Este 2018 llegó para confirmar una tendencia que se viene viendo hace ya un par de años: en Uruguay, el verano pasa en Rocha. Desde los últimos días de diciembre los turistas tapizaron sus playas, algunas más agrestes, otras más ventosas y otras que son como refugio de unos pocos privilegiados. La Paloma y La Pedrera se consolidaron como el punto de encuentro para los más jóvenes, mientras que Cabo Polonio se renovó y conquistó un público que hasta ahora no se animaba a pasar varios días sin agua ni electricidad. Con entre 95% y 100% de ocupación los primeros días de enero, según datos de la Intendencia de Rocha, el año comenzó con las playas, las calles y los comercios repletos de personas con ganas de vivir la temporada veraniega frente al mar.
Un lugar que se renueva. Por más de un siglo, Cabo Polonio fue un balneario escondido entre las dunas y el bosque. Pocos uruguayos llegaban a la zona, donde los ranchos no tenían electricidad ni saneamiento. Durante la noche, la única luz era emitida por el faro del balneario, que todavía ilumina el lugar cada 12 segundos. Esa área, además, es el hogar de una de las mayores reservas de lobos marinos del mundo, que, por muchos años, convivieron con menos de 100 habitantes.
Este 2018, Cabo Polonio está más de moda que nunca y a la vez lucha por no perder la austeridad que lo caracteriza. En los primeros días de enero, miles de turistas llegaron en busca de las playas de aguas cristalinas. Al estar prohibido entrar en auto, la mayoría lo hace en camiones todo terreno. En temporada alta, estos vehículos llevan hasta 35 personas en recorridos que salen a cada hora y duran alrededor de 30 minutos. Entre fotos, videos y comentarios sobre el paisaje de dunas y bosque, al pueblo ingresan alrededor de 2.000 turistas por día.
“El Cabo está repleto, pero no pierde su esencia”, cuenta el artista visual Diego Kröger. Desde que conoció el lugar hace 30 años, el uruguayo divide sus días entre el balneario y Montevideo. “Llegué por una invitación de mi hermano y no me quise ir más”, recuerda el artista, que se construyó una casa con un estudio para trabajar allí. En las tardes es usual encontrarse con Kröger creando pinturas inspiradas en el pueblo. Las playas, los lobos marinos y las gaviotas son las musas de este artista que pintó cuadros para muchos de los vecinos de la zona.
La casa de Kröger está frente a la playa Sur, donde se encuentran la mayoría de los terrenos que pertenecen a Gabasol. La sociedad anónima, creada por un grupo de accionistas en 2001, está formada por 211 hectáreas con 77 casas. Todas mantienen un estilo rústico, pero moderno. “Hay un régimen de autorregulación para poder cambiar, pero respetar la identidad del Cabo”, cuenta el presidente de la sociedad, Medardo Manini. Algunas viviendas mantuvieron su estructura pero otras se tiraron abajo y construyeron de vuelta. Donde antes había precarios ranchos, ahora hay casas que incorporan paneles solares y que resaltan por sus grandes ventanales. “Mejoramos en calidad y sustentabilidad, pero seguimos sin alambrar la zona y permitimos el paso peatonal para seguir con la austeridad de la zona”, dice Manini.
El rústico estilo de estas viviendas se mantiene en el parador más conocido del balneario: Al Fin y al Cabo. El lugar, que funciona como bar y restaurante, fue remodelado por el arquitecto Baltasar Brum, quien también reformó otras cuatro casas. El comercio, ubicado en la playa Sur, se caracteriza por las picadas, los tragos y la pesca. Durante el día se llena de turistas que suben de la playa y de vecinos que lo usan como un punto de encuentro. Cuando cae el sol, además, es frecuente que se armen fiestas y que haya toques en vivo. Muchas veces, allí comienzan los festejos que continúan en otros balnearios de Rocha.
Una rutina atípica. La Pedrera es el balneario de moda entre los jóvenes uruguayos. Miles llegaron los primeros días de enero para disfrutar de las fiestas que comienzan en la tarde y terminan en la madrugada. Los festejos arrancan en la playa, continúan en los locales de la calle principal y terminan en boliches que se encuentran entre el balneario y La Paloma.
