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Se estrena ‘Un futuro brillante’, el clamor de Lucía Garibaldi frente a la tiranía de la eficiencia
En su nueva película que llega hoy a salas, la directora uruguaya cambia la épica de las grandes distopías por una heroína atípica en una Montevideo despojada de sus costumbres
Fotograma de Un futuro brillante con su protagonista Martina Passeggi.
Hace casi un año, desde una plaza en Queens, Nueva York, la cineasta uruguaya Lucía Garibaldi le decía a Búsquedaque prefería no pensar demasiado en el encuentro de sus películas con el público, pese a entenderlo como una instancia clave. “La película se termina con la mirada del otro”, afirmaba entonces.
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Ahora, a Un futuro brillante, su segunda película tras Los tiburones (2019), le llegó el turno de las miradas uruguayas. Para la directora, es la prueba de fuego definitiva. El reencuentro con el público local viene con un nivel profundo de entendimiento que no existe en las proyecciones internacionales. “Es el momento de ver si el compatriota entiende el detalle, el doble sentido y la ironía”, señaló, con la calma de quien conoce el terreno.
En su primer año de recorrido, Un futuro brillante pasó por festivales internacionales y, en cada parada que pudo, la realizadora fue midiendo el recibimiento de la extrañeza y humor de su propuesta. A medida que se acercaba al sur, los ecos de reacciones esperadas en las salas fueron haciéndose más nítidos. Y mientras Netflix prepara en estos días su propia distopía en Montevideo, Garibaldi estrena este jueves la suya: una ciencia ficción asombrosa, peculiar y uruguaya.
La imagen inaugural es la de una nuca. Se trata de la joven Elisa, interpretada por Martina Passeggi, aquí sometida a un interrogatorio en un cuarto rojo que evoca al de la serie Twin Peaks. Entramos en su cabeza antes de verle la cara y, cuando la cámara se aleja y la encontramos de frente, aparecen sus particularidades. Lleva el pelo largo con raya al medio y la piel marcada por la rosácea. Viste un estilo Burberry clásico, una elección tradicional que, en este universo, parece anticipar que lo convencional está a punto de regirse por normas muy distintas.
Elisa es la última joven seleccionada para ir al Norte, una tierra prometida que su madre (Soledad Pelayo) persigue y que Leonor (Sofía Gala), una vecina enigmática con pierna ortopédica, se encarga de desenmascarar. Como en Los tiburones, la protagonista es una joven en un momento decisivo, pero esta vez el balneario uruguayo fue reemplazado por complejos de vivienda grises y un mundo que se parece al nuestro, pero no. Como el cineasta italiano Nanni Moretti en su moto, Elisa vuelve de su entrevista a su hogar y los créditos nos invitan a esta Montevideo futura y pasada a la vez, reconocible en su hueso, pero diferente en su piel.
La cineasta uruguaya Lucía Garibaldi
La cineasta uruguaya Lucía Garibaldi.
C. Montenegro / Difusión
Ese extrañamiento se construyó por sustracción. Junto con su coguionista Federico Alvarado, Garibaldi decidió despojar a la ciudad de su ternura. No se ven perros, no suenan pájaros. En su lugar, los sonidos de la naturaleza salen de parlantes en las plazas, como prótesis de un mundo que prometió un paraíso y entregó un simulacro.
El miedo a las hormigas, criaturas que trabajan en comunidad, exactamente lo que este futuro aborrece, es una de esas ideas que la película planta sin explicar y deja germinar sola. El diseño de sonido convierte los parlantes en las plazas en algo entre tierno y siniestro y, junto con la música, sostiene una distopía que nunca pierde lo lúdico. La comedia se acumula en los detalles con una cadencia que, en algún tramo, roza el ritmo de cierto cine uruguayo conocido, pero la inventiva de ese universo la excusa y la relanza.
Passeggi, todo un hallazgo, llegó al proyecto por un casting que Garibaldi recuerda como una trampa bien puesta. Buscaba una figura tosca, alejada de ciertos estereotipos. “Creo que alguien se lo chusmeó, entonces en el casting fue un poco caracterizada de eso. Y yo mordí el anzuelo”, reveló. Después, conociéndola, entendió que lo que había visto era actuación pura, con una inteligencia escénica innegable. Encontró también a una bailarina capaz de repetir una coreografía compleja exactamente igual en cada toma.
Esa precisión, apuntó, fue central en el trabajo con el fotógrafo Arauco Hernández. Si la protagonista iba a moverse siempre igual, la cámara podía complejizarse sin riesgo. La Elisa de Passeggi no es fácil de querer de entrada, pero logra revertir esa distancia con sus gestos, su manera de habitar el cuadro y la capacidad de poner su deseo siempre en un lugar inesperado.
Se ha planteado con frecuencia que la película logra optimizar recursos escasos; no obstante, la propuesta formal sugiere lo opuesto. Existe una densidad notable en lo que presenta el plano, desde el diseño de producción, el vestuario y la selección del reparto. La obra se encuentra impregnada por una estética que, por momentos, remite a la iconografía del manual de cocina del Crandon en un horizonte temporal próximo, donde las pulsiones aspiracionales de siempre se manifiestan bajo un leve desplazamiento.
La coherencia del universo es lo que permite que la ciencia ficción de Un futuro brillante trace con éxito su vínculo con el presente sin necesidad de subrayarlo, en un momento en que la promesa tecnológica vuelve a sonar a todo volumen y nada parece habilitarnos al ocio, al tiempo libre, a mover el cuerpo con la libertad con que se moverá Elisa en su recorrido hacia lo desconocido.
La película también resulta una crítica punzante al mandato de la productividad perpetua, cuestionando esa noción contemporánea de que incluso el tiempo de reposo debe ser capitalizado. “Hasta el vacío es producción. Y yo no sé si quiero vincularme con la vida así”, reflexionó Garibaldi al imaginar su futuro fuera de los ritmos industriales. El desenlace de su película se siente, por tanto, como un gesto que apuesta por una huida del orden establecido; una deserción que persiste aun cuando este acecha en la frontera, armado y expectante.
Con la película ya en manos del público, la intención de la directora es “formatear el disco duro”. Aunque proyectó una posible incursión en adaptaciones de obras ya existentes, otro deseo apunta hoy hacia una mayor libertad creativa. Habló de volver a Nueva York sola, con una cámara, para filmar a los uruguayos que habitan la Gran Manzana en un experimento libre de formatos industriales.
Mientras tanto, en una Montevideo donde la plaza Independencia se maquilla para representar una revolución con sus promesas de victorias tecnológicas y caídas de gobiernos, Garibaldi devuelve un cine que se niega a la globalización estética. Es, en definitiva, una película que renuncia a lo idéntico para rescatar y devolvernos el eco de nuestra propia, libre e imprescindible rareza.