Escritorio en el Museo El Cordobés.
Gentileza de Ana Ribeiro
Cabalgata hacia el “altar cívico”
A partir de ese momento, la estancia El Cordobés, ubicada en Cerro Largo, cerca de la frontera con Durazno, se transformó en tierra sagrada y un sitio de peregrinaje para los blancos. Su vigencia quedó demostrada el domingo 16 de agosto cuando, coincidiendo con los 170 años del nacimiento de Aparicio y los 190 años de la fundación del Partido Nacional, fue reinaugurado el museo, magistralmente restaurado bajo la conducción de Ana Ribeiro, una doctora en Historia identificada con la divisa blanca, subsecretaria del Ministerio de Educación y Cultura durante el gobierno de Luis Lacalle Pou. Lo hizo junto con un grupo de arquitectos de la Oficina Ático (Valentina Juanicó, Manuel Machado y Nicolás Barbieri), además de la restauradora Claudia Frigerio, que, con su equipo, realizó una increíble restauración del cuadro de Aparicio Saravia a caballo, pintado en 1914 por Josep Casanovas Clerch, discípulo de Juan Manuel Blanes y su realismo. Diana Saravia, la galerista de arte, fue la encargada de las antiguas divisas y banderas, que se encuadraron de nuevo con cuidados de preservación muy estrictos.
Ese domingo llovía a cántaros, pero a los militantes y dirigentes blancos pareció no importarles. Cabalgaron kilómetros para reencontrarse con los objetos que marcaron la cotidianeidad de su líder histórico. Por lo bajo, algunos referentes agradecieron la lluvia, ya que enaltecía la mística campera que rodea al Partido Nacional desde Carpintería.
El Cordobés evoca al mito en el que progresivamente se fue convirtiendo Saravia, un hombre que había desaparecido repentinamente en su apogeo político pero que, aún muerto, siguió siendo influyente en el devenir de la historia del Uruguay. Hombres y mujeres acampaban desde hacía años en la zona para observar los mismos campos que cada día contemplaba Saravia, sin importar lo dificultoso de llegar hasta allí.
Es el museo más remoto que existe en Uruguay. Su historia se remonta al año 1978, cuando, en los tiempos de Aparicio Méndez, la dictadura confiscó el casco de la estancia y 30 hectáreas de campo, muy a pesar de la familia Saravia. Todo quedó bajo la órbita del Ministerio de Educación y Cultura, pero la cartera firmó un comodato con la Intendencia de Cerro Largo que perdura hasta estos días.
“Los blancos iban en cualquier fecha a acampar en el lugar para sentirse cerca de Saravia. El sitio va creciendo en valor simbólico y hoy es un museo histórico nacional, y yo, como historiadora, hice la museificación”, dijo Ribeiro a Búsqueda. “Dediqué la habitación más pequeña de la casa a lo que atrevidamente llamo el altar laico o el altar cívico, el lugar donde se veneran los objetos más simbólicos de Aparicio: un busto que lo representa y donde está la urna que trajo sus restos en 1921 luego de una peregrinación del cadáver en tren por todo el país hasta llegar al cementerio del Buceo. En todos lados le rendían homenaje a medida que el cuerpo avanzaba por el territorio”, agregó.
Ribeiro decidió reunir allí los símbolos que hablan del mito y la devoción pública: hay medallas acuñadas de oro de 1905 en recuerdo del héroe, cuadros, poemas y un pendón de seda (que es una joya) suscrito en 1897 por los comerciantes como forma de agradecer a quienes habían alcanzado la paz. La guerra destruye los comercios y, a excepción de quienes venden armas, el resto se funde. Los empresarios también le agradecieron al presidente Juan Lindolfo Cuestas y a Diego Lamas por haber sido artífices de la pacificación.
Gentileza de Ana Ribeiro.
El deterioro había avanzado tanto que hubo que quitar los objetos del museo y llevarlos a Melo. Volvió todo: las botas, el sombrero blanco, el facón que compró con 14 años, luego de finalizar su condición de soldado de la Revolución de las Lanzas de Timoteo Aparicio. “No se trató solamente de limpiar y restaurar objetos y cuadros. Era necesario investigar y escribir un guion museístico”, dijo la historiadora. “Encontré el inventario original de 1978 y tengo claro que algunas cosas faltan. Algunas están volviendo porque el día de la inauguración me enteré de que había gente que sabía dónde estaban algunos objetos que yo creía perdidos. ‘Ahora que el museo está bien, las vamos a devolver’, me dijeron, y quedé atónita”, agregó Ribeiro. Uno de los grandes hallazgos fue una poco conocida proclama en la que Saravia se despedía de sus soldados, al mismo tiempo que encontró fotografías que no habían circulado.
“Nunca había visto ese nivel de devoción. Los jinetes marcharon durante dos horas bajo el peor de los chaparrones. Algunos eran veteranos que pasaban los 70 años, pero también vi una nena de 11 que le preguntaba al papá ‘¿cuánto falta?’. Y algunos eran aún más chiquitos, con el padre y la madre de un lado y del otro, y cabalgando para por fin llegar y poder saludar a Aparicio el día de su cumpleaños. Hay una cosa blanca de porfía, el espíritu del llano político. Se agrandan ante la dificultad, y aquel día lo tienen para contar por el resto de sus vidas. Aparicio es una figura imbatible, que no para de crecer desde que murió. Es un mito muy poderoso y para mí el día de la inauguración fue muy emocionante: la mejor paga que nunca me dieron por un trabajo”, dijo.
