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    Naturaleza a la vista

    En grupos organizados o en soledad, el avistamiento de aves crece como disciplina en Uruguay; hay 488 especies y en una sola salida es posible ver más de 50 variedades

    Son las 5.30 horas de la mañana del domingo y un grupo de avistadores de aves se encuentra en el Obelisco. El objetivo es ir al cerro Arequita, en Minas. El ómnibus parte a las 6 con hora estimada de llegada a las 8. Antes de salir, Adrián Stagi, el guía, cuenta su experiencia del día anterior con otro grupo y reparte binoculares a los que no los tienen, que son la excepción. “Ayer tuvimos la suerte de ver dragones (tordo amarillo) y viuditas”, dice con orgullo. El grupo de unas 20 personas —hombres y mujeres de distintas edades— se sorprende y comienza a intercambiar comentarios a pesar de la hora. Tras unos minutos, Adrián cuenta que en breve viajará a la Feria de Aves de Sudamérica, en Colombia. Invita al resto a participar y asegura que se sortearán unos largavistas de 8.000 dólares de la marca Swarovski.

    Luego de dos horas de viaje, el ascenso al cerro se posterga por las inclemencias del clima. Justo al momento de descender del ómnibus, escampa. “El mejor momento para ver aves es cuando para de llover, porque salen”, dice el guía. En un radio menor a 50 metros, los miembros del grupo ataviados para la ocasión con pantalones cargo, botas impermeables y correas cruzadas de binoculares, cámaras y bolsos con guías de aves, comienzan a observar sin previo aviso. Las miradas van de un lugar a otro y los dedos apuntan en varias direcciones. Algunos señalan diciendo: “Más acá, más allá” y otros se valen de las agujas del reloj para ser más gráficos.

    “¡Miren, un cardenal. Un trepador. Una paloma manchada. Ah, se voló”. Así se sucede un ave tras otra. “¿Y ese qué es?”, pregunta un principiante. “Es un músico. Si me preguntás de nuevo por un músico, te volvés a pie a Montevideo”, le responde Adrián con ironía. Hasta que aparece un macho achara, una de las más coloridas de las 488 especies que existen en Uruguay. “Tuviste suerte. En todos mis años de observador solo pude verlo tres veces”, me dice un veterano. ¿Qué es lo que le atrae de ver aves?, le pregunto. “Ver la naturaleza en estado salvaje, el vuelo, el canto”, me responde. Enseguida el guía grita: “¡Un coludito copetón! ¡Esto es too much! Avistar aves es todo, es el reto de identificar y estar todos apilándonos observando”. No se podría haber dicho mejor.

    El origen británico. Al comienzo fue birdwatching, por su origen inglés. Según la Enciclopedia Británica, la observación de aves tal como se la conoce hoy en día, es decir, en su hábitat natural, como pasatiempo popular y actividad científica, nació en el siglo XX.

    Durante el siglo XVIII y en la época decimonónica, en cambio, los aficionados y científicos que lo practicaban utilizaban armas para matar las especies y luego diseccionar los cadáveres. El avistamiento también se relacionaba con el interés de recolectar huevos y pieles de razas exóticas. En A Bird in the Bush: A Social History of Birdwatching (2004), Stephen Moss describe cómo la ornitología varió de un interés especializado para una pequeña minoría entre las clases terratenientes de Gran Bretaña, que recurrían a contactos en las colonias para tener acceso a razas raras de todo el mundo, a una industria de ocio multimillonaria gracias a las tecnologías e innovaciones en transporte, bibliografía y equipos ópticos que facilitaron la observación. Pero para eso fueron necesarios casi 100 años.

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    Foto: G.M.

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    En Gran Bretaña la actividad comenzó a popularizarse en la década de 1880 y le siguió Estados Unidos a la par. Más tarde se unieron Escandinavia, Países Bajos, Alemania, Suiza y las colonias británicas. El término observación de aves fue utilizado por primera vez por Edmund Selous en 1901. Su emblemático libro Bird watching fue uno de los primeros relatos sobre búsqueda de aves con razones estéticas, en lugar de una fuente de alimento o caza. Lo cierto es que no fue hasta que ocurrió el desarrollo óptico y en especial el de los binoculares —a mediados del siglo XIX— que se comenzaron a estudiar las aves a distancia.

