Entre 1980 y 2008 la cantidad de personas obesas en todo el mundo se duplicó. En América Latina, cerca del 58% de los habitantes (360 millones de personas) tienen sobrepeso y 23% sufren obesidad, según cifras de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Los números alertaron al organismo, que recomendó a los países tomar medidas para bajar las cifras.
Desde 2017 se discute en Uruguay el etiquetado de alimentos altos en azúcares, grasas y sal. La reglamentación que propone el gobierno establece que todos los productos envasados que contengan un alto porcentaje de esos componentes deben llevar un ícono octogonal a modo de advertencia. Fabio Gomes, asesor regional en nutrición para las Américas de la OPS, dijo que el etiquetado es “sin duda” un primer paso para una regulación más ambiciosa.
Entrevistado por Búsqueda en el marco de su reciente visita a Uruguay, Gomes afirmó que “el etiquetado es uno de los instrumentos de políticas que son necesarias para garantizar el derecho del consumidor a una información clara, veraz y rápida”, pero que son necesarias “más políticas públicas”.
—Hay una investigación de dos premio Nobel de Ciencias Económicas, de 2002, que evidencia que los consumidores toman decisiones haciendo muy poco esfuerzo cognitivo: no hacen mucho esfuerzo ni hacen muchos cálculos ni toman mucho tiempo para tomar la decisión. Eso es mucho más crítico en los productos que son de compra repetida, como es el caso de alimentos, que no es como comprar un auto, que haces planillas y comparas cuánto vas a gastar. Entonces, un elemento que es fundamental para un etiquetado frontal es que sea de rápida captación de la visión y de rápida comprensión y procesamiento. En Uruguay, por ejemplo, la Universidad de la República hizo estudios para comparar el sistema de etiquetado frontal chileno con similares de otros países y han identificado que ese sistema es de más rápida captación del consumidor. Lo otro es que la gente lo entienda bien, es decir, que la información sea correcta. Otro punto es que al momento que pones un ícono de advertencia en el envase, eso va a competir con otros elementos que son muy poderosos para inducir la compra, como personajes infantiles o imágenes de ingredientes frescos cuando ese producto no los contiene.
—¿Por qué la OPS ha decidido poner el foco en la lucha contra las enfermedades no transmisibles, como la diabetes o la obesidad?
—La mala alimentación es en gran parte por el desplazamiento de la comida de verdad, o sea, los alimentos naturales y las preparaciones culinarias. Con la entrada de los alimentos ultraprocesados se genera un desbalance en la dieta. Ese desequilibrio en la dieta es una de las causas de la obesidad y otras formas de malnutrición que tienen una relación directa con las enfermedades no transmisibles como la diabetes o las cardiovasculares. La obesidad ha generado no solo problemas de salud sino socioeconómicos en los países. El 2,8% de la riqueza del mundo es consumido por los perjuicios que causa la obesidad.
—¿A qué se debe ese costo?
—Primero, por los costos de salud. Hay que asistir a la gente que cada vez se enferma más y eso tiene un costo alto para el individuo y para el Estado, que tiene que asistirlo. El otro tema es que las personas, porque están cada vez más enfermas, tienen una menor productividad y un mayor ausentismo. Sumados los costos directos, que son de la enfermedad, más los indirectos, que tienen que ver con la productividad, nos da la cifra de 2,8%, que es equivalente a los costos sociales y económicos que generan el tabaco y las armas.
—El etiquetado frontal parece insuficiente para mitigar un problema tan extendido en los hábitos alimentarios.
—El etiquetado es uno de los instrumentos de políticas que son necesarias para garantizar el derecho del consumidor a una información clara, veraz y rápida. Eso es un punto. Pero, obviamente, conocer que determinado alimento es alto en grasas o azúcares no es suficiente. Necesito tener otros elementos que me permitan cambiar mi decisión para que sea más favorable a mi vida. Eso incluye también el cambio de los ambientes. Por más que enseñemos a los niños a comer mejor y les digamos que no pueden consumir bebidas azucaradas, pero las tienen disponibles para comprar o ven una maestra tomando… Los niños son esponjas, se espejan mucho en los padres o los profesores y la escuela es un lugar que ellos reconocen como que “aquí se aprende”. En otros ambientes, como el laboral, si te dan la opción de bebidas cola o de naranja, eso no termina siendo una opción real. Te está limitando la autonomía como sujeto.
—La educación es la herramienta fundamental para moldear hábitos, pero eso se logra a largo plazo. ¿Qué medidas recomiendan para combatir el problema a corto plazo?
