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    La vida en 780 tés

    La realizadora chilena Maite Alberdi dirige “La once”, el documental nominado a los premios Goya que retrata a un grupo de señoras que se reúnen periódicamente a tomar el té desde que terminaron el colegio; la cinta puede verse en Netflix y en Cinemateca Pocitos

    La cita es, como todos los meses desde hace 60 años, a tomar el té. Alicia anuncia una sorpresa: encontró el cuaderno de economía doméstica del colegio. Tiene las hojas amarillentas y está escrito a mano. Empieza a leer una parte: “Primero, higiene. Segundo, buen carácter, comprensión, abnegación, tolerancia, prudencia, dominio de sí misma, etcétera. Con estos conocimientos y cualidades es cuando una mujer puede hacer la felicidad de todos cuanto la rodean”, dice, interrumpida algunas veces por los comentarios de sus amigas. Ese cuaderno fue parte de su formación, pero hoy se ríen de esos conceptos vetustos. Entre tortas y sandwiches discuten el rol de la mujer de antes, el de la mujer de ahora y con total impunidad y desparpajo dicen cosas como “Hay valores que desaparecieron, la virginidad ya no es un valor. Porque ahora la que pololea, pololea con sexo”; o “¿Al final alguien vio la película de las dos lesbianas? Ay, Alicia, por Dios, qué poco liberal eres”; o “Siempre hay una secretaria que está al acecho”.

    La directora chilena Maite Alberdi creció viendo este ritual sagrado de su abuela María Teresa y sus amigas del colegio y en un punto, ya adulta, decidió plasmarlo en un documental que filmó en el transcurso de cinco años. Las registró comiendo y opinando, llorando y ofreciendo sus interpretaciones personales de la actualidad. El resultado es “La once” —como le dicen a la merienda en Chile—, un largometraje que estuvo nominado al Mejor filme iberoamericano en los Premios Goya y al Mejor documental en los Premios Platino. La cinta puede verse en Netflix y, entre el viernes 10 y el miércoles 15 (a las 21 horas), en Cinemateca Pocitos.

    ¿Cuándo se dio cuenta de que el té de su abuela y sus amigas era tema para un un documental?

    Ellas se juntaron a tomar el té desde que salieron del colegio, y yo vi ese ritual a mi alrededor. Pero cuando mi abuela, que siempre fue muy fanática mía, me dijo que no podía ir al estreno de mi primer cortometraje porque tenía este té, ahí dimensioné la importancia del rito. Entonces me llamó la atención cómo habían transformado un hecho muy cotidiano en un ritual importantísimo en sus vidas, y de ahí lo empecé a investigar.

    ¿Cómo logró que se acostumbraran a la cámara, que actuaran con naturalidad?

    Se acostumbraron bastante rápido, y como era un grupo cerrado y conversaban entre ellas yo sentía que, pasara lo que pasara a su alrededor, ellas no se daban cuenta. Es distinto estar solo frente a una cámara que en grupo. Ellas seguían con su rutina tal cual. Lo que más costó fue el tema del sonido, porque hablaban todas al mismo tiempo y el sonidista sentía que no podía grabar nada. Cuando llevábamos tres meses grabando el sonidista les tuvo que decir que por favor trataran de escucharse más las unas a las otras y no hacer conversaciones paralelas, y ahí ellas decidieron que hubiera una moderadora para que ordenara al grupo. Ahora cuentan que por primera vez en 60 años se escucharon.

    Los materiales que leían, como el cuaderno de economía doméstica o las cartas de amor, ¿los traían ellas por iniciativa propia?

    El cuaderno un día una lo encontró Alicia y lo quiso llevar. En general, ellas llevaban muchas cosas a la once, como las cartas. Fue idea de una y así aparecían. En los cinco años que grabamos llevaron muchos textos que les parecían interesantes. Llevaron cartas que se mandaban en el colegio y nosotros elegíamos según los temas que queríamos tratar.

    ¿Los temas surgían espontáneamente o se los sugería usted?

