A primera vista, el nuevo libro del prolífico historiador argentino Felipe Pigna no contiene una mirada original acerca de la última dictadura de su país, sobre la que ya existe abundante producción. Sin embargo, a medida que uno avanza en la lectura, 76. Crónica de un año que cambió nuestra historia para siempre (Planeta, 2026) demuestra que juntar muchos datos dispersos, analizar los hechos y agregar nuevos puntos de vista por medio de entrevistas propias son un aporte sustantivo (y bien doloroso) sobre el cual vale la pena detenerse.
El autor se detiene a analizar ese período “tumultuoso, pleno de esperanzas y de frustraciones”, marcado por la violencia y el avance de los factores de poder, pero también por “iniciativas virtuosas” como la conformación de un sindicalismo de base, que se diferencia “en todos los aspectos” de la burocracia sindical, y por una industria fuerte y múltiples manifestaciones de la cultura: decenas de revistas, “un cine que hablaba de la historia argentina sin tapujos” y llenaba salas en todo el país, el teatro, la música y el mundo de los libros.
Mientras en toda la Argentina unos lloraban y otros festejaban por lo bajo, el entonces comandante en jefe del Ejército, Leandro Anaya, prometía apoyar “la continuidad del proceso institucional”, aunque para Pigna “la sensación de vacío político era proporcional al tamaño de la figura desaparecida”.
Y el recién fallecido era una figura asaz compleja. Era un caudillo que, cuando aún estaba exiliado en Madrid, le había dicho al director de cine Pino Solanas que “el mejor peronista es el peronista armado”. Había moderado su discurso anticomunista, hablaba de socialismo nacional, elogiaba al Che Guevara y se había reunido en secreto con los líderes de Montoneros. Había decretado tres días de duelo luego del derrocamiento y la muerte de Salvador Allende, pero al mismo tiempo disponía que un “enviado especial” viajara a Santiago de Chile para “dar su apoyo material y el respaldo argentino a la Junta”, y —según documentos recientemente desclasificados— firmó un decreto secreto que posibilitó, ya el 24 de setiembre de 1973, un primer embarque a Chile de 20 millones de cartuchos para fusiles FAL, 2.000 pistolas ametralladoras PAM, 15.000 granadas de gas lacrimógeno y 6.000 pistolas Browning calibre 9 mm con el objetivo de cerrar una vía de escape a la guerrilla. Poco después iba a reunirse con el dictador Augusto Pinochet en la base de Morón.
Los Montoneros también habían hecho lo suyo: dos días después del rotundo triunfo electoral de Perón, acribillaron a balazos a José Ignacio Rucci, secretario general de la Confederación General del Trabajo. La operación Traviata (humor negro por los 23 agujeros de unas galletitas con ese nombre) vengaba los asesinados en la masacre de Ezeiza, cuando la llegada de Perón al país, pero —según Pigna— inclinó la balanza a favor de López Rega.
El exsecretario de Perón, explica el libro, cultivaba tanto el esoterismo como las relaciones con la Embajada de Estados Unidos, en especial con un alto funcionario de la CIA, Robert Hill, no casualmente antes en Madrid y luego en Buenos Aires, y con destacados fascistas europeos.
Hill fue muy útil para conectar a López Rega con el general croata Mile Ravlic, un criminal de guerra, y con el coronel guatemalteco, agente de la CIA, Máximo Zepeda, especializado en crear grupos paramilitares para asesinar a quienes consideraba comunistas. Bajo el nombre Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), los grupos de tareas del Brujo se cobraron cerca de 1.000 víctimas antes de que Videla pusiera un pie en la casa de gobierno.
Pero no eran solo la Triple A y los Montoneros. También actuaba el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), cuyo jefe, Mario Roberto Santucho, pensaba que el gobierno peronista no era capaz de solucionar los problemas del país y que un golpe de Estado dejaría las cosas en claro, así que ordenó desplegar una guerrilla rural en Tucumán confiado en que “el pueblo se sumaría masivamente” y que vencerían a las Fuerzas Armadas como en Cuba y Vietnam.
A diferencia de esto, cuando el 24 de marzo finalmente los tanques avanzaron sobre Casa Rosada, comenzó una lucha desigual que un tiempo después terminó con la guerrilla y encontró a la mayoría de los argentinos con la esperanza de que acabaría la violencia.
