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    En el Museo Gurvich se exhibe ‘La escala Podestá: una exposición de maquetas e ideas para la ciudad’

    Con la curaduría del arquitecto Federico Lagomarsino, la muestra gira en torno al peculiar concepto de escala de Octavio Podestá, el escultor de 97 años presente en varios barrios montevideanos

    Que Octavio Podestá (Montevideo, 1929) es uno de los mayores maestros de la escultura uruguaya no es novedad. Que su obra está integrada al paisaje urbano montevideano tampoco lo es. Posiblemente lo novedoso se encuentre en su proceso creativo: en su experimentación con materiales de desecho o encontrados en la calle, en la curiosidad que mantiene a sus 97 años, en su poder de proyección desde lo pequeño y artesanal a lo monumental. De eso se trata La escala Podestá: una exposición de maquetas e ideas para la ciudad, que, con curaduría del arquitecto Federico Lagomarsino, se exhibe hasta el 19 de octubre en el Museo Gurvich.

    En el medio cultural y para el público que lo sigue, Toto —apodo que Podestá tiene desde niño— es un artista afable, tan respetado como querido. Y ese cariño se vio el día de la inauguración de la muestra. “La gente vino por la obra, pero sobre todo a verlo a él”, dice Lagomarsino en la sala del cuarto piso donde se exponen las maquetas.

    Acorde con la naturaleza de la muestra, las maquetas se exhiben en mesas con caballete como si estuvieran en un taller. No todas las que ahora integran la exposición llegaron a ser esculturas de grandes dimensiones, algunas quedaron solo como una idea sin concretar. “Al final esa maqueta quedó en la nada”, dice una de las frases que en la pared acompañan la exposición. Esas frases las seleccionó Lagomarsino de sus apuntes, en los que fue recogiendo las conversaciones que mantuvo con Podestá en la preparación de la muestra.

    “Me reuní con él y le conté algunas de mis ideas. Pero él me dijo que quería una exposición de maquetas, que lo venía pensando desde hacía tiempo. Tiene muchísimas y nunca habían sido expuestas. Él no es un hombre de museo”, dice el curador.

    Uno de los diálogos que registró en sus apuntes también aparece en el texto que escribió para la muestra y que en breve integrarán el catálogo:

    —¿Por qué hacer una exposición de tus maquetas?

    —Porque nunca nadie las vio.

    —¿Y eso es suficiente?

    —Sí. Y también porque son ideas. Y porque me gustan como futuras esculturas. Aunque no se van a hacer: por el tiempo que llevaría hacerlas y por el tiempo que yo tengo.

    Maquetas de la muestra La escala Podestá.

    Maquetas de la muestra La escala Podestá.

    En el taller que Podestá tiene en su casa de La Blanqueada —un verdadero enjambre de poleas de las que cuelgan objetos pesados e indescifrables, cadenas, ganchos, trozos de chatarra y de cables, de planchas de espuma plast, de madera y mucho hierro— hay dos tipos de maquetas: unas que se transformaron en obras de acero o con materiales resistentes que se exhiben en las calles y plazas de la ciudad; otras, elaboradas con materiales diversos: tapitas de pinturas, cilindros de cartón de papel higiénico, caños de plástico unidos, cajas de leche, partes de bidones de agua. “Le sugerí que seleccionáramos estas últimas para la muestra. Él da testimonio de que no hay limitaciones materiales si querés pensar en forma creativa. No se necesita mármol o acero”, señala Lagomarsino.

    Para el curador, son “maquetas para pensar”, proyectivas, que fueron hechas en diferentes épocas y no tienen una fecha. Algunas sí pueden ubicarse en el tiempo, como la que hizo en homenaje a Liber Seregni en el cruce de bulevar España y bulevar Artigas. Pero entre las que se volvieron esculturas de grandes dimensiones, de pronto aparece una pequeñísima, como si fuera un muñequito hecho de papel. Allí está la mano artesanal de Podestá, la del artista minucioso que puede ensamblar lo mínimo y volverlo enorme.

    Lagomarsino fue curador de la Bienal de Venecia de Arquitectura en 2021, también de una muestra producida por los talleres de la Facultad de Arquitectura y ahora está preparando otra muestra para la Bienal de Buenos Aires en octubre.

