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El escritor artiguense Luis Do Santos no ha parado de recibir elogios desde que publicó El zambullidor, en 2017, una novela que narra la historia de un niño de nueve años que descubre que su padre tiene el don (o la maldición) de encontrar a los ahogados en el río. Las repercusiones lo han llevado a sitios inimaginables desde que la primera de las cinco ediciones llegó a las librerías. La novela ha sido publicada en Brasil, Francia y España, además de transformarse en un texto de estudio utilizado en Primaria, Secundaria, Formación Docente y Facultad de Humanidades.
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“Puedo escribir un libro con lo que ha pasado con El zambullidor, porque me ha llevado desde la cárcel de Salto al Instituto Cervantes de París. Además, fue impresionante lo que sucedió en mi pueblo porque por primera vez se presentó un libro allí y se dio la particularidad de que muchos de los que estaban presentes habían sido utilizados como personajes”, dijo a Búsqueda desde Salto, la ciudad en la que está radicado desde 1990.
El escritor nació en 1967 y se crio en Calpica, un pueblo de cañaverales ubicado a orillas del río Uruguay, en el departamento de Artigas. El sitio surgió en la década de 1940 cuando la caña de azúcar llegó al norte gracias al desarrollo de los sistemas de riego. Desde entonces los pobladores viven del cultivo azucarero: los cañeros, que son los que plantan; los peludos, que son los zafrales, y los que trabajaban en el riego. La caña de azúcar garantiza trabajo todo el año y permite que hoy en día vivan allí mil personas, aunque la cifra crece durante la zafra de invierno. En 1984 el pueblo cambió el nombre y pasó a llamarse centro poblado Mones Quintela, aunque todos siguen llamándolo Calpica.
El-zambullidor_tapa
En los tiempos de la fundación, el pueblo tenía la particularidad de que no había presencia del Estado. Una cooperativa se encargaba del suministro de agua y había un único generador que alumbraba las casas. Calpica está ubicado en la triple frontera: al otro lado del río Uruguay está la provincia argentina de Corrientes y cruzando el río Cuareim se encuentra Barra do Quaraí en Brasil. Luis se crio viendo a su madre cruzar la frontera para un lado o el otro a hacer los mandados según la conveniencia del cambio.
El autor desarrolló su universo literario a partir de los personajes que conoció y las vivencias que experimentó en Calpica. A los doce años se mudó a un internado en San José y terminó el liceo en esa ciudad. Mientras compartía las jornadas junto a doscientos jóvenes que habían llegado desde todo el país encontró en la biblioteca un ejemplar de Cien años de soledad, el clásico de Gabriel García Márquez. “Recuerdo el impacto que me produjo. Me llevaba el libro al comedor porque no podía parar de leer. Veía muchas historias muy parecidas a las que pasaban en mi pueblo y pensaba que algún día lo podría contar. Lo mío no es realismo mágico, es realismo puro y duro”, dijo. Ni en el pueblo ni en la casa del autor había libros y aquella experiencia lectora lo agarró desprevenido y lo marcó para siempre.
Por aquel entonces también conoció a Horacio Quiroga. Cada noche, uno de los responsables del internado leía los cuentos a los adolescentes y Luis no salía de su asombro. “Fui entrando en ese mundo tan particular, de naturaleza tan viva, tan potente, como el que había dejado atrás en Calpica hacía poco tiempo”, dijo. Tanto se fascinó que siendo adolescente le dedicó una poesía: No importan Quiroga los plagios del tiempo / los magros olvidos, los falsos lamentos / tu pluma deshace misterios y vuela / cual pájaro ciego desgarrando el viento. Tiempo más tarde, en 2000, la obra de Quiroga lo alentó a escribir el repertorio de una murga salteña para la que escribe. El conjunto ganó el primer premio.
Escrito con una prosa exquisita, El zambullidor relata las andanzas de los personajes de un Uruguay olvidado a través de una sucesión de imágenes. “Escribo desde la memoria. Soy un militante de la memoria. Mi aporte a la historia es tratar de que esas vivencias no se pierdan. Si las escribo, en algún punto van a sobrevivir. La gente que vive en mi pueblo no tiene otra posibilidad de que alguien los recuerde en el futuro y sus historias se pierden para siempre. A veces puede ser quijotesco, pero tal vez queden. Soy un contador de historias, no sé analizar lo que escribo, no juzgo a los personajes, los dejo ir. Escribo a mitad de camino entre la pasión y el instinto. No tengo formación académica. Soy tan solo un lector”, dijo Do Santos.
Desde que partió, Luis volvió a su pueblo solo en las vacaciones y le quedó marcado el día que viajaba en la Onda por la ruta 3 y vio el cartel: “Bienvenidos a San José”. “Ese día empecé a ser otro. Una mujer me preguntó un día en un club de lectura si yo había vivido algún quiebre en mi vida como le sucedió al protagonista de la novela. Tal vez haya algo de eso. Escribo para sanar la ausencia que me quedó cuando me fui del pueblo a los doce años, lejos de mis padres, de mis amigos y del río. Me fui a un lugar donde no conocía a nadie, a convivir con otra gente. Siempre estoy volviendo en mis pensamientos y en la escritura”, dijo.