    A la piedra angular de Selous se le sumó la preocupación del hombre por salvaguardar las aves cuando se crearon a comienzos del siglo XX la National Audubon Society en Estados Unidos (que surgió tras una serie de reuniones entre las damas de la alta sociedad de Boston para dejar de usar sombreros con plumas) y la Royal Society for the Protection of Birds (RSPB), la mayor organización sin fines de lucro de conservación de la naturaleza de Gran Bretaña, con más de un millón de socios. Ambas sociedades, en América y Europa, allanaron el camino para que la observación de aves sea una actividad recreativa.

    A los avances en lentes ópticos y la preocupación por las especies se agregó la proliferación de guías de aves, que hicieron que el pasatiempo se expandiera por el litoral oriental de los Estados Unidos. Las comunidades comenzaron a darles mayor interés a estos animales y así se formaron grupos de protesta contra el American Ornithologists Union y el British Trust for Ornithology, que estudiaban aves capturándolas y diseccionándolas.

    Por último, a medida que la humanidad y los avistadores comenzaron a volar con mayor frecuencia y alcanzar tierras sin hollar, las posibilidades de observación en partes menos transitadas del mundo aumentaron. A su vez, los viajes en avión, que se volvieron asequibles en la década de 1960, permitieron el surgimiento de un nuevo servicio internacional de turismo. En 1965 abrió las puertas Ornitholidays, la primera compañía de excursiones de aves en Gran Bretaña. Luego, la observación internacional se solidificó como una atracción turística popular. Esto condujo a una mayor clasificación de las aves en todo el mundo y a la regeneración de literatura fundamental, como el Handbook of the Birds of the World, la primera clasificación en varios volúmenes de todas las especies vivas escrito en España, en 1990, por Josep del Hoyo, Jordi Sargatal y Andy Elliott.

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    Desde entonces, la observación de aves generó comunidades de personas equipadas con tecnología óptica de alta potencia, cámaras de mano y comederos para pájaros en los patios de las casas. Uno de los atractivos de la observación es que es una actividad relativamente barata. El equipamiento básico son prismáticos, repelente, una guía para ayudar a la identificación y un cuaderno para registrar la hora y el lugar de avistamientos. Además, no es necesario realizar largos viajes, aunque puede ser una opción. Hoy en día es común ver avistadores con listas confeccionadas por miembros de las sociedades locales de observación de aves, conocidas como cheklist.

    Para ver acá.

    Los primeros avistadores de aves que documentaron sus observaciones en el territorio uruguayo fueron un par de ingleses: el connotado científico Charles Darwin, que permaneció en Uruguay entre 1832 y 1833 y más tarde escribió Viaje de un naturalista alrededor del mundo, y luego William Henry Hudson entre 1868 y 1869, reconocido ornitólogo, autor de La tierra purpúrea.
    En Uruguay, las ONG abanderadas en lo que respecta al cuidado de aves son Aves Uruguay, que galería acompañó al cerro Arequita, y la Asociación Conservacionista Uruguaya de Ornitología (ACUO). La primera nació como una iniciativa del biólogo Raúl Vaz Ferreira en 1986. Se compone por biólogos, ingenieros, comunicadores, docentes y personas con amplia experiencia en la observación de las aves. Actualmente tiene más de 200 socios que participan en distintas iniciativas.

    Adrián Stagi, socio fundador de Aves Uruguay y actual coordinar ejecutivo, asegura que la gran mayoría de avistadores que conforman la ONG viven en Montevideo, pero que cada vez logran mayor extensión al interior gracias a la creación de los Club de Observadores de Aves (COA), que actualmente son diez. Para Stagi, “el avistamiento genera un cambio en las personas y es contagioso al ver las reacciones y conocer las experiencias”. Ser socio de Aves Uruguay implica una cuota de 150 pesos por mes o 1.500 anuales. Y todos los miércoles se reúnen a compartir experiencias, fotos y planificar próximas salidas.