Los equipos técnicos cobraron por su trabajo, pero tanto Ribeiro como Lorenzo Gianola y Antonio Arrospide (encargados de la restauración del edificio) lo hicieron en forma honoraria. La inversión para volver a abrir las puertas del museo superó los US$ 250.000. La iniciativa de la restauración fue del Directorio del Partido Nacional, que pidió una mano a Gianola, Arrospide y Ribeiro. El directorio blanco centralizó los esfuerzos, la colecta del dinero, la organización de los fondos, y tuvo la voluntad política de impulsar la reapertura. Los trabajos de restauración se hicieron en la casa del Partido Nacional, como por ejemplo el cuadro de Casanovas Clerch, que mide tres metros de alto y dio mucho trabajo para sacar de la casa. Los fondos fueron recaudados gracias a las donaciones de anónimos, un remate y el dinero que aportaron los dirigentes del Partido Nacional que ejercen fondos públicos.
Ribeiro remarcó que El Cordobés es un museo nacional que muestra la vida cotidiana y el protagonismo de un personaje fundamental en la historia del país. Es de interés de todos, aunque para la colectividad blanca sea un especial lugar de devoción, fenómeno que museísticamente también quiso mostrar.
¿Y los extranjeros? “Cuando hago un museo nunca olvido trabajar también para un eventual alemán que baja de un crucero”, sostuvo. Una recorrida por los pasillos hará entender rápidamente al europeo que está frente a un hombre importante para la historia de su país, que murió de forma trágica y que proviene de una familia de guerreros porque está a la vista la genealogía. Así, ya entendió muchas cosas.
El martes 18 de agosto, Ribeiro concedió una entrevista al programa radial En perspectiva, que conduce el periodista Emiliano Cotelo, y ayudó a los oyentes a recorrer el sitio a la distancia. La casa forma una ele mayúscula (L) y a un costado está la pequeña capilla que ordenó construir Cándida Díaz Suárez, la esposa de Aparicio, una mujer muy devota. A su lado, había una habitación donde dormía el sacerdote cuando iba. Hay otra pieza, que no conecta con ninguna otra: la cocina. Es una construcción de piso de tierra y sus cabezas de vacas como asientos rodean el fuego.
Aparicio Saravia, retratos y símbolos en El Cordobés.
Gentileza de Ana Ribeiro
Los arquitectos observaron que las piezas que dan al exterior tienen piso de baldosas porque quienes llegaban solían arrastrar barro en sus botas. Pero los salones interiores tienen piso de madera. “Decidimos realizar una reconstrucción exacta del pasado, donde hay piso de madera. Jugamos con la penumbra, no importa si no tienen buena luz, para que (los visitantes) entiendan cómo vivían. Las otras piezas las convertimos en salas de museo con grandes exhibidores y objetos. Cuando entrás te encontrás con una sala temática, el gran cuadro, la réplica a escala que hizo José Luis Zorrilla de San Martín y el chaleco ensangrentado”, dijo. Esa vestimenta era la que llevaba Aparicio en Masoller. El museo tiene velas verosímiles que evocan la época para alumbrar los salones más oscuros. No hay luz eléctrica en la zona. El museo puede visitarse de martes a domingo de 11 a 17 horas.
El Cordobés había acumulado años de deterioro, agravado cuando un temporal destrozó el techo y en varias de sus piezas llovía lo mismo que en los campos que lo rodean. Pero, gracias a la restauración, los objetos más importantes que permiten reconstruir la vida de aquel caudillo de la frontera, del que constantemente llegaban noticias a Montevideo, están a disposición de todos. Una forma de honrar la memoria de aquel hombre que, siendo rico, defendía la causa de los pobres.
El Cordobés, estancia y museo histórico nacional.
Gentileza de Ana Ribeiro
Sangre de hermanos
Además de documentos políticos, Saravia redactó en su escritorio cartas personales, como las que intercambió con su hermano colorado Basilicio, comandante militar de Treinta y Tres. Su exhibición es un ejemplo de las varias galerías que explican el recorrido por la casa.
“Estás empobreciendo al país, lanzando la riqueza pública y privada a una ruina fatal”, le reprochó Basilicio. “Yo no puedo tener remordimientos, no soy yo, hermano, ni es mi Partido el causante cruel de esta guerra civil” —le respondió Aparicio—. “¿Tú crees servir a la Patria en el puesto que ocupas? Pues no la sirves, la Patria es algo más de lo que tú supones. La Patria es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de las instituciones no mancilladas; la Patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos; la Patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo; la Patria no es el grupo de mercaderes y de histriones políticos que hace de las prerrogativas del ciudadano nubes que el viento lleva, y que se sientan hoy en donde se sentaban próceres y adalides en los tiempos heroicos de nuestra historia”.
En otra carta (inédita) Aparicio le escribe a Basilicio: “Veo que continúas en tu ofuscación, tan dolorosa para mí, y que sigues empeñado en creer que la libertad y el derecho están de parte de aquellos que has defendido con tu espada, llámense Santos, Herrera y Obes, Borda o Batlle. (…) No ignoras cuánto me apena pensar que estamos frente a frente con las armas en la mano, pero esta consideración no puede hacer torcer en una línea la conducta que mi conciencia y mi deber me imponen. Yo sigo fiel la tradición de honor de nuestro padre y nuestro hermano Gumercindo. Nada busco para mí, nada aceptaría jamás, te lo juro; solo defiendo mi Patria, solo me sacrifico por asegurar el reinado de una era de libertad y prosperidad al amparo de los beneficios que nos legaron los próceres del pasado. Tú, en cambio, pareces que renegaras de tu sangre”.
Antes de enviar la carta, Aparicio dejó caer una gota de su propia sangre sobre el papel. Hoy, ya amarronada, esa mancha sigue documentando un drama familiar y político.