—Las dos políticas más costo-efectivas para cambiar los hábitos de alimentación son los impuestos y la regulación de la publicidad. Porque la publicidad genera el estímulo y todos los valores que ponemos sobre la comida. Transforma un producto que es superfluo en algo indispensable. Tiene la capacidad de poner cosas innecesarias en nuestros carritos del mes, entonces es algo que es fundamental restringir. Los precios también, porque para la población de bajos recursos es muy fácil comprar esos productos y para la industria es muy fácil producirlos. Es importante ajustar los impuestos para que se cobre más a los productos que causan más daños y que sea con una carga tributaria coherente.
—¿Y cómo se puede incidir en que se consuman menos alimentos poco saludables cuando no son industriales?
—En general, hay tres categorías de alimentos. Uno es la comida de casa, otra es la que puedes conseguir en una panadería y otros son los ultraprocesados industriales. En general, el ultraprocesado va a tener una cantidad de ingeniería aplicada a esos productos que no vas a encontrar en la panadería. Igual es importante trabajar en este tema también. Eso también se puede regular. Por ejemplo, la política de eliminación de grasas trans, como sucede acá. Pero ¿cuál es la diferencia entre estos alimentos y los ultraprocesados? Que nunca van a llegar a ese nivel de composición, porque si intentas ponerle a una bebida en tu casa la misma cantidad de azúcar que tiene una gaseosa, te va a quedar muy dulce. Porque las empresas utilizan otros elementos que tú no tienes en la cocina. Ahora, puedes regular los ultraprocesados y las panaderías, pero no puedes regular lo que la gente come en su casa. Para eso existen las guías de alimentación que orientan para estimular otras políticas. Por ejemplo, si no tenemos habilidades culinarias en la escuela, bueno, se podría pensar como una política pública, porque no solo se cambia con regulación sino con estímulos. Por ejemplo, en Finlandia es obligatorio las clases de cocina en los niños.
—De acuerdo a lo que plantea, el etiquetado es un primer paso para una regulación mucho mayor.
—Sí, sin duda. Evidentemente en algunos países salieron de una vez. Por ejemplo, en Chile el etiquetado también indica los productos que no se venden en la escuela y lo que no se debe publicitar a los niños, y también se puso un impuesto a las bebidas azucaradas. Otros países van marchando más lento, pero todos tienen esta visión. Como pasó con el tabaco, no puedes ir solo por un lado, tienes que cercar por todos. Pero ahí depende de los países. Otra cosa que también recomendamos es el tema de la proveeduría. Limitar el uso de recursos públicos para comprar alimentos que no son recomendados por los ministerios de salud. Por ejemplo, si el gobierno compra alimentos para escuelas o para personas en situaciones vulnerables, debe excluir los productos que puedan hacer daño a la gente.
—¿Cómo está posicionada Latinoamérica en el consumo de ultraprocesados?
—En América Latina no se consume más de un 30% de ultraprocesados. Lo que significa que la mayoría, todavía, come bien. Pero eso es importante para reconocer que sea cocinando o comiendo algo que alguien cocinó todavía tenemos un escenario que debemos proteger. Se está a tiempo. Porque en el momento que se pasa para el otro lado, como Estados Unidos o Canadá, que tienen un 60% de ultraprocesados, tienes un sistema alimentario totalmente dominado y los gobiernos tienen poca posibilidad de intervenir.
—¿Falta información a las personas sobre los contenidos y los perjuicios de estos alimentos?
—El tema no es solo información, porque la publicidad les agrega valores a las cosas. Cuando ves, según un estudio que hicimos en Brasil, que el 56% de las madres les ofrecen a sus bebes bebidas azucaradas, significa que tienen la total confianza de que ese producto es bueno para su hijo. Esa es la perversidad de la estrategia publicitaria. El etiquetado es una regulación y la regulación es una forma de educación crítica. Así como para el tabaco impusimos las tácticas que usaba su industria para vender, también estaría bien exponer estas tácticas de las industrias de alimentos para que las vean los tomadores de decisiones.
—¿Estas medidas no afectan la libertad de las personas de decidir qué quieren ingerir?
—La libertad y la autonomía no existen en un mundo no regulado. Si el mundo está completamente desregulado, alguien te está indicando qué hacer. En el momento que la gente dice “no quiero que decidan por mí”, ya están decidiendo por ti. La libertad de elegir solo va a existir cuando tengamos un espacio o un ambiente que te ofrezca esta posibilidad. Si no hubiera reglas para el tráfico, si todo el mundo decidiera por dónde va su auto, no podríamos caminar por la calle. Tenemos libertad, pero tenemos que tener una dirección, quien defina las reglas y nosotros la autonomía para tomar la decisión que nos favorezca la vida y no nos genere perjuicios.
Salud, Ciencia y Ambiente
2018-08-30T00:00:00
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