentancor, publicado en 2015. La canción “Siestas de mar de fondo”, de Eduardo Mateo, los llevó a buscar aquel barrio Palermo que se evocaba y, al encontrarlo, pensaron en la cantidad de otros espacios, paisajes y rincones que deben esconderse en las canciones. O quizás cuántas canciones deben esconderse en cada rincón. Como fuera el caso, terminó siendo una investigación sobre los barrios más emblemáticos de Montevideo representados en más de 300 canciones, que se tradujo en una guía con realidad aumentada que recorre desde­ Lezica a Carrasco, pasando por Ciudad Vieja y el estadio Campeón del Siglo. La idea es que cada barrio tenga su propio circuito musical, con puntos marcados por una canción e información vinculante.

Al sur paupérrimo

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Por Pérez Castellano.

Por Pérez Castellano.

A contratiempo de la propia dinámica urbana pero al compás de las canciones (que se vuelven tan protagonistas que hacen olvidar hasta las leyes básicas de circulación), va un grupo de camperones con auriculares por Ciudad Vieja. Es la primera probadita, el primer circuito de Montevideo­ Sonoro,­ que comienza por el Mercado del Puerto­.

Mientras se aseguran de que todo vaya bien con el sistema de sonido que al rato estará reproduciendo música y los comentarios de Dopico­, el tiempo da perfecto para detenerse en la trama y todo el movimiento que despierta un Mercado al mediodía en un día de mucho sol.

Suena “Pal Mercado”, de Jaime Roos, y antes que nadie se piense almorzando una corvina negra con un medio y medio de Roldós, el grupo se mueve siguiendo los pasos del periodista y dejando atrás las tentaciones del olfato.

“En esta esquina sucedía de todo”, y con esa frase Dopico abre la puerta a la imaginación para proyectar el ambiente de otra época; el sonido ahogado de algún antro cercano escaleras abajo, los tacones sobre los adoquines, una sirena de Policía… La popular calle de la Aduana, calle Yacaré, “de bagayeros y cafiolos”, estaba llena de prostíbulos. Era una imagen­ bastante alejada de la actual, con carritos ambulantes de pop y souvenirs, a la que aún así le sigue quedando a la medida el candombe milongón de Roberto Darvin, como si algo de aquella vieja esencia quilombera se mantuviera en el aire.

Calle Yacaré, calle Yacaré Salen del mercado tres a contrapié Calle Yacaré, calle Yacaré Entraron a tomar una y tomaron veintitrés. Calle Yacaré, calle Yacaré Salen del mercado tres a contrapié Calle Yacaré, calle Yacaré Entraron a tomar una y tomaron veintitrés.

(Roberto Darvin, Calle Yacaré, del álbum Cantor de aquí, 2002)

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Carlos Dopico.

Carlos Dopico.

El grupo va subiendo hacia la plaza Zabala­ por Pérez Castellano y el ritmo de la vida se empieza a hacer cada vez más intenso, como en “Viveza”, de Fernando Cabrera; una canción incoherente que busca parecerse a una samba brasileña y va agarrando esa fuerza de a poco. Una composición jugada por parte del artista que pensaba que, siendo el contexto la crisis del 2002, este álbum (homónimo de la canción) sería el último de su carrera.

Los autos cruzan la peatonal, la gente sale tarde al trabajo, sale tarde al almuerzo, la gente llega tarde a todos lados y lo ansiógeno acompaña el in crescendo de la canción y dibuja el de la ciudad misma, que parece solamente existir como una concatenación aleatoria e infinita de momentos en los que en su gran mayoría nadie repara.

La gente/ que va llegando al mercado/ está­ sonriente./ La fruta huele a podrido en un costado./ La rata rápida se come un pescado. La gente/ que va llegando al mercado/ está­ sonriente./ La fruta huele a podrido en un costado./ La rata rápida se come un pescado.

(Fernando Cabrera, Viveza, del álbum Viveza­, de 2002).

Las de Cabrera son canciones con aplomo, que van mejor con un día en el que el sol no invita a moverse cabriolando por las veredas. Afortunadamente, apareció el bombo de Los Estómagos e hizo que todos marcaran el ritmo asintiendo con la cabeza, con los ojos entrecerrados y estirando la trompa, mientras continuaban la marcha. La escena parecía sacada de algún videoclip de baja monta que pretendía dar un mensaje sobre lo desconectada que va la gente por el mundo que le rodea. La diferencia es que, a pesar del exagerado tamaño de los audífonos, allí nadie iba desconectado.

“Avril” es uno de los grandes hits del rock uruguayo posdictadura, grabado en 1988. Trae a la memoria una dolorosa década anterior, a la vez que pinta un paisaje que la ignora.

Qué nos han hecho Avril Dime quién nos embrujó La escollera está tan sola Europa no está tan lejos Chinaski aún no se murió. Qué nos han hecho Avril Dime quién nos embrujó La escollera está tan sola Europa no está tan lejos Chinaski aún no se murió.

Los Estómagos, “Avril”, del álbum No habrá condenado que aguante (1988).

Lo único que podía separar a los caminantes­ de ese estado de headbanging reprimido era la nueva ola de aroma a parrilla que de repente inundó el cruce de calles. Más bares y cafeterías aparecieron. En uno de ellos, en la esquina de Sarandí y Zabala, Jaime Roos leyó por primera vez la letra (escrita por Raúl Castro, de Falta y Resto) de “La hermana de la Coneja”.

Está basada en una historia de pasión ocurrida en “un depósito sucio, bastión de la Ciudad­ Vieja”, que podía haberse inspirado en cualquiera de las tres esquinas que se ven desde el bar, adornadas por nidos hechos de acolchados gastados y cartón que se abandonan durante el día. Fue una balada ciudadana, de las primeras lentas uruguayas de las discotecas, así como también la primera canción en tratar como una realidad el aborto clandestino.

