Nacido en La Habana en 1955, Padura alcanzó una reconocida dimensión literaria en un país cuya tradición en las letras es especialmente exigente, porque forman parte de ella figuras de la talla de José Martí, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante y José María Heredia. Este último es protagonista de una de las obras más emblemáticas de Padura, “La novela de mi vida” (2003), un libro que combina la historia de este poeta del siglo XIX con el exilio, el amor, la traición y la Masonería en la Cuba de hoy.
En una sociedad en la que a los intelectuales se los encasilla a favor o en contra de los hermanos Castro, Padura es un caso extraño, porque no se lo puede ubicar en ninguna de esas categorías. Él y su literatura son un caso especial. Padura es un crítico de la situación cubana, y así queda demostrado en sus relatos, que pintan con crudeza la realidad de una sociedad marcada por las dificultades económicas, el exilio y la falta de libertades. Sin embargo, está lejos de ser considerado un opositor identificado con la disidencia. Padura sigue viviendo y escribiendo en Cuba, y ahí obtuvo varios galardones, entre ellos el Premio Nacional de Literatura en 2012, a pesar de que sus libros hablan de una Cuba bastante alejada del relato oficialista.
La carrera de escritor de Padura comenzó como periodista, cuando en la década de los 80 empezó a escribir en “El caimán barbudo”, donde publicaba artículos de lo que él mismo llamó el “periodismo literario cubano”. Algunas de esas crónicas forman parte de “El viaje más largo. En busca de una ciudadanía extraviada”, uno de los libros menos conocidos de Padura por esta zona del mundo, que recoge relatos sobre la sociedad y la cultura, en los que se entremezclan vivencias de inmigrantes, historias de proxenetas, música y ron.
A mediados de los 80 escribió su primera novela, “Fiebre de caballos”, pero aún faltaban unos cuantos años para que lograra proyección internacional. El primer responsable de que eso ocurriera fue Mario Conde, el detective protagonista de las novelas policiales a través de las que Padura describe parte de las vivencias y dificultades de los cubanos. En “Pasado perfecto”, “Vientos de Cuaresma”, “Máscaras”, “Paisaje de otoño”, “Adiós, Hemingway”, “La neblina de ayer” y “La cola de la serpiente”, Padura describe a un complejo y abrumado policía que combina su trabajo con amores y desamores, copas, bailes y amigos de la vida en la colorida sociedad cubana.
Y si Conde fue el que le abrió las puertasde la literatura, “El hombre que amaba a los perros” (2009) lo terminó de consagrar en el exterior. La extensa y formidable novela sobre la vida y muerte de León Trotsky y su asesino, Ramón Mercader, que contiene una imponente reconstrucción histórica, fue traducida a una decena de idiomas y le valió varios premios en el extranjero.
A los 61 años, Padura vive junto a su esposa en la misma zona de la capital cubana en la que nació. A Lucía Coll la conoció cuando estudiaban Filología en la Universidad de La Habana. Ella trabaja con él en la edición de textos y en la redacción de guiones para series y películas. También se encarga de “evitar” los “excesos lingüísticos” del escritor y por eso Padura la considera su “soporte” para equilibrar “inseguridades”. Todos sus libros están dedicados a Lucía.
En la mañana del sábado 6, Padura recibió a galería en la terraza del hotel Alma Histórica, frente a la plaza Zabala. Allí prendió uno de los doce cigarros negros que fuma al día, mientras tomaba una de las tantas tazas de café de la jornada. Estaba cansado, porque en los pocos días que estuvo en el país mantuvo encuentros con autoridades, escritores, dio entrevistas, fue declarado Visitante Ilustre de Montevideo y ofreció una charla abierta al público en la Biblioteca Nacional.
Él y su mujer apenas tenían unas horas para recorrer Montevideo, adonde llegaron desde Buenos Aires. Y desde Uruguay, el viaje continuó hacia Brasil y Chile. Por eso Padura aún deberá esperar unos días para sentarse de nuevo frente a su ventana, observando el flamboyán y apelando a la buena disposición de sus vecinos para lograr el silencio que necesita para encarar la nueva novela de Conde en la que trabaja.
En 2012 escribió el texto “Yo quisiera ser Paul Auster”, donde se queja de que a usted en las entrevistas le preguntan más de política que de literatura, y que le gustaría que le preguntaran, por ejemplo, “cómo se construye un personaje”. ¿Cómo lo hace?
