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A lo largo de sus más de siete décadas en el arte y el entretenimiento (una faceta que en su caso no era menor), Rada fue capaz, como muy pocos artistas uruguayos, de ofrecernos “salidas” a nuestro gris habitual, a nuestra muy gallega melancolía, a nuestro ritmo cansino, al frío de nuestras casas y veredas en el invierno
Es historia conocida: cada vez que aparece el fantasma de una crisis económica, tenemos la certeza de que los primeros recortes presupuestales van a ser en cultura. La cultura y el arte se nos presentan siempre como la parte más blanda del tejido social, la que se puede recortar o desechar sin que eso cause el menor impacto en nuestras vidas. Recordando cuál fue el papel de la cultura (las series, la música) durante la pandemia, uno diría que la cosa quizá no es tan así. Que la cultura no es precisamente lo menos importante de nuestra existencia.
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La reacción popular ante la muerte del maestro Ruben Rada parece decir algo parecido: quizá el arte y la música no son una parte menor de nuestra experiencia de vida. Al revés, son aquello que nos distingue del resto de las especies, aquello que nos hace humanos. Quizá sea como decían los Titãs: “No solo queremos comida; queremos comida, diversión y arte. No solo queremos comida, queremos una vía de escape hacia cualquier parte”. El agradecimiento que una parte grande de los uruguayos le mostró al Negro en el momento de su muerte puede ser entendido precisamente en esa clave: la gente necesita arroz para sobrevivir pero, para que la experiencia de estar acá, vivos, pueda ser considerada de verdad una vida, el arroz no es suficiente. Volviendo a los Titãs, quizá sea que “lo queremos todo, no a medias”.
¿Puede un artista hacer mejor la vida de las personas con las que comparte territorio? Quizá parezca ingenuo, pero estoy seguro de que sí puede. Y que esa capacidad la tenía Rada, sin la menor duda. Porque, al final del día, ¿qué es lo que hace de nuestra experiencia de vida algo mejor? Por supuesto, la respuesta variará en cada persona. Pero no es un delirio pensar que, en la capacidad de emocionarse y emocionar, de sentirse vivo, de proyectar alegría, de hacerlo con un talento tan inmenso que parecía inabarcable, anida esa posibilidad. La de que nuestra vida se proyecte gracias a esa serie de “buenas artes” hacia un terreno en donde lo emotivo y lo sensible resultan central y enriquecedor. Incluso, algo esencial.
A lo largo de sus más de siete décadas en el arte y el entretenimiento (una faceta que en su caso no era menor), Rada fue capaz, como muy pocos artistas uruguayos, de ofrecernos “salidas” a nuestro gris habitual, a nuestra muy gallega melancolía, a nuestro ritmo cansino, al frío de nuestras casas y veredas en el invierno. Y lo hizo siempre sin sacrificar un ápice de su talento, de su mirada. Sí, a veces se tiró más a “lo comercial”, un gesto que a él lo mortificaba (así lo dijo varias veces), pero que seguramente resultaba irrelevante para todos los que disfrutaron de su Cha-Cha, muchacha. Y a veces, jugándose por proyectos que a todas luces no iban a tener un alto impacto comercial, pero que eran parte de esa pulsión artística interior que lo empujaba a no dejar terreno musical sin pisar.
Por supuesto, Rada era uruguayo y prefería verse como una suerte de “payaso triste”, alguien que elige dar alegría a los demás sin nunca perder de vista la complejidad de la realidad sobre la cual se proyectaban su arte y su alegría. Pero, al mismo tiempo, era capaz de hablar de las penurias de su infancia sin jamás victimizarse. Sí, las cosas habían sido difíciles, pero había que apechugar. Por eso el Rada adulto podía contar la historia del Rada niño cuando vendía diarios viejos en la entrada del Estadio en invierno, para hacerse un mango gracias al miedo de los hinchas a que se les congelaran las nalgas. Y que en su boca esa historia seria lograra ser luminosa. Y fue esa mirada luminosa, no muy habitual entre los artistas uruguayos, parte de lo que lo hizo excepcional. El resto fue su talento. Pero el talento no alcanza para explicar el agradecimiento masivo que vivimos en estos días. Quizá también haya pesado la sensación de que alguien como Rada no se iba a morir nunca, lo que es claramente pensamiento mágico, pero que era algo casi inevitable ante su exuberante presencia.
Ruben Rada en el Palacio Peñarol, 2024.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
En el momento de su fallecimiento, el Negro Rada tenía, como siempre, varios discos prontos para salir. Porque una constante en su trayectoria fue esa: siempre fue capaz de crear más arte del que la industria musical podía capturar con sus tiempos habituales. Así siempre estaban en gateras un par de discos, que podían ser de jazz, de funk, de candombe, de rock, de plena, de lo que le diera la gana al Negro, que era prácticamente todo el espectro conocido de la música popular. También, como siempre, tenía preparados varios espectáculos, entre ellos un homenaje a Totem, banda fundamental para el rock local (y no tan local) en la que fusionó de manera absolutamente natural y magistral lo global con lo local. Inventó, de paso, lo que entonces se llamó música beat. Rada fue un talento en activo hasta el último instante.
En un texto incluido en su disco I'm new here, de 2010, el músico estadounidense Gil Scott-Heron discutía la idea de venir de un “hogar roto” e ironizaba sobre la crianza que le dio su abuela, y así cuestionaba la propia idea de venir de un “hogar roto”. Scott-Heron recordaba que su abuela lo había criado como si fuera uno más de los suyos y que “poseía más que los cinco sentidos, sabía más de lo que los libros podían enseñar y elevaba un poco más a todo aquel a quien tocaba. A su alrededor se percibía una intuición natural, como si comprendiera lo que dicen las estrellas y los pájaros, lo que dicen el viento y las nubes; un sentido del alma y del ser, ese sentido africano”. Afroamericano y de origen pobre, como Rada, Scott-Heron establecía en su texto una conexión innata con las raíces ancestrales, con la dignidad y con la sabiduría natural que son transmitidas a través de las generaciones. Y en esa conexión, entiendo, estuvo instalado el Negro durante toda su vida.
Rada produjo una de las más formidables obras artísticas de las que tenga memoria nuestro país (y el Río de la Plata, ya que estamos), y lo hizo siempre sin alejarse de la poderosa brújula interior que lo guio en toda su extensa carrera. Una brújula que, al mismo tiempo que derrochaba talento, era capaz de permanecer perfectamente conectada con su origen, con su contexto, con su deseo y con las vidas reales de todos aquellos que lo rodeábamos. Con lo que en algunas de sus letras puede confundirse con candidez, pero que no es otra cosa que esa dignidad y esa profundidad que sirven para explicar todos los sentidos homenajes que su gente, los miles de botijas de su país, quisieron hacerle en el momento de su desaparición física. Porque, aunque el Negro no esté en persona, Uruguay seguirá siendo por muchísimo tiempo una zona controlada por Rada. Gracias por hacernos un poco mejores, Negro querido. Como uruguayos y como Uruguay.