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    Un magistral pandemonio: así es ‘Una batalla tras otra’, la imperdible nueva película con Leonardo DiCaprio

    Paul Thomas Anderson reafirma su maestría en el cine con su obra más explosiva y política a la fecha

    El personal de la distribuidora de cine omitió avisar que la función destinada a la prensa y a espectadores sin credencial ni procedencia clara había arrancado antes de lo previsto. La cita en las salas céntricas era a las diez en punto, pero un proyector caprichoso se adelantó, como si obedeciera al ritmo impaciente de la película convocante. El ingreso atolondrado se convirtió en una búsqueda apurada de una butaca entre el sonido de balazos que ya retumbaban. El remordimiento por una charla extendida con un colega y el enfado por la falta de tacto de quienes proyectaban quedaron, por suerte, de lado.

    En la pantalla, vestido de pies a cabeza de negro y con una desarreglada cinta roja en su brazo, Leonardo DiCaprio ya corría y plantaba bombas durante un asalto a un centro de detención de inmigrantes en la frontera entre California y Tijuana. Así, casi que sin preámbulo y con una energía caótica, comenzaba una de las películas más frenéticas y deslumbrantes del año: la imperdible Una batalla tras otra, que se estrena este jueves 25.

    Paul Thomas Anderson, un cineasta mayúsculo, ha regresado y ha venido por el cine de gran espectáculo de Hollywood. La ambición de quien hasta ahora era entendido como un cineasta de autor (y, según él, uno con dificultades para la taquilla) fue correspondida por el estudio Warner Bros., que le dio el mayor presupuesto de su carrera, US$ 140 millones, y la posibilidad de reclutar a la estrella que se le escapó casi 30 años atrás, cuando DiCaprio optó por protagonizar Titanic en lugar de Boogie Nights.

    Ha pasado el tiempo. Aquel joven cineasta prodigio, que tuvo un comienzo conflictivo con los estudios gracias a su ambición desmedida y su asertivo orgullo, se consolidó como uno de los autores fundamentales del cine contemporáneo (cuatro de sus obras fueron votadas recientemente como parte de las 100 mejores películas del siglo XXI, según el New York Times) y es, desde hace un tiempo, un hombre de familia.

    Esta faceta personal resulta más que visible al terminar esta violenta pero también hilarante odisea sobre la búsqueda de un padre por su hija. En el medio, se libra una batalla política por el alma de un país que la perdió hace tiempo. Hacia el final de los créditos, en los agradecimientos aparece la mención de PTA (seudónimo que la cinefilia ha instaurado) a su esposa, la comediante Maya Rudolph, y a los cuatro hijos de ambos: Pearl, Lucille, Ida y Jack.

    Este tributo íntimo en pantalla es también parte de un motivo recurrente en la obra del cineasta: los lazos de sangre y la búsqueda de pertenencia; desde la creación de la familia sustituta en el mundo del cine pornográfico de Boogie Nights, que compensa la necesidad de un hogar con la camaradería profesional, hasta el trauma infantil y el patetismo paternal de Magnolia. Incluso en sus épicas históricas, como Petróleo sangriento, el núcleo emocional se encuentra en la exploración del fracaso del progenitor y el peso de esas decisiones en la generación que le sigue.

    Para el cineasta, la humanidad es lo único que nunca pasa de moda. Por ello, en Una batalla tras otra, sitúa a personajes que se hacen querer pese a sus falencias en situaciones límite para exponer lo absurdo de la naturaleza humana y del presente político de su país, sin dejar de lado un humor chabacano que a algunos tomará por sorpresa, aunque no debería. Que una erección sea una de las primeras inflexiones dramáticas de la película en el autor que nos dio a Dirk Diggler no debería ser una sorpresa.

    La gestación de esta mirada, sin embargo, fue tan prolongada como sus temas urgentes. PTA ha dicho que el origen de Una batalla tras otra se remonta a hace 20 años, cuando su objetivo inicial era hacer una película de acción y persecuciones. Cada dos o tres años volvía al proyecto. En paralelo, tuvo la idea de adaptar Vineland (Tusquets Editores), del misterioso escritor estadounidense Thomas Pynchon, un libro promocionado como “la gran novela sobre los movimientos radicales de los sesenta”, escrita en los ochenta. Al preguntarse qué significaría esa obra 20 años después, mientras coqueteaba con ella y con la idea de una mujer revolucionaria como personaje principal, PTA comenzó a unir los hilos.

    El camino hacia la película incluyó una pausa crucial: Licorice Pizza, su anterior película. Aunque el guion de Una batalla tras otra estaba avanzado, el director y su equipo se toparon con un obstáculo: encontrar a Willa, la hija adolescente del protagonista interpretado por DiCaprio. La búsqueda fue tan crítica que frenaron el proyecto hasta hallar a la actriz indicada. Mientras esperaban, surgió Licorice Pizza como interludio creativo. Finalmente, la elección recayó en Chase Infiniti, una debutante y una revelación. Anderson afirmó que el proyecto llevaba 20 años esperando porque Infiniti aún no había nacido. Encontrarla le confirmó que era momento de pisar el acelerador.