A partir de lo que me voy sacando de dentro y de lo que voy encontrando fuera. El personaje literario tiene mucho de su autor, de las partes buenas y de las partes diabólicas que tenemos todos los seres humanos, y más los escritores, y del conocimiento de la gente que lo rodea a uno. Ya casi por deformación profesional llegas a un punto en que estás tratando de entender las razones que llevaron a una persona a decirte algo, a hacer algo, a pensar de determinada manera. Todo eso te va dando las características posibles de un personaje. Pero además después viene el elemento dramatúrgico: cómo utilizar a ese personaje para que cumpla una función dentro del texto. Hay varios elementos que conforman un personaje: están los de carácter psicológico, los de carácter contextual, de exigencias literarias y exigencias dramáticas, que en su conjunto le dan forma a esa representación de una persona supuestamente real que tiene que funcionar como una persona en el territorio de la verosimilitud novelesca. En algunos casos son personajes que están inspirados en personas que conozco, incluso les utilizo el nombre. Es un juego literario.
Justamente, hablando de Paul Auster, usted dijo que sus novelas “no se mantienen al nivel que tuvieron hace 15 o 20 años”, algo que consideró lógico después de tanto tiempo. ¿Cómo hace Ud. para mantener el nivel?
Escribiendo con todas las luces de alerta encendidas. No sé si lo logro o no, es muy complicado. Lo que hago es estar muy alerta en saber que hay un punto en el que puede haber un agotamiento personal, del contexto en el que estás escribiendo. Ahora, en la novela de Conde que estoy escribiendo, les he pedido a los cuatro o cinco lectores que están leyendo la primera versión que me digan si piensan que me repito demasiado. Como soy un escritor tan inseguro, que dudo tanto, me ayudan mucho estas opiniones que vienen de afuera y me complementan en la visión de la novela.
En varias de sus novelas, como “El hombre que amaba a los perros”, “La novela de mi vida” o “Herejes”, utiliza relatos en distintos tiempos, lo que le permite construir un puzzle histórico. ¿Por qué utiliza ese recurso?
Para mí, el presente es una consecuencia de la Historia. Entonces voy a la Historia como forma de iluminar el presente. Todos somos consecuencia de una evolución que hemos vivido a través del tiempo. Y la Historia al final es una espiral que pasa muchas veces por los mismos puntos y las actitudes de las personas. Los conflictos de la gente en la sociedad pueden ser muy similares en determinadas etapas históricas. Entendiendo qué cosa nos pasó en el pasado podemos entender qué cosas nos están pasando en nuestro presente e incluso, si eres muy profético, hasta podrías tratar de entender qué puede pasar en un futuro. Creo que la Historia es una lección de lo inevitable, de determinados comportamientos, actitudes, situaciones en las que se encuentra el hombre.
¿Esa forma de escribir le genera una dificultad extra?
Sí, claro. Sería mucho más fácil escribir una novela lineal, donde todo ocurre en un tiempo preciso, con un orden cronológico. En esta que estoy escribiendo me complico mucho más en la historia, porque en lugar de escribir en el sentido del tiempo que avanza, la escribo en retroceso. Empiezo en el siglo XX y termino en el siglo XIII. Es un ejercicio bastante complicado porque a veces estás hablando de consecuencias sin que se sepan las causas. Pero es un reto, y retarme es importante para mí como escritor, por lo que hablábamos de las luces de alarma. Si lo más fácil era empezar por el principio y terminar por el final y lo más complicado era empezar por el final y terminar por el principio, pues opté por el camino más complicado.
En “Máscaras” toca el tema de la homosexualidad, en “Herejes” el judaísmo, en “La novela de mi vida” la Masonería. ¿Usted se plantea “quiero escribir una novela sobre tal tema” o van surgiendo a medida que avanza en la escritura?
