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    Laboratorios nacionales deben dejar atrás “la rutina de copiar”

    La profesora titular Marta Vázquez alertó que “los registros sanitarios carecen del control de calidad biofarmacéutica”

    Se venden en Uruguay 14 marcas de omeprazol 20 mg, 11 marcas de atorvastatina 10 mg, 9 de quetiapina 25 mg y 100 mg y nueve también de carvedilol 12,5 mg y enalapril 20 mg, según datos de 2018 del Farmanuario analizados por Marta Vázquez, profesora titular de Biofarmacia y Terapéutica y directora del Departamento de Ciencias Farmacéuticas de la Facultad de Química de la Universidad de la República.

    Pero ¿cómo saber si todas estas marcas que prometen tener productos iguales realmente lo son? Los análisis conocidos como estudios de bioequivalencia son los que dan una respuesta.

    “Está claro que estos registros sanitarios carecen del control de calidad biofarmacéutica, o sea que en el caso de la existencia de varias marcas su equivalencia biofarmacéutica no está comprobada”, planteó Vázquez en su análisis publicado en el libro Medicamentos bioequivalentes y medicamentos innovadores. El libro es resultado de un proyecto financiado por la Comisión Intersectorial de Investigación Científica (CSIC) de la Universidad de la República llamado Medicamentos bioequivalentes y medicamentos innovadores ¿claves del desarrollo productivo farmacéutico? Los investigadores universitarios que lo integran preparan para este lunes 8 una actividad abierta para la “comprensión pública” de este tema en el Hotel Cottage.

    “Manejar un pequeño número de marcas comerciales (de un mismo ingrediente activo con la misma dosis), con datos sólidos sobre su calidad biofarmacéutica y su eficacia y seguridad contribuiría a evitar que aparezcan efectos adversos ya sea por fallas terapéuticas o toxicidad”, recomendó la docente.

    Es que no todas las garantías están dadas, si bien en Uruguay “están las capacidades instaladas para cambiar esta realidad”, dijo Vázquez. Es decir, existe el conocimiento y el equipamiento para demostrar si todas esas copias que prometen ser iguales realmente lo son. “Es hora de contar con el apoyo necesario para llevarlo a cabo”, opinó.

    Exigencias

    “La bioequivalencia es una forma de trabajar que permite a la empresa que desarrolla un producto, demostrar mediante un ensayo clínico que realmente ese producto es igual a otro” cuando afirma que es igual, comentó a Búsqueda el químico y profesor titular del Departamento de Ciencias Farmacéuticas de la Facultad de Química, Pietro Fagiolino. Además, dirige el Centro de Evaluación de Biodisponibilidad y Bioequivalencia de Medicamentos (Cebiobe), que realiza estudios de bioequivalencia en Uruguay. Es decir, esa igualdad debe estar respaldada por pruebas.

    En 2007 se aprobó la normativa que establece la necesidad de hacer estudios de bioequivalencia para un aparte de los medicamentos que circulan en el mercado. Llegó un primer decreto en 2007 con una lista de 18 medicamentos que debían cumplir con estos estudios y en 2016 la lista fue de 23 fármacos con tiempo hasta este mes de 2019 para cumplir.

    Al Ministerio de Salud Pública (MSP) se le presentaron varios problemas. Estos estudios le resultan caros a algunos laboratorios nacionales, que deben demostrar que los medicamentos que dicen copiar a los originales realmente funcionan igual. Entonces hubo casos en los que las copias directamente se retiraron del mercado.

    Hasta medidados de 2018, de la lista de 23 medicamentos el MSP tenía solo dos a estudio; uno demostró ser bioequivalente y el otro no pudo.

    Las empresas uruguayas registran imitaciones de lo que ven en otros países que tuvo éxito comercial, ya sea de producción nacional o porque las traen del exterior. El problema es que hay que probarlo y la aplicación de la normativa que exige a los laboratorios contar con esos estudios de bioequivalencia que lo demuestren “es muy lenta”, opinó Fagiolino.

    “En Uruguay, lamentablemente no tenemos aún el tema resuelto de las distintas marcas comerciales registradas en el país a pesar del Decreto 12/007 y tampoco se avizoran cambios para aquellos medicamentos que hoy tienen varias copias en el mercado y no se encuentran en la lista de las prioridades que la autoridad sanitaria fijó según la actualización del Decreto 87/016. Esto contribuye a la variabilidad de la respuesta clínica a tratamientos medicamentosos y por ende aumenta la probabilidad de que, al instaurar una posología, o al cambiar de marca comercial en un tratamiento, aparezcan efectos adversos, ya sea inefectividad o toxicidad”, planteó Vázquez en la publicación.