    ¿Quién es Willa, entonces? Es el combustible que prende fuego a Una batalla tras otra: la hija de Ghetto Patt (DiCaprio), el revolucionario que, junto a su compañera de crimen, la imparable Perfidia Jones (Teyana Taylor), vemos al comienzo de la película. Ellos viven un amor explosivo. El frenesí sexual y el combativo se confunden constantemente, como parte de los French 75, un grupo de revolucionarios con demandas antifascistas y antirracistas inspirado en la extrema izquierda californiana de los sesenta y setenta.

    Embed - Una batalla tras otra | Tráiler Oficial 2 | Subtitulado

    Tras la tumultuosa secuencia inicial, la historia da un salto temporal de 16 años a la actualidad, donde Pat, ahora bajo el alias de Bob Ferguson, vive escondido. La revolución ha quedado atrás y Bob intenta criar a su hija en una comunidad rural del norte de California, consumido por una paranoia constante, adormecido por el humo de la marihuana y consolado por la compañía que solo viejas películas revolucionarias como La batalla de Argelia (1966) le pueden dar.

    Bob sigue enamorado de Perfidia, un amor que le destrozó el corazón y lo dejó incapacitado para avanzar más allá de una vida de reclusión. La desconexión generacional con su hija se vuelve aún palpable a través de pequeños gestos, como la rebelión de Willa al elegir tener un teléfono móvil, contra los deseos de su padre. Este acto, símbolo de formas de comunicación que los revolucionarios de antaño no logran comprender, refleja hasta qué punto Bob se ha convertido en una figura paterna inepta y poco preparada para la amenaza que se avecina.

    Justo cuando esta fragilidad familiar se hace evidente, la elipsis también da lugar a la aparición del antagonista principal, el coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn). Lockjaw representa lo que Bob siempre temió: el fantasma de su pasado que regresa para llevarse a su hija. Penn, formidable, encarna a este villano como un personaje despreciable, pero le inyecta una complejidad inesperada, mostrando capas de inseguridad que lo elevan por encima del arquetipo estándar.

    Esta dualidad de profundidad psicológica y destreza formal define también el estilo de PTA. El director nunca le rehuyó al espectáculo, sino que lo encara a través de la fragilidad humana. La fuerza de Una batalla tras otra no reside únicamente en la violencia que promete su título, sino en la dramática tensión de sus persecuciones, ya sea en techos con skaters o en carreteras con supremacistas blancos al volante, escenas que enmarcan la catarsis de sus protagonistas. Este efecto se logra mediante secuencias de fluidez extraordinaria, meticulosamente compuestas y editadas, donde la puesta en escena integra un presente delirante pero verosímil. El dominio de Anderson es tal que la tensión contenida puede estallar en cualquier momento a través de planos secuencia que confirman su maestría absoluta.

    Son recursos cinematográficos que sirven, a su vez, para plantear preguntas: ¿cómo se manifiestan las ideologías de la juventud cuando sus líderes se convierten en padres? Y, más importante aún: ¿puede un padre proteger a su hija de las consecuencias de su propio pasado?

    La respuesta a estos interrogantes late en el corazón mismo de la película con la relación entre Bob y Willa. Bob no es en absoluto un héroe tradicional, y DiCaprio, ya un maestro en personificar a perdedores, se encarga de ello gracias a su dominio delante de cámara de las crisis nerviosas, la comedia física y la sensación constante de desorientación.

    Como experto en explosivos de los French 75, debería tener habilidades de espionaje, pero la realidad, en una brillante e hilarante idea de PTA, lo muestra incapaz de recordar una contraseña clave, un punto que se volverá un chiste recurrente de la película. Esa incapacidad de Bob para lo que se pide de él subraya otro tema recurrente en el cineasta: la desconexión entre el idealismo juvenil y las limitaciones de la mediana edad.

    Sin embargo, la fuerza de Bob reside en su resiliencia. Su heroísmo no está en su astucia como espía, sino en el acto constante de avanzar, una y otra vez, para rescatar a Willa, secuestrada por Lockjaw y sus secuaces.

    Una batalla tras otra consolida a Paul Thomas Anderson no solo como un maestro del cine, sino como un humanista necesario. Esta épica contemporánea —thriller sin frenos y relato conmovedor sobre la paternidad— sostiene que, en un mundo fracturado, el gesto más heroico consiste simplemente en estar presente. Con convicción arrolladora, la película nos recuerda que avanzar a través del caos es un acto necesario para creer en el futuro.

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