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    ‘La guerra de los últimos’, de Ridley Scott: un apocalipsis demasiado prolijo para ser inocente

    Con Jacob Elordi y Josh Brolin, el director de 88 años entrega una rareza contemplativa dentro de su filmografía reciente, tan competente en sus formas como indecisa en sus intenciones

    Un repaso rápido a lo que mantiene ocupado a Ridley Scott. A sus 88 años el cineasta planea adaptar el clásico literario La isla del tesoro y, entre proyecto y proyecto, no deja títere con cabeza. En Los Angeles Times le preguntaron por la inteligencia artificial y mostró con orgullo los bocetos de sus películas, que aún dibuja a mano, para demostrar cómo piensa competirle a la tecnología. En La Nación dijo que las críticas de cine le importan “una mierda” y el año pasado, en un evento del British Film Institute, declaró que el cine actual está “ahogado en mediocridad” y que empezó a ver sus propias películas porque “en realidad son muy buenas”. Una lengua que podría enorgullecer a Moria Casán.

    Irónicamente, La guerra de los últimos, su trabajo más reciente ya estrenado en Uruguay, es de lo más silencioso y contemplantivo que Scott ha hecho en años. No es una gran película, pero entre sus errores y sus momentos de lucidez formal hay un cuidado distinto, una atención al armado y al detalle que sus ficciones parecían haber perdido en espectáculos algo inocuos como Gladiador 2 y Napoleón.

    La película adapta una novela de Peter Heller, autor enfocado en historias ambientadas en la naturaleza que aquí prefiere esquivar la histeria habitual en los relatos sobre el fin del mundo. Lejos de la monstruosidad trágica que compuso para el Frankenstein de Guillermo del Toro, Jacob Elordi interpreta a Hig: un mecánico de aviación en duelo que resiste al pie de las montañas de Denver junto con su perra y Bangley (Josh Brolin), un exmarine que convirtió un aeródromo en fortaleza. Fuera del refugio, una epidemia barrió con la mayor parte de la humanidad y convirtió el paisaje en una amenaza implacable, donde cada jornada es apenas una tregua ante la violencia de otros sobrevivientes.

    La guerra de los últimos es, en palabras del propio Scott, un western fronterizo encubierto. En lugar del clásico llanero solitario a caballo, el protagonista sobrevuela las montañas en una avioneta amarilla destartalada. Sin el efectismo habitual del cine de desastre, la película prefiere inicialmente la calma de un paisaje en donde la tormenta ya pasó. La cámara ignora la grandilocuencia de la ruina para concentrarse en la observación más práctica de las tareas cotidianas. Se repara en cómo se vigila una frontera, cuánta munición queda y de qué manera se administra la supervivencia un día más. Esa rutina se quiebra cuando una tenue señal de radio interceptada en la avioneta empuja al protagonista a cruzar la cordillera en busca de otros sobrevivientes.

    El arranque propone un idilio frente a nuestro presente urbano, con un hombre de pocas palabras, su perra, la naturaleza reclamando el asfalto y una multitud de tomas aéreas de la avioneta sobre un Colorado que en realidad son locaciones en las Dolomitas italianas. A esa calma la acompaña una banda sonora de country que instala un tono pastoral con cierta contemplación bucólica y sostenido durante buena parte del metraje como si el fin del mundo fuera, en el fondo, un retiro espiritual.

    ¿Pero a quién pretendemos engañar? Toda esa belleza carga un tinte político que la película evita problematizar y que termina acercándose a la fantasía del ultraconservadurismo norteamericano, con una paranoia hacia el extranjero, el rechazo frontal a la modernidad tecnológica, la autosuficiencia rural como dogma de fe y esos hombres recios listos para custodiar su propiedad hasta las últimas consecuencias. Hay una cercanía incómoda con el sueño húmedo del imaginario MAGA (“Make America Great Again”), una ideología que parece anhelar el colapso de la civilización con el único fin de salir a la intemperie, defender la tierra con un rifle al hombro y fundar, por fin, un nuevo feudo privado.

    Ahí es donde cae Jacob Elordi como el modelo publicitario para esta utopía de montaña. Heredó el papel tras la salida de Paul Mescal por problemas de agenda o porque, según trascendió, Scott consideró que al irlandés le faltaba la “masculinidad ruda” que pedía el personaje. Lo cierto es que Elordi sobrevuela estas cordilleras tan peinadito y saludable que el apocalipsis pierde credibilidad poco a poco. Ni rastros de peste o hambre, aquí su mera presencia parece más la de un modelo de ropa de montaña.

    La película necesitaba un tipo físico, taciturno, y Elordi cumple siempre y cuando se mantenga quieto, mirando el horizonte desde la cabina de su avioneta o sentado junto al fuego. El problema es cuando el guion le exige salir del catálogo de ropa. En las secuencias de acción su agitación es tan controlada que roza la apatía, lejísima del registro incómodo e impredecible que demostró en Priscilla o Euphoria. Si es cierto que está en carrera para ser el próximo James Bond, sería prudente que se baje de inmediato.

    Si Elordi encarna al colonizador melancólico, a Josh Brolin le toca interpretar al veterano paranoico que convirtió la autosuficiencia en doctrina, siempre listo para apretar el gatillo ante cualquiera que cruce el cerco. El contraste entre los dos resume bastante bien el choque de la película: Brolin se mueve como pez en el agua dentro del western, mientras que Elordi parece más preocupado por dar bien en cámara. Al final, esa distancia quizás delate cierta indecisión de Scott, un director que termina dividido entre la intimidad de un drama de sobrevivientes y el impulso ruidoso del espectáculo salvaje.

    Josh Brolin en La guerra de los últimos.

    Josh Brolin en La guerra de los últimos.

    Brolin construye a Bangley con una sobriedad seca, ocultando bajo esa coraza un pánico absoluto a la soledad. A diferencia del rol de Elordi, el exmarine encontró en este fin del mundo su estilo de vida ideal. Su vínculo sostiene la película con muchísima más fuerza que la trama romántica, dejando la sensación de que el guion tenía servida una gran historia de supervivencia a dos puntas y prefirió no ir hasta el fondo.

    Margaret Qualley entra recién en la segunda mitad para encarnar a Cima, la hija compasiva de un ranchero paranoico (un Guy Pearce insólitamente corrido de tono). Aunque su aparición promete devolverle al relato la calidez y el contacto humano, el personaje queda atrapado en las limitaciones del libreto, ya que existe casi exclusivamente en función de Hig, como un catalizador afectivo. Hacia el final, la pareja transmite bastante más química como compañeros de supervivencia que como enamorados.

    Detrás de esas fisuras dramáticas está la marca de fábrica más reciente del director. Hoy en día suele trabajar con cuatro o cinco cámaras encendidas en simultáneo, un sistema diseñado para capturar la espontaneidad del primer impulso y despachar rodajes a un ritmo vertiginoso. Esa velocidad produce chispazos de vitalidad, pero también deja al desnudo los desaciertos de una película con escenas apuradas y hasta inconsecuentes. Pero hay un tacto genuino en cómo el director filma este sueño varonil y armamentista. En esta escala reducida, Scott recupera cierta gentileza y emotividad que sus superproducciones parecían haber olvidado.