    Autor de la nueva cúpula del Palacio Salvo, el arquitecto es la primera vez que incursiona en el formato curador-artista. “A veces el rol de la curaduría no está claro y se confunde con la autoría del proyecto. Pero este formato es diferente con un artista consagrado que sabe lo que quiere hacer. Cuando empecé a revisar las maquetas y a seleccionarlas con él, también revisé la idea de la curaduría, que no es solo para exhibir la obra, sino para pensar un discurso o para amplificar lo que hace el artista. Es como levantarle el volumen”.

    Y en ese “levantar el volumen”, aparece una concepción de la escultura que Podestá trae de su generación y de su época desde Bellas Artes. “Él me decía que sus maquetas no tienen escala, y yo, que vengo de la arquitectura, donde lo primero es ver el lugar, me encontré con que él hace lo inverso. Alguien elige la maqueta y él va al espacio y mide a veces con un palo. Es algo interesante, parece muy simple e intuitivo. Quise insistir en eso, para el arte no hay un límite de altura”.

    Por otro lado, algo que le impresionó al curador es que Podestá no dibuja, lo hace directo de su cabeza a las manos.

    Octavio Podestá en el Museo Gurvich.

    Octavio Podestá en el Museo Gurvich.

    Un pequeño gran Toto

    Como si fuera un personaje de Alicia en el país de las maravillas, en una de las paredes de la sala hay un Toto muy pequeñito que se va agrandando, o viceversa. Fue una forma divertida que encontró Lagomarsino para representar la idea de escala con la figura del propio artista ploteada en la pared. “Es un Podestá que está al doble de su tamaño y va pasando por diferentes escalas hasta llegar a él 100 veces más chico. Vienen muchos niños al museo y es una forma de explicarles la idea de escala”.

    Hay un espacio en la escala dejado a propósito para las fotos. Podestá posó allí con “sus otros Podestá” y llevó la misma boina a cuadros de las fotos. Un Toto de pura cepa. Los visitantes también se sacaron fotos entre los Totos, y la idea de Lagomarsino convirtió esa pared en un éxito.

    En el entrepiso la muestra sigue con una filmación de su montaje y otras piezas curiosas. Una está hecha con restos de un maple de huevos y parecen las crestas de un animal prehistórico. “¿Cómo se hace esto más grande?”, se pregunta Lagomarsino. “Hay cosas que son imposibles de escalar”. Para otra utilizó los brackets que le proporcionó el dentista, y compuso una especie de árbol onírico.

    También hay un carro con pala que ideó para el barrido de las calles montevideanas y es una de las ideas concretas para la ciudad. “Le propuso a Mariano Arana (cuando era intendente) hacer barrenderas móviles. Imaginate un funcionario cargando esto para barrer la ciudad”, dice Lagomarsino. Es difícil de imaginar, y Arana tampoco pudo hacerlo. Le dijo que no a la propuesta de Podestá y le dijo también que estaba loco.

    En ese entrepiso, hay dos obras que se destacan por su delicadeza: una es la maqueta de un mural que hizo para la ferretería Herracor, que fue el único cliente que no le negoció los costos de la obra. El mural terminó teniendo grandes dimensiones, pero su maqueta es una pequeña pieza de arte que, como tal, lleva la firma de su creador.

    Pieza de la muestra La escala Podestá.

    Pieza de la muestra La escala Podestá.

    La otra pieza destacada está dentro de un mueble rectangular abierto en su base. Allí el visitante mete su cabeza y puede ver una preciosa obra iluminada desde arriba, como si fuera una artista bajo los focos del escenario. Y así iluminada es una pieza bellísima. Lagomarsino concibió esa experiencia como un juego, para que hubiera una obra sin ninguna referencia de escala.

    También como juego hay unos binoculares con los que se pueden enfocar, o desenfocar, las obras que están en el piso de abajo, y remiten a los binoculares que aparecen en el afiche de la muestra. “Él tiene unos en su taller y los usa al revés. Mira la maqueta y ve el entorno más grande como si estuviera en la ciudad”, dice el curador.

    Para Lagomarsino, el trabajo con Podestá derribó un poco ese mito que dice que es mejor no conocer al artista que se admira para no decepcionarse. Por el contrario, él fue a buscar la obra de Podestá y descubrió al hombre afable que escucha y habla mucho; que tiene un relato para cada obra y que se acuerda de todo. Descubrió a Toto, un maestro de la escultura uruguaya. Y de sus maquetas.