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    martes 04 de junio de 2024

    El viento que arrasa: así es como Paula Hernández lleva a Selva Almada al cine

    La película, una coproducción entre Uruguay y Argentina, se luce por sus actuaciones y creación de atmósferas

    A la cineasta argentina Paula Hernández le agrada cocinar a fuego lento. En sus últimas películas, Los sonámbulos (2019) y Las siamesas (2020), se destaca su minuciosidad para descomponer los males que tensan y asfixian los lazos familiares. El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, que le dedicó una retrospectiva en 2020, calificó su filmografía atendiendo a otro detalle: el de Hernández es, también, un cine sobre el mundo de los afectos.

    Combinar su cine con la literatura de la escritora argentina Selva Almada, celebrada por explorar con belleza la crudeza del interior argentino de la mano de personajes tan vívidos como sus atmósferas, parece ser una receta prometedora.

    El viento que arrasa, ahora en salas, es una coproducción entre Argentina y Uruguay que tiene entre sus productoras a Cimarrón Cine. En los últimos años la productora ha sabido explotar con buenos resultados el trabajo en conjunto con el talento audiovisual regional e incluso más allá, como fue el caso de La sociedad de la nieve, para la que prestó servicios de producción. Tras adquirir los derechos de la novela, publicada por Almada en 2012, la productora sintió que había algo en el universo narrativo de la escritora entrerriana que podría interesarle a Hernández.

    Según relató la directora en una entrevista en el programa Corre Cámara, al leer El viento que arrasa (Literatura Random House), se encontró con cuatro personajes espectaculares inmersos en un mundo que le permitirían explorar temas reconocibles para ella, como lo familiar y lo endogámico, pero desde nuevas perspectivas, entre ellas la religiosa o la rural. Esta salida de su zona de confort le provocó el suficiente atractivo para que aceptara la propuesta.

    Los personajes principales de la película son una hija llamada Leni, interpretada por la actriz argentina Almudena González, y su padre, Pearson, interpretado por el chileno Alfredo Castro. La directora y guionista establece la conexión entre ellos y la audiencia a través de un recurso que utilizará constantemente a lo largo de la película: la mirada. Padre e hija trabajan juntos. Las temblorosas manos de él se mueven en el aire mientras ella las observa desde detrás de unas tablas en un granero, donde están ejecutando y grabando, con una casetera, un exorcismo.

    El reverendo Pearson intenta quitarle el demonio que tiene dentro una mujer y para ello debe dirigirse a un grupo de seguidores. Necesita de su público y de su fuerza. “Elevemos nuestros corazones, hermanos, y alabemos al Señor”, les exclama. Ellos repiten. Él lleva consigo la palabra de Dios y tiene la atención y devoción de quienes estén ahí para oírlo.

    En su adaptación de la novela, Hernández optó por el punto de vista de Leni, la hija, una elección que difiere significativamente de la estructura narrativa original de Almada, en la que los personajes van teniendo su propio espacio y voz. Posteriormente, también se propuso evitar la fragmentación temporal presente en la obra original, en la que se recurre a flashbacks que van y vienen en el tiempo. En lugar de ello, se centró en encontrar una línea de tiempo anclada en el presente e introducir eventos pasados mediante los diálogos de los personajes.

    Si bien se desvía en algunos aspectos de la novela, Hernández captura la esencia de su historia con un lenguaje visual de impacto y con emociones y personajes potentes, viscerales.

    La película promete una road movie hasta que rompe con esa ilusión. En su misión evangélica por algún rincón de la región del Chaco (varias locaciones de la película son en realidad uruguayas), los Pearson sufren un percance automovilístico que los lleva a detenerse en un taller mecánico. Su dueño es el Gringo, un hombre tosco, barbudo y corpulento representado por Sergi López. El Gringo tiene otros mandatos muy diferentes a los de sus clientes. Él vive ajeno a la fe y es en cambio un hombre que responde a sus propias creencias, como la de una buena bebida fría luego de haber trabajado una tarde entera con las manos. Junto a él se encuentra su hijo Tapioca, un joven vulnerable interpretado por Joaquín Acebo.

    Con el encuentro de estos dos núcleos familiares, Hernández explora cómo la religión y la espiritualidad pueden unir o dividir a las personas, y cómo el perdón y la aceptación personal pueden ser caminos hacia la sanación y la paz interior. El viento que arrasa nos sumerge en un mundo lleno de matices y ambigüedades, en el que la salvación y la condenación coexisten, y en el que el autoconocimiento y la comprensión mutua parecen ser cruciales para alcanzar al menos una liberación del sufrimiento que traen las ataduras con el pasado.

    La tensión en el ambiente se intensifica gracias a la perspectiva femenina que Hernández elige para mostrar cómo su protagonista se sitúa en un mundo dominado por los hombres. Leni se encuentra atrapada entre sus propios deseos y las expectativas impuestas por su padre. Conforme los personajes enfrentan sus propios conflictos internos y las limitaciones de su relación padre-hija, el equilibrio entre lo espiritual y lo racional comienza a desmoronarse, como partes de un carro muy oxidado.

    Desde la primera escena, que bien podría ser parte de la primera temporada de True Detective, se crea una atmósfera sutilmente inquietante. Leni es primero una joven que admira cómo su padre predica las palabras del Señor, pero pronto su admiración se transforma en curiosidad cuando ve cómo choca poco a poco con el mecánico que les ofrece hospitalidad mientras arregla su auto. Este encuentro marca el principal conflicto de la trama al explorar las complejidades de la convivencia entre diferentes creencias y estilos de vida, pero sobre todo marca el punto de partida para el clamor que Leni hará por su propia independencia.

    El viento que arrasa sucede en un entorno vasto, pero su atractivo reside en su escala pequeña. En el hogar desmoronado de Gringo y Tapioca, Hernández también convierte otro elemento notable en la obra de Almada en un punto focal: la naturaleza. La experiencia cinematográfica se vuelve rica y absorbente cuando, con paciencia, nos entregamos al ritmo de la película y empezamos a notar todos sus detalles. Desde una lluvia furiosa hasta un calor sofocante que hace que el taller se impregne de grasa y mugre, todo adquiere un aspecto sucio pero cautivador.

    El enfrentamiento interpretativo entre Castro y López es para alquilar balcones, y recuerda el impactante duelo entre Luis Zahera y Denis Ménochet en Las bestias (2022), aunque menos intenso. Sin embargo, son González y Acebo quienes llevan el corazón de la película, y nos producen empatía por esos dos jóvenes atrapados en los problemas de sus padres.

    Con actuaciones pacientes y conmovedoras respaldadas por un sólido elenco, esta película se presenta como una obra adulta poderosa y refuerza la importancia de narrar historias regionales con creatividad y sensibilidad. Como agregado, se enriquece con varios elementos autóctonos: algunos lugares del interior uruguayo, la música de Luciano Supervielle y la presencia de figuras reconocidas para los uruguayos, como Horacio Camandule o Raúl el Flaco Castro.

    Vida Cultural
    2024-05-29T23:39:00