Están las dos cosas. Cada novela tiene su propia historia y esa historia hace que a veces la idea general anteceda al argumento posible, y otras veces es el argumento posible el que se complementa con la idea. Casi nunca se repiten las fórmulas porque cada novela tiene su propia historia en la medida en que la escribes en un momento diferente, cambian tus capacidades como escritor, tu relación con la sociedad y con el contexto, para bien o para mal. Para mí, el gran misterio de la literatura es de dónde salen las novelas. Cómo se escriben, para qué se escriben, por qué se escriben puede tener una explicación casi racional. Me parece absolutamente misterioso, porque tiene que ver con el inconsciente o el subconsciente, no sé con cuál de los dos, es de dónde sale una idea para escribir la novela.
Varios de sus trabajos tienen una fuerte reconstrucción histórica, como “La novela de mi vida”, “El hombre que amaba a los perros” o “Herejes”. ¿Cómo la hace?
Depende. Trato de trabajar lo menos posible en bibliotecas porque significa desplazarse, estar un tiempo esperando a que te localicen el libro, yo que fumo tengo que salir de vez en cuando, si quiero tomarme un café tengo que ir a la cafetería. Entonces evito las bibliotecas, trato de consultar lo indispensable, lo que no puedo encontrar en otro lugar. Compro libros, bajo de la web, fotocopio en las bibliotecas. A veces, fotocopiar un libro en una biblioteca en España te cuesta el doble o el triple de lo que cuesta el libro, pero no lo encuentras en el mercado. Entonces prefiero pagar por ese libro para poder llevármelo a trabajar en mi casa y poder subrayar. Eso tiene un daño colateral que es que me voy llenando de papeles y de libros. La novela de Trotsky es una biblioteca, y toda la bibliografía sobre Heredia, sobre Rembrandt, sobre los judíos... Y es una bibliografía de la que no puedes desprenderte porque aunque sea un tema que has agotado, puedes recurrir de nuevo por otros motivos a partir del conocimiento que ya tienes.
El año pasado, cuando murió Henning Mankell, escribió un texto en el que decía que a través de las novelas de Wallander se podía ver la sociedad sueca, algo que también ocurre con sus novelas de Conde. ¿Es una forma de llegar a un público que de otra manera no se acercaría a lo que ocurre en esas sociedades?
Ese es un segundo objetivo. El primer objetivo es tratar de entender uno mismo la sociedad a través de un personaje que se inmiscuye en los lados más oscuros de esa sociedad y de la Historia. Creo que lo hizo (Manuel) Vázquez Montalbán con (Pepe) Carvalho; Petros Markaris con el comisario (Kostas) Jaritos, lo hizo Mankell con Wallander, lo hago yo con Conde, lo hizo en un tiempo Paco Ignacio (Taibo) con Belascoaren Shayne. Este tipo de personajes tienen el objetivo de encontrar una verdad que devela muchas mentiras y realidades. Eso primero le es útil a uno y creo que después puede tender un puente a un lector para el conocimiento de una realidad que a veces puede ser tan específica como la cubana o tan lejana como la sueca.
Usted dijo alguna vez que Conde tiene “conflictos existenciales propios de su generación”. ¿Qué conflictos tiene usted ahora?
¿Los míos o los de Conde?
Los suyos…
Los mismos que los de Conde (risas). Hay un tema con el que arranca la novela que estoy escribiendo, que es entrar a una edad que Conde llama la cuarta edad. Creo que vivir después de los 80 años ya es un regalo de la naturaleza. Y ese es un conflicto importante porque tiene que ver con lo físico, con lo intelectual, con la relación que uno establece con la sociedad. Como hombre de 60 años no tengo la capacidad de entendimiento de la sociedad que un joven de 20 años. Ese joven de 20 es parte de lo nuevo; para mí es algo que llega y tengo que entenderlo. Y eso me preocupa mucho, porque creo que a veces la experiencia, la edad, la posibilidad de tener una preeminencia social, nos hace creer que somos los dueños de la verdad. En un país como Cuba esto es mucho más evidente, con una dirigencia política que pasa de los 80 años, y que muchas veces no tiene capacidad de entendimiento de qué cosa es el mundo actual en la velocidad en que se mueve el mundo actual. Una preocupación existencial que también me atormenta es el hecho de saber que mis capacidades intelectuales pueden mermar en algún momento, porque he visto cómo merman en otros escritores. Las últimas obras, a partir de los 70 y tantos años de escritores que he admirado muchísimo ya no son iguales. Y en el caso de la novela es más complicado porque tienes que sufrir un proceso de maduración para ser dueño de sus instrumentos de trabajo, tanto en el idioma como en la mirada de la realidad, en todo lo que conforma un mundo novelesco. Pero a la vez esa mirada un poco más conservadora, esa incapacidad de poder evolucionar puede afectarte y ha afectado a muchos escritores. En “Adiós, Hemingway” hablo mucho de cómo Hemingway vivió ese fenómeno de una manera tan dramática cuando se dio cuenta de que empezaba a ser incapaz de escribir. Es un conflicto existencial muy jodido.
