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El vínculo primordial: Gustavo Kreiman volvió con ‘Díptico de los padres’ a Sala Verdi
La obra, escrita y dirigida por el teatrista argentino radicado en Montevideo y protagonizada junto con Fernando Toja y Carla Moscatelli, describe la conflictiva relación de un hombre con sus progenitores
Fernando Toja y Gustavo Kreiman en Díptico de los padres.
La batalla de un solo hombre contra sus demonios. La epopeya existencial de una persona que atraviesa una crisis existencial y que busca la salida del laberinto en el vínculo con sus progenitores. Una obra dedicada a su padre seguida de una obra dedicada a su madre, separadas por un intervalo. Eso es Díptico de los padres, la pieza que Gustavo Kreiman estrenó en 2025 y se repuso por el mes de junio en Sala Verdi (martes a las 20 h, entradas en Tickantel).
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Nacido en Córdoba y radicado en Montevideo desde hace casi una década, donde ha desarrollado gran parte de su carrera, Kreiman es el autor, director y protagonista de esta pieza presentada como “una obra autobiográfica”. El mecanismo es simple: con la misma puesta en escena, definida por un retablo con cortinas y tules que permite varias posibilidades escenográficas, se representan dos obras hermanadas —trenzadas es más preciso— por el vínculo paterno-filial. Ambas duran aproximadamente una hora y, junto con Kreiman, actúan Fernando Toja (el padre) y Carla Moscatelli (la madre).
En un ejercicio extremo de teatro psicológico, la apuesta de Kreiman es ambiciosa y arriesgada. Volcar en el escenario un cúmulo de hechos y emociones de índole íntima (en extremo), pero que a su vez tienen el potencial de configurar un relato universal. Nada nuevo desde que Sófocles contó la historia de Edipo, por supuesto.
En buena medida, lo logra, porque el Gustavo ficcional atraviesa el misterio universal del sentido de la vida, el amor y la muerte, la esencia existencial de ser padre y de ser hijo y en todo momento con el telón de fondo de la salud mental como una condición imprescindible para enfrentar los avatares de la existencia. En no pocos momentos, esta obra conmueve y hasta estremece porque va hasta el hueso de las emociones que experimentan los personajes.
Los tres actores entregan buenas actuaciones, intensas, jugadas, cada uno en su cuerda, por supuesto. Toja, contenido y sobrio. Moscatelli, desbordante de expresividad, un vendaval emocional, una fuerza de la naturaleza que sacude el escenario con su presencia de madre sobreprotectora y melodramática. Es una de las mejores actrices uruguayas de las últimas décadas y siempre es un placer verla.
Sin embargo, en ocasiones, Díptico de los padres se adentra demasiado en el terreno de la metateatralidad, recurso archiexplotado por referentes contemporáneos como Sergio Blanco, y que resulta a esta altura por demás redundante, accesorio e intrascendente. No aporta en absoluto al corazón conceptual de la obra, el juego de si lo que se ve ocurre en el terreno ficcional (un apartamento en Córdoba) o en el de la representación (el escenario de la Verdi). El truco distrae de lo importante: el conflicto vital del protagonista.
El tramo final, con el tono dramático demasiado recargado, resulta un exceso emotivo que en realidad la obra no precisa, porque en su esencia cuenta una historia poderosa y con un gran potencial de empatía y catarsis. La influencia de los padres —ya sea por su presencia o su ausencia— en la construcción de la personalidad es un asunto con un peso específico considerable, que no necesita demasiados ornamentos para conmover.