El-zambullidor-de-Luis-Do-Santos
La naturaleza y el río protagonizan la literatura de Do Santos porque el entorno en el que viven moldea la forma de ser de los personajes. “Ahí hay que sobrevivir y ellos se adaptan a comer del río, a que el río les lleve alguno cada tanto, a las sequías y a las crecidas. Mi literatura es como el río: tiene vuelcos trágicos, pero también tiene ternura y belleza”, sostuvo el autor.
Es difícil leer al artiguense sin pensar en la escritora entrerriana Selva Almada, una de las voces más lúcidas de la literatura latinoamericana en la actualidad. “(la novela) No es un río me la recomendó (el escritor) Damián González Bertolino, que ni bien la leyó se acordó inmediatamente de mí. Cuando la leí me sentí muy cómodo, muy en mi ambiente, un escenario que parecía conocer muy bien. Y me encantó. Creo que trabajamos temas literarios en común: la memoria, la culpa, el duelo, las pérdidas y la violencia. Y por supuesto, el río. En nosotros es una marca imposible de separar de la obra. Es más que un personaje, es un símbolo. Representa el tiempo, el fluir de la memoria, aquel lugar donde nada termina de borrarse para siempre”.
París
El traductor de El zambullidor al francés, Antoine Barral, se encontró en un evento en la embajada uruguaya en Francia con la directora del Instituto Cervantes de París y le regaló un ejemplar. La académica quedó fascinada y se le ocurrió trabajar con la novela en un grupo que aprendía el idioma español. En 2023 Luis realizó una gira por Europa. Visitó las ferias del libro de Montpellier, Valencia y Madrid. A su vez, fue entrevistado en la Radio Francia Internacional.
Pero, más allá de las repercusiones en otras partes del mundo y la incorporación de la novela en planes de estudio, lo que más impactó a Do Santos fue lo que sucedió en la cárcel de Salto en 2022. Un docente que preparaba a los presos para el bachillerato lo invitó a realizar el cierre de cursos. El texto había sido abordado en clase durante todo el año. Además de leerlo en voz alta, los reclusos se habían animado a analizar la forma de actuar de cada uno de los personajes. El autor ingresó a la cárcel, dejó la cédula en la puerta, entró acompañado por un policía y se llevó una gran sorpresa al ver que lo esperaban cincuenta personas. La mayoría eran jóvenes de menos de treinta años, aunque también había algún cincuentón. “Fue algo extraordinario. Me saludaron, escucharon la charla con atención y me hicieron las mejores preguntas que he recibido en las presentaciones porque eran íntimas, orientadas a la relación del niño con su padre”, dijo el novelista. Un recluso le preguntó si él era el niño que protagoniza la historia. “Un poco sí y un poco no”, respondió.
Los presos leyeron los textos que escribieron durante el año acerca de los personajes y, como broche de oro, montaron una obra de teatro recreando escenas del libro a través de los fragmentos que aprendieron de memoria.
Críticas
Varias figuras destacadas del ambiente cultural han escrito comentarios muy favorables sobre El zambullidor. En el prólogo de la edición brasileña, la crítica literaria Paula Sperb escribió: “La obra de Luis do Santos me causó la sensación de estar delante de un clásico”. En Uruguay, Valentín Trujillo (periodista, escritor, exdirector de la Biblioteca Nacional) elogió al autor: “Aparece como una voz importante desde el norte, recostada sobre el río bautismal, engañoso, erizado por el viento norte como el pelo de un gato enojado, peligroso, vientre y catacumba, según el viento, las corrientes o el ánimo imprevisible de los personajes”. La construcción de los protagonistas de la historia también recibió elogios por parte de la periodista Débora Quiring (actual directora de Cultura de la Intendencia de Montevideo), quien en 2018 los definió como maravillosos: “Por una u otra razón, nunca resultan funcionales al mundo que los rodea”, escribió en la diaria.
Antes de El zambullidor, Do Santos había publicado una novela titulada La última frontera. Narra la historia de Pedro Serpa, un hombre que cosechó prestigio entre los pobladores luego de matar un lobizón. La obra está inspirada en la familia paterna de Luis, un hombre oriundo de un pueblo de Río Grande del Sur rodeado de arrozales llamado João Arregue. La trama sucede en una localidad ficticia llamada Abaité, que viene de la lengua de la tribu tupí. El escritor tiene pronto su nuevo libro y anunció a Búsqueda que llegará a las librerías a mediados de este año.
Do Santos jamás ha abandonado la escritura pese a que lleva décadas trabajando para una cooperativa de consumo que cada vez demanda más horas de su tiempo. La firma cuenta con tres locales y emplea a setenta personas. El escritor comenzó como cadete en 1993, fue reponedor de góndolas, hizo repartos, trabajó en la fiambrería y, luego de varios concursos, hoy dirige el negocio como gerente general. Está a punto de jubilarse y espera ansioso abandonar las responsabilidades laborales y ocupar esas horas en la escritura.