¿Le preocupa pensar que en algún momento no va a poder escribir?
Por supuesto. He visto que ha pasado con otros. Hace un tiempo tuve una conversación con un amigo de mi edad, Arturo Montoto, uno de los grandes pintores cubanos contemporáneos. Le decía: “Tenemos que aprovechar porque nos quedan diez años de productividad sosegada. A partir de los 70 vamos a ser unos viejos de mierda y la creación también se nos va a complicar muchísimo”.
En “Regreso a Ítaca”, Laurent Cantet escribió que gracias a sus libros conocía La Habana aun desde antes de pisarla, por cómo usted hablaba de ella. Esa ciudad es una protagonista en varias de sus novelas. ¿La recorre buscando personajes, se guarda rincones en la memoria para utilizarlos después?
Hay ocasiones en que busco sitios específicos porque es una ciudad homogénea y diversa a la vez. Tiene un sello característico pero hay muchos ribetes que pueden ser diferentes. Y a veces hago casi como un trabajo de investigación como el que hace Conde, recorriendo un sitio y tratando de ver qué códigos mueven ahí. La Habana es mi territorio, mi lugar de pertenencia. No tengo mayores problemas para comunicarme, incluso con las cosas que me sorprenden. Es como un juego dialéctico entre lo que resulta permanente y lo que va cambiando. Me apropio de todo y el resultado es un proceso de asimilación de esa ciudad, que como todo organismo social está viva y envejece o rejuvenece, perece, renace, con características muy específicas en cada momento histórico.
En su cuento “La puerta de Alcalá” pasa algo parecido con Madrid, un lugar que conoce porque pasa mucho tiempo ahí. ¿Le ocurre con otras ciudades?
No. La otra ciudad que manejo de forma geográfica y de alguna forma culturalmente es Madrid. Una ciudad que pudiera ser tan cercana como Miami, donde van tantos cubanos, donde tengo tantos amigos, donde voy con tanta frecuencia, se me mantiene esquiva. Hace rato que quiero escribir una historia que ocurra entre La Habana y Miami y no logro dominarla. En “Herejes” tuve que hacer un trabajo de búsqueda muy precisa de lo que había sido Miami Beach cuando los judíos cubanos salieron de La Habana y fueron a instalarse ahí. Pero traté de entender un pedacito muy pequeño de esa ciudad, pero la ciudad actual se me escapa de mi entendimiento. La Habana es mi territorio.
En “El viaje más largo” hace reflexiones sobre el periodismo narrativo o literario cubano y lamenta que eso se haya perdido. ¿Se puede volver a hacer ese tipo de periodismo?
Ojalá pudiera hacerse periodismo de investigación escrito con perspectiva, con lenguajes, con estructuras más próximas de la narrativa que del periodismo tradicional. Pero creo que hay un problema que no solamente es cubano sino universal, y es que la prensa está viviendo un momento de definiciones dramáticas. Puede ser perfectamente que dentro de cuatro o cinco años no existan los periódicos de papel. Entonces es muy difícil saber qué ocurrirá con un tipo de periodismo cuando no sabemos para dónde va el periodismo en general.
En “Aquello estaba deseando ocurrir” muchos de sus relatos tienen que ver con la guerra de Angola, en la que usted estuvo un año. ¿Cómo fue esa experiencia?
Yo trabajaba en una publicación semanal que circulaba entre los colaboradores civiles cubanos. Había muchos médicos, maestros, asesores de transporte, de la construcción, de la aviación, y a ellos iba dirigido ese periódico. Traté de revolucionar un poco esa publicación, que era absolutamente aburrida y llena de consignas. Estuve unos ocho meses como jefe de redacción de esa revista, traté de que fuera periodística y escribía crónicas. Pero era un espacio muy reducido y costaba trabajo hacer buen periodismo de algo tan específico, que además tenía límites muy marcados porque había un mundo que tenía que ver con la presencia militar y con la parte angolana como una cultura que no dominaba.