Después, cuento conocido, qué le vamos a hacer Qué no lo podés tener, que ya conseguí la guita Un llanto, cuatro caricias, que todo va a salir bien El fondo de un almacén, el adiós al flaco Tito. Y el comienzo de un periplo más hamacado que un tren (...) Hoy es señora de Tal y en el este veranea No imagina el que la vea, que era de Playa Pascual (...) Ahora sí que se divierte en pavada de colchón Pelo corto à la garçonne y lentes con cadenita Recurre al psicoanalista, a la hermana ni la nombra Pero la marca una sombra que nunca pudo esquivar ¡Cómo la vino a quedar!, allá por la Ciudad Vieja. Después, cuento conocido, qué le vamos a hacer Qué no lo podés tener, que ya conseguí la guita Un llanto, cuatro caricias, que todo va a salir bien El fondo de un almacén, el adiós al flaco Tito. Y el comienzo de un periplo más hamacado que un tren (...) Hoy es señora de Tal y en el este veranea No imagina el que la vea, que era de Playa Pascual (...) Ahora sí que se divierte en pavada de colchón Pelo corto à la garçonne y lentes con cadenita Recurre al psicoanalista, a la hermana ni la nombra Pero la marca una sombra que nunca pudo esquivar ¡Cómo la vino a quedar!, allá por la Ciudad Vieja.

(Jaime Roos, La hermana de la Coneja, del álbum 7 y 3, de 1986).

Toda esta historia consiguió menguar al grupo hacia un temple más taciturno, ideal para adentrarse al mundo del tango sobre la circunvalación Durango, antes de cruzar a la misma plaza Zabala que el poeta y músico uruguayo­ Washington Benavides llamó “patio antiguo”, por su caminería ondulante, rejas enrizadas­ y estilo gótico.

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La Zabala aparece para romper con el trazado en damero del resto del barrio histórico y así crear el punto desde donde ver (justo en el monumento) el mar por los cuatro costados.

De uno de estos rincones nació “Esquina gris al sur”, tango de Alba San Juan que la cantante uruguaya Elsa Morán interpretó en su disco que lleva el mismo título y tan bien describe la rutina cuando tiene fachadas de época de fondo.

Te recorrí unas cien mil veces, en todas direcciones./ (...) Y siempre, puntualmente me recibiste igual./ Acechándome con ese tufo de sordidez agazapada/ que hay en cada bocaza negra de tus puertas altísimas. Te recorrí unas cien mil veces, en todas direcciones./ (...) Y siempre, puntualmente me recibiste igual./ Acechándome con ese tufo de sordidez agazapada/ que hay en cada bocaza negra de tus puertas altísimas.

(Alba San Juan, Esquina gris al sur, del álbum Esquina gris al sur, de 1981).

Plaza Constitución, iglesia Matriz, librerías y callejones después, finalmente nace 18 de Julio en la plaza Independencia y le devuelve al grupo su energía. Acababan de salir de los confines del montevideanismo adornado con canciones, de la mano de la murga rock de La Tabaré y su canción “Alegris”. No siguieron por la principal del centro, sino que tomaron un desvío hacia el Teatro Solís, que se impone como el portavoz del patrimonio, para despedir el recorrido en su planada.

Voy por ahí Boludeando por la vida La cosa es más divertida Así... por ahí Sin darle bola ninguna Al rumor de la comuna Hoy me reí. Y carcajada a carcajada La ciudad es una pavada Llena de gente apurada Y yo... me reí Persiguiendo una poesía Me paró la policía Y ¡zas! Me perdí. Voy por ahí Boludeando por la vida La cosa es más divertida Así... por ahí Sin darle bola ninguna Al rumor de la comuna Hoy me reí. Y carcajada a carcajada La ciudad es una pavada Llena de gente apurada Y yo... me reí Persiguiendo una poesía Me paró la policía Y ¡zas! Me perdí.

(La Tabaré, Alegris, del álbum Que te recontra, de 1999).

Pero no podía ser esta canción sin rumbo la despedida, porque una hora de respirar Ciudad­ Vieja podía dejar de todo menos vacío. Los puestos de artesanías, asiáticos y yankees dando un paseo, las parejas que parecen todas pasear al mismo perro, gente de traje, los vagabundos con sombreros y gabardinas de rico de otra época, bicicletas, el que lleva una matera, los que en la parada de ómnibus se aglomeran… Así, a los pies del Solís sonó “Blues de los pequeños desencuentros”, de Eduardo Darnauchans:

Solo con los blues a mediodía también./ Con tu sombra entre las sombras de la Ciudad­ Vieja y el oscuro mar,/ buscas la canción perdida o el acorde justo de aquel provenzal./ Y no la encontrarás, no./ A menos que te mientas, a menos que te mienta yo. Solo con los blues a mediodía también./ Con tu sombra entre las sombras de la Ciudad­ Vieja y el oscuro mar,/ buscas la canción perdida o el acorde justo de aquel provenzal./ Y no la encontrarás, no./ A menos que te mientas, a menos que te mienta yo.

(Darnauchans, Blues de los pequeños desencuentros, del álbum Entre el micrófono y la penumbra, de 2001).

Montevideo puede ser tan vigorosa como apesadumbrada, según la canción a la que se pone play o el lugar en el que se fija la vista.

Primer circuito de Montevideo Sonoro desde el Mercado del Puerto hacia el Teatro Solís. Domingo 4 y sábado 31 de agosto, de 14 a 16.30 horas. Entradas a 660 pesos por RedTickets.

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