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    Felices los cuatro: Olivia Wilde hace reír a carcajadas con ‘La invitación’

    Después del tropiezo de No te preocupes, cariño, la actriz estadounidense estrena una comedia sobre un matrimonio que recibe a sus vecinos en una cena cargada de tensión y revelaciones

    La carrera de la actriz Olivia Wilde como directora ha tenido el recorrido de una montaña rusa. Su ópera prima, La noche de las nerds (2019), la instaló como una voz suficientemente prometedora en la comedia. Luego vino No te preocupes, cariño (2022), un thriller psicológico ambientado en una comunidad estilizada de los años cincuenta, que fue recibida como desvío de una cineasta que perseguía una ambición mayor sin saber bien cómo sostenerla. Con los tabloides alimentándose en simultáneo de su divorcio del actor Jason Sudeikis, estrella de la serie Ted Lasso, y de su relación finita con el cantante Harry Styles, protagonista de No te preocupes…, el escarnio público motivó su alejamiento de los focos por un tiempo.

    En una industria que cataloga los tropiezos de los directores como experimentos, pero los de las directoras como sentencias, el margen para un regreso era estrecho. No te preocupes, cariño no fue un fracaso rotundo —recaudó US$ 87 millones con un presupuesto de US$ 35 millones—, pero la crítica la despedazó y el ruido mediático enterró toda lectura favorable alrededor de esa película.

    Por eso, Wilde necesitaba una película que no solo funcionara, sino que recordara por qué su incursión detrás de cámaras había sido alentadora en un principio. La invitación, su tercera película, recién estrenada en cines, es una bienvenida solución a ese problema. Rodada en una sola locación, con cuatro personajes y un guion sostenido casi por completo en los diálogos, la directora logró una comedia adulta ingeniosa que resulta la contrapartida ideal para una cartelera liderada por los espectáculos a gran escala, como La odisea o la inminente Spider-Man: un nuevo día, la gallina de los huevos de oro cuya tenencia Marvel y Sony comparten.

    La premisa es simple y nada original, al punto que directamente se desprende de otra película, Sentimental (2020), del español Cesc Gay, que los guionistas Will McCormack y Rashida Jones adaptaron. Aquí, un matrimonio recibe a otra pareja a cenar en su casa de San Francisco. Wilde interpreta a la anfitriona junto a Seth Rogen, que hace de su esposo, y los invitados son los vecinos de arriba, interpretados por Edward Norton y Penélope Cruz.

    Fotograma de Seth Rogen y Olivia Wilde en La invitación.

    Fotograma de Seth Rogen y Olivia Wilde en La invitación.

    La invitación sigue una tradición que la comedia estadounidense ha explotado durante décadas: la de la pareja que viene a cenar, un puntapié que convierte una reunión social en un mundo de posibles problemas. Wilde describe su relato como una “cena del infierno”, pero también en un guiño inevitable por estas semanas, como un Caballo de Troya, donde el escenario doméstico permite adentrarse en temas más densos como el estancamiento matrimonial y la pérdida de identidad dentro de una familia.

    La referencia recurrente, suele repetir Wilde en entrevistas, es ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966), la película de Mike Nichols que demostró que una cena puede ser tan ambiciosa y emocionante como una película de acción. A diferencia de Nichols, los protagonistas de La invitación no son manipuladores maestros, sino un par de padres agotados que intentan reactivar una chispa extinta y, quizás, entender por qué se han distanciado tanto.

    Los primeros minutos parecen prometer otra cosa. Wilde empuja el registro cómico hasta un punto que raspa la caricatura, con muecas y modulaciones que hacen pensar, por un momento, que la película está en un tono no del todo orgánico. Pero esa incomodidad es deliberada. La directora suele hablar de la comedia como una herramienta para desarmar al espectador, esperando que la risa lo vuelva vulnerable antes de profundizar en lo jugoso. Todo el diseño de producción apunta a una precisión de revista, a una imagen tan pulida que podría haber convertido a La invitación en una comedia dramática refinada. Pero Wilde, con su actuación inquieta como la ama de casa Angela, entre el nerviosismo y la devoción, rompe con esa lectura antes de que se instale.

    El nuevo interés de Angela tiene la forma de Piña y Hawk, los vecinos. Cuando Cruz y Norton cruzan la puerta, la película se enciende, sobre todo por el intercambio entre los anfitriones, que muestra las fisuras de su relación. Para Angela, la cena es un intento desesperado por recuperar una algo de vitalidad, una rebelión contra su propia desaparición en el rol de ama de casa. Para Joe (Seth Rogen), es una emboscada. Como músico frustrado que sobrevive dando clases en un conservatorio mediocre, no tiene energía para fingir entusiasmo por compartir una noche con desconocidos. Hawk, en cambio, entra con toda su honestidad radical. Piña, su compañera, es terapeuta y también utiliza la verdad como provocación.

    La puesta en escena se apoya en una sola casa y no cae nunca en lo teatral. Wilde encuadra los cuerpos atendiendo al espacio entre ellos, filma a través de espejos, cruza umbrales, hace que la arquitectura interior tenga tanta presencia como el diálogo. Los planos remiten a Nichols en la forma de recortar los rostros durante las conversaciones incómodas, y a la comedia de Allen en el modo de dejar respirar los silencios que siguen a un chiste que nadie termina de festejar.

    Fotograma de Edward Norton y Penélope Cruz en La invitación.

    Fotograma de Edward Norton y Penélope Cruz en La invitación.

    Y en esa incomodidad, Norton compone un personaje cuya cordialidad resulta exasperante, mientras que Cruz cae en una versión estadounidense de europea sensual y ambigua, que Hollywood ha reciclado durante décadas sin renovar demasiado. La actriz española, con sus gestos y su gran timing, la vuelve un poco más humana. Rogen, en cambio, hace lo que siempre hace, explota esa versión de sí mismo que construyó fuera de la pantalla y la misma que ha alimentado sus personajes bonachones y fumones durante años. Sigue funcionando.

    Con ellos, la película va acercándose a la forma de una comedia sexual con algo para decir, de esas que no usan el intercambio de parejas como un chiste fácil, sino como una pregunta genuina. Plantea una exploración sexual entre los dos matrimonios, la insinúa lentamente, y hasta juega con la idea de que la alegría por el placer del otro puede ser algo distinto a los celos. Pero cuando llega el momento de cruzar ese umbral, se calienta el agua para el mate y lo deja así, armadito y sin que a nadie le llegue una cebada.

    El humor también sufre un límite parecido y uno marcado por las diferencias culturales. La ironía, el sarcasmo y la lógica del comentario ácido que atraviesa la comedia estadounidense actual vuelven a algunos de estos personajes simplemente odiosos.

    Aún así, con esos reparos, las risas tienden a acumularse durante el visionado, y el guion y la dirección mantienen un muy buen pulso durante casi todo el rato. La invitación aparece entonces en la cartelera como una propuesta sólida, que con pocos recursos logra construir algo más grande. No es del todo memorable, pero tiene el suficiente atractivo como para que uno acepte la premisa que da origen a todo: cruzar la puerta y ver qué pasa.