    Consecuencias

    Dentro de los 18 medicamentos de la primera lista que debían cumplir con la exigencia estaba el efavirenz, indicado para personas con VIH. Tras estudios de bioequivalencia las copias de laboratorios nacionales debieron retirarse del mercado porque no pudieron demostrar funcionar igual que la original. La consecuencia fue que el producto original de un laboratorio internacional subió el precio porque ya no tenía competencia.

    Las consecuencias fueron “negativas para la empresa y para el país”, recordó Fagiolino, que fue uno de los profesionales involucrados en el estudio de bioequivalencia del efavirenz.

    “Las empresas estaban evaluando su producto similar con la intención de demostrar que era igual al producto de referencia y no lo pudieron lograr”, agregó. Pero ese resultado también sumó datos interesantes. El análisis reveló que el producto tenía una velocidad de absorción menor que el original. La diferencia no era intencional y hacía de los productos de la industria nacional diferentes con respecto al original de la multinacional pero justamente esa diferencia podía ser vista como positiva. Esa velocidad de absorción menor trajo aparejado la menor aparición de efectos adversos en los fármacos que intentaban demostrar que eran copias correctas.

    “Les dijimos, bueno, no resultó bioequivalente, pero vemos algo positivo en el producto. Si nos esforzamos un poco más en desarrollar un producto que busque ser diferente y que la diferencia radique en esa velocidad de absorción más lenta, es decir, llegar a un producto de liberación prolongada, tendrían un éxito terapéutico. Podrían evitar efectos adversos muy importantes que tiene el efavirenz (como naúseas, vómitos, diarrea y dolor de cabeza). La respuesta de las empresas fue como la que he recibido de todos los empresarios. Es más difícil después consolidar ese producto en el mercado, los médicos están acostumbrados a un producto como el original”, relató Fagiolino desilusionado. Es que “toda esta estrategia de convencimiento de las bondades de los nuevos productos se les hace muy cuesta arriba” a los laboratorios nacionales, pero además es “un tema de cabeza”, agregó.

    “Los empresarios de la industria nacional me han manifestado cada vez que les propongo hacer algo diferente para resolver problemas de los medicamentos originales” (como efectos tóxicos o incomodidad de tener que tomarlo varias veces al día), que “prefieren no complicarse” en tener que demostrar las bondades de un producto diferente, explicó Fagiolino.

    “La oportunidad está, lo que falta es decisión y cambiar el espíritu de las empresas nacionales a tener un ánimo diferenciador porque quiero que sea diferente, porque con esa diferencia voy a corregir un problema terapéutico que el original tiene. Buscarlo así”, dijo el docente e investigador. Es necesario “dar un paso diferenciador de la rutina de copiar”, agregó.

    A la realización de estudios de bioequivalencia en Uruguay se los vio como “un obstáculo, más que como una oportunidad de entrar en la innovación” e iniciativas vinculadas al tema desde Facultad de Química y Facultad de Medicina “no prosperaron”, planteó Gustavo Tomasiunas, profesor titular del Departamento de Farmacología y Terapéutica de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República.

    Diferentes a propósito

    “La estrategia comercial de los laboratorios nacionales generalmente transita por presentar un medicamento similar” a otro ya existente, indicó Fagiolino. En el análisis de Vázquez es posible observar cómo los medicamentos que están teniendo un uso importante son los que generan muchas presentaciones competidoras. Presentan esos fármacos “porque hay una prescripción importante, a eso se apunta para presentar esos fármacos pero nunca con una intención de resolver problemas que los medicamentos actuales tienen”, opinó Fagiolino.

    Los estudios de bioequivalencia se conciben como análisis para demostrar igualdades y comparar el producto original con el otro que promete actuar igual. Pocas veces se utilizan para demostrar diferencias y es “perfectamente utilizable” para este fin, indicó.

    El rol de la bioequivalencia para innovar es “poder demostrar que estás fabricando algo diferente”: la forma de que haya evidencia al respecto “es hacer un ensayo demostrativo que indique que el producto es diferente y de la manera que vos quieras que sea diferente”, planteó Fagiolino. Su equipo de trabajo nunca ha recibido de la industria una propuesta de estas características.

    Con “orgullo” menciona un caso en el que la Facultad de Química fue a plantearle a la industria hacer un medicamento de liberación prolongada que se usa para las personas con epilepsia y hoy se encuentra en el mercado. Un laboratorio producía una copia de un medicamento original que los investigadores consideraban podía ser mejorada para provocar un diferencial, y lo hicieron.

    “Fue exitoso y lo importante es la decisión de una empresa nacional de querer hacer lo diferente con motivo terapéutico, para solucionar un problema. Para mí fue el gran paso”, recordó.

    Salud, Ciencia y Ambiente
    2019-04-04T00:00:00

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