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    ‘Ahogo’, de Céline Spierer, nuevo libro de la editorial Forastera, dedicada a traducciones al español

    Primeros y últimos planos de una familia en descomposición: la escritora francesa crea una atmósfera que tiene la fragancia del cine de Claude Chabrol y de su heredero natural, François Ozon

    Colaborador en la sección de Cultura

    Todas las familias felices se parecen; pero las familias ricas que esconden abusos, infidelidades y traumas detrás de una fachada de éxito y prosperidad idílica, en cambio, ofrecen un material narrativo particularmente fértil. Existen fórmulas y recetas más o menos comprobadas, refinadas, ajustadas por décadas de literatura, cine y ficción televisiva, que son prácticamente infalibles para dar vida a esta especie de subgénero de familia burguesa que se cocina al fuego de su propia hipocresía. Céline Spierer conoce esas fórmulas y, sobre todo, sabe cómo usarlas.

    Su novela Ahogo (Forastera, 2025, con traducción de Lil Sclavo) parte de un esquema reconocible: una familia acomodada —los Haynes— se reúne en la casa con piscina de la matriarca, Elizabeth, para un almuerzo que debería ser como han sido todos los almuerzos familiares que el clan viene repitiendo desde hace años. Desde las primeras páginas, se puede experimentar la sensación de “esto ya lo vi”. Y vale decir que hay una trampa en esa familiaridad: cuando la guardia baja, comienzan a iluminarse zonas inquietantes; es el efecto de la rana hervida.

    Spierer escribe como quien piensa en valores de planos cinematográficos: hay planos generales, paneos, primeros planos, planos detalle. Hay ajustes de foco, montaje dentro del cuadro y, por supuesto, flashbacks. La cámara-prosa de Spierer no solo registra situaciones o presenta una misma acción desde puntos de vista diferentes, también captura pensamientos, corrientes subterráneas de deseo y repulsión, brotes de resentimiento y culpa.

    No es casual. La autora viene de ahí, del cine. Nacida en Ginebra, Suiza (no hay información disponible sobre la fecha de nacimiento), se mudó a Estados Unidos siendo adolescente, se estableció en Nueva York, donde se graduó del Departamento de Escritura Dramática de la Escuela Tisch, de la NYU. Este entrenamiento se percibe claramente en las descripciones, en el sentido del ritmo, en la construcción de las escenas y, sobre todo, en el manejo del suspenso como una cuestión de dosificación de la información: quién sabe qué y cuánto. En Ahogo, el lector suele estar un paso adelante de los personajes, y esa ventaja es lo que hace que todo sea más inquietante.

    Si bien es casi inevitable pensar en La ciénaga, de Lucrecia Martel —la tragedia ocurre en los márgenes, mientras los adultos están absortos en sus propias neurosis—, o en la novela Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro —con su retrato del horror incubado en la normalidad de las burbujas de clase—, Ahogo respira un cierto aire francés. Su atmósfera tiene la fragancia del cine de Claude Chabrol y de su heredero natural, François Ozon: universos en los que el veneno se acumula bajo los buenos modales, el prejuicio es tan omnipresente como el oxígeno y un almuerzo familiar tiene el potencial dramático de thriller de espacio cerrado al estilo de Alfred Hitchcock, de quien Chabrol sacó valiosos apuntes.

    Spierer realiza descripciones que son una delicia y maneja la tensión con la maestría de quien hace parecer fácil algo muy difícil. Dosifica la información de manera que se siente la presión acrecentándose, gota a gota, con un suspenso atmosférico. La estructura alterna el presente asfixiante con flashbacks (“1987”, “1989”, “Dos semanas antes”, etcétera) que van revelando las historias de los personajes: sus deseos reprimidos, sus mentiras, sus traiciones y temores, la tiranía de las expectativas. La familia es retratada como una jaula de cristal, una estructura de poder y control que oprime a sus miembros en nombre de una cohesión forzada.

    El ahogo del título no se limita al de un cuerpo que se hunde en una piscina. Puede resultar un poco obvio, sí, que remita a lo emocional, lo social, lo moral, a la asfixia de quienes se sienten atrapados, recluidos en un rol. A quienes soportan el peso de un secreto, de una acción acaso evitable, de un silencio que generó un abismo, y con la certeza de que una pizca de la verdad puede derrumbar todo el decorado —un decorado que incluso puede ser una herencia— con mayor violencia y efectividad que cualquier accidente.

    Los Haynes son descendientes directos de las familias disfuncionales de John Cheever: definidos por su cargo social, capaces de generar rechazo y compasión casi al mismo tiempo y pasados por el filtro europeo y una mirada que disecciona un sistema. En pocas líneas, en un solo párrafo, Spierer explora sus contradicciones, los intentos de hacer cuajar las narrativas que los personajes tienen sobre sí mismos, la facilidad con la que entran (o no) en el juego perverso de las comparaciones, las tentativas de negociar con sus secretos, con los sentimientos de admiración y aversión que pueden experimentar por alguno de los suyos en un mismo momento.

    La narración no juzga, registra microgestos, silencios, pausas, objetos, comidas. Accede a los pensamientos y los expone desnudos: “Rose besa el lóbulo de la oreja de Raj con una sensualidad que Emma considera fuera de lugar; al tiempo que se reprocha su propio pudor. La risa de Rose se expande como una ola cálida y lánguida. Serpentea entre las sillas hasta una Emma petrificada, que de repente no puede apartar la mirada de la dulce garganta de Rose, radiante, partida de risa, con la cabeza echada hacia atrás”.

    El mecanismo narrativo que Spierer pone en marcha funciona de manera casi perfecta, como ese estilo preciso, limpio y controlado de Ozon. También es cierto que, para algunas sensibilidades, esto no alcanza. En ciertos tramos, Ahogo parece el ejercicio de estilo de la mejor de la clase, un estudio de observación social en el que los arquetipos están afinados al servicio de la trama, con acciones que se perciben diseñadas. El control sobre la maquinaria puede resultar admirable, fascinante y, al mismo tiempo, puede dejar frío a quien, en virtud de las acciones, las emociones, las historias que se van revelando, busque una experiencia narrativa más visceral.

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