A veces sueño con besos apasionados. Besos que son una demostración de amor, un acto de pasión descontrolada, un hecho químico de resultado perfecto, todo a la vez. Pueden parecerse a un recuerdo, ser premonitorios de besos que vendrán, o emular el de alguna película. El cine se filtra en la vida como si fuera una realidad, ya lo sabemos.
Termina la película y los personajes se quedan viviendo con nosotros, sus historias nos golpean, nos enseñan, nos persiguen, nos arrullan o nos encienden. Como los besos de Expiación. Más allá de la pasión, en ese encuentro prohibido entre Keira Knightley y James McAvoy, con sus manos aferrándose a los estantes para no temblar o empezar a flotar. Esos instantes de pasión inevitable tienen resultados catastróficos para los personajes, sabremos después. Y podríamos pensar que tal vez es mejor que algunos besos queden pendientes.
La científica Sheril Kirshenbaum habla en su libro The Science of Kissing de cómo en la sociedad actual “la necesidad de besar está fuertemente influenciada por Hollywood, cuentos de hadas, gente que vemos en las calles, y las charlas entre pares mientras crecemos”; “Vemos besos en la televisión, en propagandas callejeras, y en la escuela. Leemos sobre ellos en las novelas y en las revistas. El comportamiento está mejor publicitado que la Coca-Cola”.
Thomas Alva Edison lo entendió desde el principio. El científico encargó en 1896 al director William Heise que filmara el que fue el primer beso del cine. El cortometraje dura 47 minutos y registra un divertido y peculiar roce de labios entre los actores John Rice y May Irwin. Se consideró escandalosa, hasta pornográfica esta minipelícula, y terminaron censurándola. Pero por supuesto que fue un éxito: todos querían verla.
¿Se acuerdan del final de Cinema Paradiso? Esa escena en la que Totò, ya adulto, ve en el cine de su pueblo natal —al que vuelve después de muchos años— todos los besos que su amigo, el proyeccionista del cine, fue forzado a eliminar de las películas en los años de la Italia fascista. Hay belleza en cada segundo de esta película de Giuseppe Tornatore, y este final es simplemente sublime, un regalo eterno, para ver y volver a ver. Una oda a los besos.
Cuando dos bocas se encuentran se acelera el ritmo cardíaco, el cerebro recibe más oxígeno del normal, las mejillas se sonrojan y las pupilas se dilatan. Además, se estimula la producción de hormonas vinculadas al placer, el apego y las recompensas, como la dopamina, la serotonina y la oxitocina y baja la del cortisol, la hormona del estrés.
Charles Darwin explicaba en 1873 en su libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre que hay algo instintivo o biológico en los besos. Según el naturalista británico, el beso era, tanto en humanos como en animales, un impulso innato, escrito en los genes; una forma de dar y recibir (en el caso de los humanos) “placer del contacto cercano con una persona amada”.
Pese a ser algo tan natural, a algunos les cuesta un poco más. No tanto el procedimiento, sino interpretar los instantes que anteceden al beso, las señales no verbales que habilitan a acercarse, a respirar el mismo aire que el otro para finalmente encontrarse.
A Barry (Adam Sandler) le cuesta en Embriagado de amor (está en HBO Max). Cuando conoce a Lena (Emily Watson), el pobre no está en su mejor momento, lo persiguen unos matones que lo chantajean por haber llamado en una noche negra a una hot line. Pero a ella no le importa su delirio persecutorio ni que esté convencido de que juntando cupones de postrecitos podrá viajar por el mundo, así que cuando él la deja en su casa y se va sin intentar un beso, ella lo llama por teléfono y le pide, sin pedirle, que vuelva a despedirse como se debe. ¡Cómo corre este hombre por los pasillos de este edificio medio laberíntico hasta que encuentra la puerta correcta! La abre ella.
Manuel Vilas escribe sobre esto en su novela Los besos:
“Me mira a los ojos y pide que la bese, o yo imagino esa petición, que se abre ante mí como un palacio de luz. Pide que la bese con el pensamiento, pero a mí ya no me basta, porque pudiera ser que todo sea una ilusión. Así que me quedo mirándola. Entonces ella lo dice. Dice: Puedes besarme. Por fin, lo ha dicho. Es un momento de nervios, de ansiedad, pero agradezco tanto que me lo haya pedido, que lo haya verbalizado”.
