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En 1899, la congregación de origen francés El Buen Pastor de Angers se hizo cargo de un establecimiento, ubicado en las calles Cabildo y Nicaragua de Montevideo, para contener a “jóvenes descarriadas”. Luego, para recluir a “jóvenes subversivas” procesadas por la Justicia civil, funcionó allí la Cárcel de Cabildo de presas políticas. La relación entre las monjas y las detenidas que integraban organizaciones revolucionarias fue respetuosa, pero estas últimas se tomaron ciertas confianzas y fugaron dos veces, una de ellas fingiendo ir a misa.
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A casi medio siglo desde que las últimas “políticas” fueron trasladadas al penal de Punta de Rieles, un grupo de ellas, que se venía reuniendo periódicamente, logró editar un libro que recoge la experiencia: Cárcel de Cabildo 1968-1977.Resistir juntas en prisión, exilio y libertad. Como indica el título, buscaron relatar no solo lo que vivieron en prisión, sino también luego de ella, porque muchas de esas mujeres, una vez que cumplieron la pena, debieron abandonar el país bajo amenaza de quedar detenidas o ser eliminadas.
El libro —autoeditado con mucho trabajo voluntario— está dividido en 19 capítulos. Después de varios intentos fallidos, la tarea de ordenar y pasar todo en limpio fue confiada a la escritora y periodista Ivonne Trías, quien, si bien no estuvo detenida en Cabildo, sí fue, durante años, presa política en Punta de Rieles, un lugar que las veteranas describen como un “verdadero campo de concentración”.
“Conformado por casi treinta —de las más de doscientas— presas políticas (…) el Grupo de Cabildo (…) produjo los materiales con los que se escribió este libro. Se trata de entrevistas, autoentrevistas, transcripción de las reuniones que mantuvieron y grabaron durante años, cartas, fotos, dibujos”, explican al comienzo.
Luego viene un torrente de testimonios que incluye no solo a expresas de diferentes grupos políticos, sino también a la generación anterior, sus padres, y a algunos de sus hijos, los que nacieron o vivieron en Cabildo por algún tiempo y los otros, los que llegaron con la libertad.
Uno de los relatos es el de María Elia Topolansky, que se fugó dos veces de Cabildo. Ella explica que en el mismo lugar hubo “tres Cabildos”: el primero, con monjas y reglamentos; el segundo, con territorio liberado y policías femeninas en el entorno; el tercero, con celdas y militarizado.
Madres y hermanas penitentes
Corina Devita fue la primera presa política. Era fines de 1968 y esta estudiante de Medicina que militaba en el MLN-Tupamaros estaba embarazada. Al terminar el año siguiente ya eran 17. Además de las monjas, había dos “penitentes” que eran las encargadas de “todos los trabajos físicos y probablemente de la atención de las religiosas”. El vínculo de las “políticas” con las “sociales” no fue sencillo y como luego las primeras, en su mayoría tupamaras, formaron un grupo compacto e importante numéricamente, la relación con las otras presas “no pasó de ser superficial”. Martha Abella, una de las presas militantes, dice en su testimonio: “No recuerdo que hayamos hecho demasiados esfuerzos para profundizarla”.
Las monjas aplicaban criterios estrictos: las presas podían ver televisión solo bajo supervisión y censura, de modo que tenían acceso a la telenovela de moda, Nuestra galleguita, antes del informativo y luego iban a la cama.
Eran las primeras “subversivas”, así que muchos padres quedaron sorprendidos con las actividades de sus hijas. La madre de María Luz Osimani escribió en una libreta: “Una de mis hijas, junto a otros hermanos, quiso contribuir a la formación del hombre nuevo, en un mundo nuevo y lleno de paz. Y no la comprendieron. No los comprendieron y con sangre sufrieron igual que Cristo persecución, martirio, torturas y muertes”.
Historias chicas, reales
Entre los testimonios recogidos en el libro está el de Pedro, hijo de una expresa que nació en 1982 en San Pablo, Brasil. A pesar del dolor que le produjo la depresión sumada al alcoholismo de su padre, Pedro quiere que se hable de lo que pasaron: “Mis hijas van a saber porque yo les voy a contar, porque es parte de la historia de ellas, su historia y la historia de su familia pero que no quede en el núcleo familiar. Y me parece muy bueno salir de la historia del Pepe (Mujica), de Sendic y pasar a las historias chicas, reales, que no fueron solo diez personas las que cayeron en cana, fueron muchísimas más, que algunas pudieron con sus vidas, otras no, que puedan contar sus historias me parece genial”.
Además de la experiencia singular de Cabildo, convertida el año pasado en Sitio de Memoria, los aportes de los que entonces eran niños son lo más novedoso. Uno de ellos es el de Lía, hija de Carina Charquero, nacida en Suecia y desde los tres años de edad residente en Uruguay: “Mi madre, siendo yo chica, me decía que no dijera en la escuela que sus padres habían estado presos —porque capaz que los demás niños iban a pensar que habían estado presos por robar o algo así— sino que dijera que habían sido presos políticos”.
El trabajo de Trías no solo ordenó y seleccionó los textos disponibles, sino que también incorporó referencias de otros países sobre el tema. Intercalada en el texto hay una cronología elaborada por una de las integrantes del colectivo que, aunque tiene algunos sesgos y errores, también ayuda a entender esa experiencia poco conocida.
También es muy revelador el recuerdo de Rosario Burghi, que pasó de detenida en Uruguay a trabajar con presos en Nicaragua y luego, después de 34 años, en su propio país.
El exilio de Burghi, una vez derrotado el movimiento tupamaro, comenzó en la puerta del Batallón Florida, que entonces quedaba en el Buceo: “Nos largaron a las once de la noche, sin un peso y no sabíamos para dónde ir. Pensábamos que nos sacaban para matarnos en la calle. (…) Salimos, hacía frío a finales de febrero-marzo, llegamos a la puerta y nos preguntamos ¿y ahora qué hacemos? (….)”. Entonces se escuchó la voz del capitán más poderoso del batallón: “¿Se van o se quedan? Si no se van vamos para adentro de nuevo”.