    Traté muchas veces de pedirles que hablaran de ciertas cosas, pero cuando les pedía actuaban muy mal y la conversación se veía muy forzada. Entonces, cuando quería que hablaran más de un tema, ahondar en algo de lo que estaban hablando, escribía un papelito y se lo pasaba a una de ellas, a Alicia, que era la que, sin que las otras supieran, profundizaba en el tema o lo proponía, pero siempre disimuladamente.

    ¿Hubo de alguna manera una construcción de personajes?

    Sí, definitivamente, porque es un retrato coral, cada una tenía que elegir una característica; pero no podía construirlas en profundidad, ni hablar de todas sus dimensiones o de todas sus historias. Cada una tenía un rol en el grupo y tuve que definir desde antes cuál iba a ser ese rol y qué iba a representar de cada una. Entonces sí, desde el guion inicial, de la investigación, hubo una definición de qué quería mostrar de cada una. De Gema, que era la soltera; de María Teresa con Ximena mostrar que su relación supone más discusiones que las demás; de Angélica, que fue la que su marido la engañó; de Inés, que tenía Alzheimer.

    ¿Cómo vivió el proceso de documentar esos encuentros, de ver que algunas iban muriendo en esos años, en ese doble rol de realizadora pero también de nieta?

    Fue superdifícil. Pero sirvió vivir el proceso de duelo con ellas porque de alguna manera fue un momento en que estaban agradecidas por lo que habían vivido, y por lo que habían compartido. Creo que son mujeres que están viviendo bien hasta el último día y eso se agradece; es una vida y una vejez plenas, y gracias a ellas lo pude ver así también.

    La película fue un éxito en Chile. ¿Se imaginaba esa acogida para un documental que retrata un tema tan cotidiano?

    Fue bien increíble, nadie confiaba en que le iba a ir tan bien. Creo que fue una película que llegó a un nicho específico: uno iba a las salas de cine en Chile y veía un público mayor de 60 o 70 años, y mucha gente de 80, que no solía ir al cine. Fue una película que llegó a gente que no iba al cine. El número de taquilla fueron 25.000 personas, lo que es impensado además para un documental; hizo más que muchas ficciones ese año. Entonces, de alguna manera como directora agradezco que los temas cotidianos enganchen a la gente. Finalmente todos se identificaron desde algún lugar, desde el grupo de amigas, desde la vejez, desde la mamá, desde la abuela. Fue interesante porque se volvió una película bastante transversal.

    ¿Cómo suele ser el público chileno con su propio cine?

    Es muy difícil, en general cuesta. Tampoco hay una política de generación de audiencia, no hay una protección al cine chileno en salas, por lo tanto duran muy poco tiempo en cartelera y la gente va poco. Los números suelen ser bastante desoladores: al cine chileno le va mejor afuera que en el propio país.

    ¿Siente que el cine chileno ha dado en estos últimos años un salto fuera de fronteras? ¿Que ha adquirido más visibilidad?

    Definitivamente, el cine chileno ha tenido más visibilidad en los últimos años. Creo que es un trabajo que se ha hecho en conjunto, que se ha fortalecido no por una figura sino por varios directores y productores, por un gobierno también que se ha encargado de promocionar el cine chileno en el exterior y que ha generado visibilidad, ha logrado premios y presencia de la película en otros territorios. Creo que todos nos beneficiamos de eso y  hemos trabajado en eso. Soy una agradecida de esa colaboración y de que todos vamos creciendo juntos en esa visibilidad internacional.

    De retratar los últimos años de vida de estas señoras pasó a filmar el documental “Los niños”, sobre cómo sigue la vida de varias personas de 40 años con síndrome de Down. De alguna manera vuelve a hablar del paso del tiempo. ¿Es una preocupación suya, un interés particular?

    Trabajo haciendo documentales de observación, donde no hago entrevistas, donde tengo que representar la vida y hacer seguimiento de personajes que tienen sus rutinas. Al no hacer entrevistas tengo que seguir las acciones, y para que la vida cambie y para tener situaciones y escenas y que la historia avance en guion necesito la acción, y los cambios solo me los va a dar el paso del tiempo. Por eso, en general, más que mi preocupación por el paso del tiempo es mi preocupación por plasmar el cambio en el documental. Como directora tengo que ser superpaciente para esperar que las historias avancen, para tener transformaciones, que es lo que uno quiere ver en el cine.

     

     

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