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    Un fascinante micromundo giratorio llega al anfiteatro del Sodre

    Cuando se acaba la cuerda, prodigiosa obra de teatro de objetos de Paula Evans y Diego Azar, estará del miércoles 5 al domingo 9 en el espacio para 36 espectadores situado en el hall del Auditorio Adela Reta

    Una cajita de música. Tan mínimo como una cajita de música. Y tan inabarcable como una cajita de música. En uno de esos objetos entrañables y misteriosos, que nos conectan con la magia de la infancia, transcurre esta historia. Pero se trata de una verdadera cajota de música, porque es del tamaño de una cama. De hecho, está construida con una cama de una plaza como base para la estructura. Esta caja simula ser un edificio y está habitada por un puñado de diminutas bailarinas que viven en cada uno de los apartamentos. Son algo así como títeres de carne y hueso, animados con las manos y los pies de una sola titiritera.

    Cuando se acaba la cuerda, obra de teatro de objetos para un puñado de espectadores, estrenada en 2025 en espacios reducidos y caseros de la ciudad, es una creación tan extraordinaria como única de Paula Evans; ella es quien está a cargo de la dramaturgia, la dirección, el diseño de la escenografía y el vestuario de la obra y, sobre todo, de la interpretación. Su trabajo se puede dividir entre manipulación, con manos y dedos, y algo que se podría llamar pedipulación, algo así como la animación de personajes con los pies. De ella solo vemos sus extremidades, no su rostro.

    A un costado, sentado frente a un teclado, está el músico Diego Azar, compositor, intérprete e ingeniero de sonido vinculado a múltiples proyectos, entre ellos la Orquesta Subtropical, conjunto que lidera desde hace más de una década. Azar, autor de la música original y el diseño sonoro de la obra, interpreta en vivo la banda sonora. Su instrumento tiene la apariencia de un teclado, pero en realidad es un complejo sistema informático experimental, programado por él, que produce sonidos digitales a partir de directivas análogas que el músico genera mediante comandos de voz, la digitación en el teclado y movimientos codificados de sus manos en el aire. Sí, así, con las manos surcando el aire.

    Con su voz y sus manos, Azar no solo genera la banda sonora, sino que, en forma sincrónica, comanda los mecanismos y automatismos que abren y cierran las puertitas y ventanitas de nuestro edificio, y enciende y apaga las decenas de focos que lo iluminan. Una demencia, tan increíble como fascinante. Un desafío a los sentidos, que no acreditan lo que perciben.

    El sonido sintetizado que produce con su máquina inefable es un prodigio de expresividad: no hay voces, aunque hay ruiditos que las emulan; no hay notas ni instrumentos conocidos. Lo que hay es una sonoridad estrambótica y sugerente, que ofrece un marco auditivo tan único como el artefacto escenográfico que alberga la historia. Hay que verlo dibujar con sus manos en el aire. Todo sucede en tiempo real, sin grabaciones. Mientras Evans mueve los personajes, Azar mueve el aire con el sonido.

    El originalísimo dispositivo escénico, construido en forma artesanal por esta dupla creativa, contiene pequeñas puertas, ventanas, pisos, techos y paredes internas, una verdadera maqueta a escala de un edificio, con su fachada de ladrillos, que permite al público apreciar lo que sucede en cada una de las pequeñas viviendas. También posee iluminación propia: todos los apartamentos son alumbrados con pequeños focos led. En la parte baja, una tapa rebatible permite ver las piernas de la bailarina que baila sobre sí misma, frente a su reflejo en un espejo, mientras dura la cuerda.

    Con estos dos formidables artefactos, el escénico y el sonoro, Evans y Azar cuentan una historia tan sencilla como atrapante. La de un grupo de vecinas inicialmente aisladas, como si estuvieran en lo peor de la pandemia, que de a poco comienzan a vincularse. Una está en el living, con una mecedora; otra está sentada en el baño leyendo Crimen y castigo; otra, en la cocina; y otra durmiendo en su cama. Recordemos que cada una de estas pequeñas copropietarias es animada con los dedos de las manos de Paula Evans. Mientras la mano izquierda está en el cuarto piso, la derecha está en el segundo. La magia sucede en cada segundo de esta pequeña maravilla. Y se redobla cuando las vecinas se buscan y se encuentran. Mejor no revelar más detalles.

    “Esta cajita de música gigante es producto de dos años de trabajo”, dice Evans en una publicación en su cuenta de Instagram. “Comenzó siendo una cama de una plaza, pasó por la etapa de carpintería para luego pasar a la del exhaustivo trabajo artesanal y tecnológico. Quienes la ven funcionar tienen la impresión de estar ante un objeto mecánico de madera y engranajes, y, si bien eso no deja de ser cierto, también hay varias computadoras en red programadas para mover motores, cambiar luces y generar piezas musicales a partir de la voz hablada”.

    Cuando se acaba la cuerda revela un mundo ínfimo y cautivante, hecho de las pequeñas rutinas de la vida cotidiana de las bailarinas, con su naturaleza giratoria. Un deslumbrante microuniverso giratorio. Con entradas en venta en Tickantel ($ 600), este espectáculo de formato único en la escena uruguaya —y posiblemente mundial— podrá verse en el anfiteatro del Auditorio Adela Reta durante las próximas dos semanas, del miércoles 5 al domingo 9 y del miércoles 2 de setiembre al domingo 6. Son solo 36 espectadores por función. Corran a verlo, antes de que se acabe la cuerda.