Nos elegimos por un sinfín de motivos irracionales, y uno de ellos, el más instintivo, es el olor. “Hay razones para creer que el olor emitido por las glándulas apocrina y sebácea tienen el poder de empezar y terminar una relación”, escribe Kirshenbaum. “Las glándulas sebáceas segregan una sustancia aceitosa llamada sebo, que contiene nuestra esencia única”, y los humanos “son muy sensibles a este almizcle”. Este olor nos une o nos aleja y no es solo un tema de gustos: lo que hace el olfato es evaluar la compatibilidad genética con un potencial compañero sexual.
Charlotte, de Sex and the City (está en HBO Max), descubre una clara incompatibilidad de esta índole en la tercera temporada de la serie. “Una de las razones por las que algunas personas todavía se arriesgan al posible horror de la primera cita es la posible magia del beso de buenas noches. El mundo se enlentece solo por unos segundos y algunas personas esperan que sea el principio de un futuro juntos”, dice en off la voz de Carrie Bradshaw, la protagonista de la serie, mientras Charlotte y su chico aproximan sus caras. Y entonces llega el momento de la verdad, que Charlotte relata a sus amigas así: “Me besó alrededor de la boca. ¡Me lamió los dientes con la lengua!”, les cuenta horrorizada. “Tenía labios delgados, pensé que iba a ser un buen besador”, concluye. Y Carrie le responde: “Eso es lo más espeluznante, nunca se sabe, se ven totalmente normales”.
¿Será que hay buenos y malos besadores? ¿Será un tema de táctica o pura química? ¿Será que lo único necesario es leer al otro? “Descansa mi alma, mi inteligencia y voluntad”, dice sobre el tiempo que duran los besos Salvador, el personaje de Manuel Vilas en la novela. Los vive como un acto de abandono absoluto a la experiencia.
Los besos que sobraron, los que no fueron y los que tenían que ser
Me encantan los finales alternativos en las películas (y al mismo tiempo me perturban, todavía me persigue una escena final de Quisiera ser grande que nunca volví a ver y nadie más parece haber visto). A poco de estrenarse la adaptación de Orgullo y prejuicio con Keira Knightley y Matthew MacFadyen (está en Prime Video y en Netflix), me enteré de que existía una escena extra que no se vio en estas latitudes. Es un final alternativo que solo se proyectó en la versión de la película para Estados Unidos. ¿Por qué?, te preguntarás. Bueno, porque el público de ese país parece pedir más literalidad, cierres más… cerrados, digamos. Mientras que cuando el director de la película, Joe Wright (el mismo de Expiación...), hizo una exhibición de prueba en el Reino Unido, ese público la encontró cursi e innecesaria. Esa versión fue la que se distribuyó en el resto del mundo. Por eso, te dejo esa escena extra para que saques tus propias conclusiones.
Los besos que no dimos son también recuerdos, o no recuerdos. El protagonista de Con ánimo de amar (está en Mubi), la película de Wong Kar-wai, recuerda su historia con la señora Chan como “si mirara a través de un cristal lleno de polvo”, como “algo que puede ver, pero no puede tocar”. Son vecinos, están casados y fortuitamente descubren que sus respectivas parejas les son infieles. Esa traición común y la soledad que experimentan los une, pero no se permiten avanzar y cometer el mismo error del que son víctimas. Los sentimientos mutuos crecen, pero nunca se expresan más allá de las miradas, un abrazo, o un tocarse las manos. Los besos que no son también dejan marca.
Y hay besos que simplemente tienen que suceder, aunque no auguren un futuro. Como el de Perdidos en Tokio (está en Prime Video). Otras dos soledades que coinciden, la de Bob (Bill Murray) y la de Charlotte (Scarlett Johansson). Ella acompaña a su marido fotógrafo en un viaje de trabajo, y él, un actor en decadencia, quema sus últimos cartuchos de fama en comerciales de whisky en japonés mientras su esposa sigue su vida en Los Ángeles. Se quedan en el mismo hotel y las noches los encuentran solos, entonces conversan, salen, se ríen y conversan más. Las circunstancias y las diferencias de edad ponen límites, y ellos los respetan. Pero el beso que se dan antes de partir en direcciones opuestas es el que les da la tranquilidad de pensar: tal vez en otra vida…
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Te propongo unas lecturas, antes de que sigas con tu domingo. Si tenés un rato, podés conocer a fondo quién es Julia Paternain, la uruguaya ganadora del Mundial de Atletismo, en este perfil; enterarte de todos los detalles de Perros, la película uruguaya recién estrenada que quedó seleccionada para los Premios Goya, y entender por qué el turismo oscuro atrae a millones de visitantes cada año a sitios marcados por la muerte y la tragedia.