Otro factor que empujó al golpe fue el ensayo neoliberal que comenzó, en junio de 1975, el nuevo ministro de Economía Celestino Rodrigo, a quien se debe el nombre “Rodrigazo”, un plan que puso en pie de lucha a miles de trabajadores del cinturón industrial.
La mayor parte del libro está dedicado a describir cómo reaccionaron y qué les ocurrió luego del golpe de Estado a los diferentes sectores de la sociedad argentina. Para estudiar el período, el autor entrevistó, entre otros, a Alfredo Martínez de Hoz, el civil más poderoso del nuevo régimen, que fue puesto al frente del Ministerio de Economía; al general Ramón Díaz Bessone, considerado un teórico del proceso; al poeta y exmontonero Juan Gelman; al exdirigente montonero Mario Firmenich, y al exlíder del ERP Enrique Gorriarán, quien integró el equipo que asesinó al dictador nicaragüense Anastasio Somoza en Paraguay. También entrevistó al director de cine y cantante Leonardo Favio y al músico Charly García.
La crónica de Pigna aporta muchísima información sobre el papel que jugaron los agentes del Estado, armados y vestidos de civil que se movilizaban en Ford Falcon, los medios de comunicación, la Iglesia católica y los trabajadores. Estos últimos resistieron —con una fuerza que no había de este lado del río— las medidas del gobierno cívico-militar, que recortó drásticamente sus salarios. Como consecuencia de ello tuvieron muchos desaparecidos, al punto que en varias empresas hubo centros clandestinos de detención.
En varias partes, el libro se detiene en los aspectos económicos tanto del equipo de gobierno, que disparó la inflación y también hizo desaparecer a empresarios para quedarse con sus bienes, como de los grupos Macri, Fortabat, Bunge & Born, Bridas, Bulgheroni, Pérez Companc, Techint (Rocca) Soldati o que mediante lazos con los centros financieros internacionales contrajeron deuda e hicieron jugosos negocios con los tipos de cambio y la fuga de divisas.
Zelmar y el Toba
Hay al menos tres momentos relacionados con Uruguay: la prohibición de Chamarrita de los milicos y otras decenas de canciones de Alfredo Zitarrosa, el exilio en Montevideo de la actriz Norma Aleandro, luego de que volaran una parte de su casa, y el secuestro y asesinato de los legisladores Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, y de los militantes Rosario Barredo y William Whitelaw, que Pigna relaciona, igual que en el caso del expresidente boliviano Juan José Torres, con la interna de la propia dictadura argentina.
Aunque recoge un fragmento de la carta de Michelini publicada por el diario La Opinión, el libro ignora el papel de planificación que jugó la parte uruguaya, sobre todo en el trabajo previo de Inteligencia, investigada por el fiscal Ricardo Perciballe, y se basa en un boletín de la CIA que alude a la puja entre “los sectores más sanguinarios del gobierno” enfrentados al “más moderado” general Videla.
La última parte del libro está dedicada a la cultura. Apelando a una cita del escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez, en su artículo La última y mala noticia sobre Haroldo Conti, cuenta cómo fueron las últimas horas de Conti, narrador y docente, antes de que lo desaparecieran el 5 de mayo de 1976. Recuerda también el conocido papel que jugó el autor de Operación Masacre, Rodolfo Walsh, con la Agencia de Noticias Clandestina y recorre los efectos de la dictadura en el ambiente del cine, la televisión, la música y los libros.
Pigna menciona hechos menos conocidos, como la descripción que realiza el reputado escritor Bioy Casares de un fusilamiento en plena calle, del cual fue testigo a muy pocos metros y que lo llevó luego a firmar la primera solicitada en la prensa de las Madres de Plaza de Mayo en 1980.
Acerca de la censura en el cine aporta detalles muy jugosos, entre ellos, un balance que realizó años después el principal operador de las tijeras “higiénicas”, Miguel Paulino Tato. Este sacrificado operador del gobierno, junto con varios militares, abogados y sacerdotes, conformaba un equipo de tantos integrantes que llenaban una sala de proyección. Todos ellos se sacrificaban y a menudo veían varias veces ciertas escenas “inconvenientes” de algunas películas para evitarle al resto del país ese mal momento.