Muchas veces se asocia a Cuba con el exilio, pero en “El viaje más largo” usted se enfoca justamente en lo contrario, que es Cuba como país receptor de inmigrantes. ¿Qué queda hoy en Cuba de eso?
La mezcla profundísima de lo que es la cultura cubana. Creo que todas las migraciones, tanto europeas como asiáticas, latinoamericanas, fueron dejando estas señales de identidad. Por ejemplo, gracias a los franco-haitianos el cultivo del café se convierte en una actividad económica importante en Cuba. Hasta la llegada de ellos el café se vendía en las farmacias como estimulante y después se convirtió en una de las bebidas nacionales cubanas. La presencia catalana en Cuba se ve mucho en edificaciones. Los chinos dejaron una presencia física, hay personas que tienen rasgos de chinos. Parece que yo también tengo algo de ellos, no sé donde estará el chino de mi familia. Ahora hace años que no hay migraciones notables.
De todas maneras, el exilio también está presente en varios de sus libros. ¿Nunca pensó en esa posibilidad?
Lo pensé, como todos los cubanos. Hubo momentos en que la situación en Cuba era tan difícil que todo el mundo pensó “para dónde me voy y cómo me voy”. Tuve la posibilidad de hacerlo y tuve la posibilidad de escoger quedarme en Cuba. Siento que para escribir y para ser la persona que soy necesito vivir en Cuba. Fue una decisión personal e independiente tomada con toda conciencia.
En “Regreso a Ítaca” habla de eso y destaca que Cuba es “de todos los cubanos”, aunque quien lo dice es alguien reconocido. ¿Cree que eso se aplica para el resto de sus compatriotas?
Como intelectual, y más en mi caso, que trabajo con estos asuntos, tengo organizada una reflexión sobre este fenómeno de la migración y la pertenencia. Porque además es un tema que me afecta mucho. La mayoría de la gente lo vive de forma natural, a veces de manera inconsciente. Hubo una época en la que emigraban muchos cubanos por razones políticas, porque no estaban de acuerdo con el sistema. En estos momentos creo que la mayoría emigra sin pensar siquiera el signo político que tiene su movimiento. Es una migración simplemente de carácter económico. La relación de una nacionalidad muy fuerte, de una pertenencia muy fuerte, se ha ido desgajando con los años.
¿Cómo se puede recuperar?
No lo sé. Creo que la solución está en la conciliación. Sobre todo entre los cubanos que viven en Estados Unidos y los que viven en la isla. Si es revanchista o es oportunista, creo que no va a dar resultados.
Es muy frecuente que en América Latina los intelectuales se definan políticamente. En el caso suyo no se lo puede considerar oficialista porque no es panfletario, pero tampoco es un opositor, a pesar de ser crítico con la realidad de su país. ¿Cómo logra mantenerse equidistante?
Tratando de tomarme toda las dosis de antibióticos posibles contra la política. La política es un elemento de la sociedad, pero para mí no es el elemento más importante. Para mí son las personas, es lo social lo que trato de reflejar. Y trato de ser independiente en todos los sentidos: no tengo militancia política, no tengo creencias religiosas, no pertenezco a ninguna fraternidad o confraternidad. Pertenezco a una asociación gremial por mi trabajo, que es la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Tengo un trabajo muy específico que es el de escritor, con el que trato de que esa independencia que he podido lograr sea realmente lo más importante para mí.
Mario Vargas Llosa, a quien usted admira, habló sobre el Premio Nobel que se le otorgó a Bob Dylan. Dijo que es un buen cantante pero no un gran escritor, que otros lo merecerían antes que él, y que la “civilización del espectáculo” llegó a la academia sueca. ¿Usted qué opina?
Exactamente lo mismo que Vargas Llosa. Es premio de Literatura y debió haberse respetado ese límite porque entre escribir una novela de 600 páginas y escribir una canción de 24 versos hay diferencia.
Los que lo defienden dicen que es poesía…
Sí, es poesía. Pero si comparamos, por hablar de lengua inglesa, la poesía de Bob Dylan con la poesía de (T.S) Elliot, (William Butler) Yeats y (John) Keats, pues mira, no compite con ellos.