    Según la National Audubon Society, existen Estados Unidos aproximadamente 70 millones de observadores de aves y 30 millones buscan hacerlo en el exterior. Y la RSPB afirma que de la población adulta de Gran Bretaña, una persona de cada 30 está interesada en las aves. “Hace años, si comentabas que eras observador de aves o te veían en un parque con los binoculares, decían 'este está loco'. A veces me preguntaban si estaba viendo un ovni. Ahora nos volcamos al otro extremo: es casi obligatorio estar vinculado a alguna actividad de la naturaleza”, dice Stagi.

    Aves Uruguay tiene iniciativas vinculadas a la conservación de aves y ambientes en que habitan las aves dentro de políticas de desarrollo sustentable en el uso de los recursos naturales. “Pero nuestro trabajo está más vinculado a lo popular, a dar a conocer las especies, a acercar a la gente a la actividad”, asegura Stagi. Para eso realizan todos los últimos domingos del mes salidas gratuitas en Montevideo y una vez al mes excursiones en diferentes partes del Uruguay que pueden ser por el día o más, dependiendo de la distancia.

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    Para Stagi, la figurita sellada de los avistadores locales es el cardenal. “Es un ave símbolo, conocido por todos y, a la vez, reconocida como ave de jaula, aunque estamos en contra de la extracción de aves de la naturaleza. Las leyes lo prohíben, salvo durante tres meses en el año las que son de caza y todo el año las que son plaga como la paloma, cotorra y garibaldina. El resto de las especies no se pueden capturar”, afirma.

    Por otra parte, Gabriel Rocha, autor de seis libros sobre aves uruguayas y presidente de ACUO, la ONG que brega por la conservación de las aves y sus hábitats a través de educación ambiental e investigación, que cumple 20 años, afirma que los turistas extranjeros no vienen en forma masiva a Uruguay por las aves y que los que más se acercan son norteamericanos e ingleses. Para Rocha, el turismo de observación de aves “está poco explotado. Uruguay tiene algo que no tienen muchos países, que es la cantidad de especies que podés ver en una salida de campo. El domingo pasado estuvimos en Punta del Este y en dos horas vimos más de 50 especies. Es raro que eso ocurra en otros lugares”, dice.

    Rocha, quien viajó a diferentes partes del globo para realizar observación de aves, cuenta que durante un viaje a Ecuador, país que ostenta más de 1.500 especies, en una mañana solo pudo ver 20 aves. “Como anécdota, llevé a un inglés a Rocha, Treinta y Tres y Cerro Largo y logró avistar 195 especies. Me dijo que eran más de las que había visto en toda su vida en Europa”, contó.
    En ACUO también se realizan paseos, actividades abiertas y gratuitas los domingos. Rocha trabaja con aves desde 1993 y, aunque no es biólogo, estudió ornitología en el exterior.

    Aunque no hieren a las especies, los avistadores recolectan aves para su memoria y experiencia. Como un álbum de figuritas casi imposible de completar, siempre están detrás de la difícil, la sellada o la brillante. No importa, el fin no es atraparlos a todos.

    Pedro Crosta, socio de Aves Uruguay, durante la jornada de avistamiento en el cerro Arequita. Foto: L.D.

    Los mejores lugares para el avistamiento

    EN URUGUAY

    · Esteros de Farrapos (Río Negro)

    · Bella Unión (Artigas)

    · Valle del Lunarejo (Rivera)

    · Laureles (Tacuarembó)

    · Arroyo Maldonado (Punta del Este, Maldonado)

    · Paso Centurión (Cerro Largo)

    · Laguna de Rocha (Rocha)

    · Bañados del Este (Rocha)

    · Pastizales de Arerunguá (Salto)

    · Serranías de Lavalleja (Lavalleja)

    EN AMÉRICA DEL SUR

    · El Pantanal, Brasil

    · Región amazónica de Ecuador

    · Esteros del Iberá, Argentina

    · Parque Nacional de Manú, Perú

    · Parque Nacional de Corcovado,

    · Costa Rica

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