Aquí la rutina está cambiada. En la mañana las calles están desiertas, pero en la tarde los jóvenes se adueñan del lugar. Al caer el sol, el centro se transforma en punto de encuentro para los que llegan en traje de baño y con la música a todo volumen. Muchos caminan por la calle principal, que anochece decorada por las artesanías locales. Algunos se detienen a mirar las joyas y la ropa que se venden mientras otros hacen las compras para la noche. “Hay que estar preparados”, bromea con bolsas repletas de cervezas Agustín Sosa, un joven que está en el balneario con sus amigos. En el grupo todos rondan los 20 años y es la segunda vez que eligen La Pedrera para vacacionar, cuenta antes de detenerse a comprar la bebida para la previa.
Mientras Agustín termina las compras, sus compañeros lo esperan con un helado de Popi. La clásica heladería es una parada obligada en las tardes de calor. La firma —con sus clásicos vasitos de plástico de colores— también está en La Paloma, donde abrió hace 27 años. Además de este local, los
balnearios comparten otro sitio de moda: el boliche Barbas. El popular local está en La Aguada pero convoca a jóvenes que veranean en los dos lugares. De hecho, Barbas —que sobre todo ofrece shows de bandas de cumbia— comenzó a vender entradas vip a mediados de año y llegó a la temporada con todas agotadas.
Más allá de los restaurantes, en la calle principal de La Pedrera y La Paloma hay bares que cambian la oferta según el horario y el público. El pub Salvatore este año se fusionó con Bluzz Live en La Pe para adaptarse a las demandas de los jóvenes en La Pedrera. “Tenemos dos propuestas para la noche: una para los mayores que no quieren cruzarse con los más chicos y otra para el resto”, cuenta Lao, uno de los dueños del bar. El local, que está rodeado de otros restaurantes y pubs, abre todos los días a las 20.30, pero concentra su actividad en dos horarios: la una y las cuatro de la mañana. “El primer turno está dedicado a los adultos, que tienen un espacio con música más tranquila. Mezclamos el rock con el funk y hacemos noches con toques especiales”, cuenta Lao. Más tarde se dedican a satisfacer los gustos de los más jóvenes, que llegan luego de las previas.
La mayoría de los que veranean en estos balnearios se reúnen entre amigos en alguna casa para tomar alcohol y escuchar música antes de ir al boliche. Esta rutina, que hace años apareció en “las casitas” de La Barra, perjudica a muchos vecinos, que se quejan por no poder dormir. Antes, los ruidos molestos eran un problema de los pubs que en la madrugada se convertían en discotecas. Ahora, el fenómeno se mudó a las casas. La Intendencia de Rocha montó un operativo especial para tratar con los ruidos molestos y ya recibió más de 70 denuncias, según informó El País. Pero para muchos no es un impedimento.
“Cuando nosotros alquilamos avisamos que íbamos a venir de fiesta y los vecinos lo sabían”, cuenta Agustín Sosa con la aprobación de sus amigos. Pero Javier Rodríguez no opina lo mismo. A los 40 años, llegó con su familia a La Paloma para pasar hasta el 20 de enero y sufre por los ruidos molestos de algunos en la cuadra. Rodríguez alquiló una casa frente al parador Punto Sur —que está en la playa La Balconada— donde se arman fiestas desde la tarde. “En la inmobiliaria nos advirtieron que iba a estar lleno de adolescentes, pero quisimos venir igual y recién ahora nos dimos cuenta de que es un balneario para los más jóvenes”, cuenta el hombre, que espera que con el cambio de quincena también cambie el público. Muchos, al igual que Rodríguez, consideran que la segunda mitad de enero el ambiente seguramente se vuelva más familiar. Lao, desde La Pedrera, planea cambiar la propuesta del bar Bluzz Live para recibir el recambio. “Nos vamos a pasar para el cine para chicos y tener una oferta más familiar”, dice el argentino radicado en el balneario.
Una cambio gastronómico. La rusticidad de Cabo Polonio y el movimiento de jóvenes de La Pedrera y La Paloma llevaron a que Punta del Diablo tuviera que renovarse. Hace cinco años el antiguo pueblo de pescadores se convirtió en el destino de moda, pero el boom pasó y el balneario tuvo que encontrar una nueva forma de posicionarse. En ese camino, los comerciantes del pueblo —desde los pequeños locales de la calle principal hasta los más clásicos— decidieron diversificar su propuesta gastronómica. Así, hoy los clásicos buñuelos de algas y las miniaturas de pescado se mezclan con el gramajo y las pastas. Elegido por turistas de todas partes del mundo, en el balneario también hay lugar para la cerveza artesanal.
Frente a la playa de los pescadores, un pequeño local se convirtió en uno de las paradas más populares de los turistas: Brew-Pub. La cervecería argentina se instaló este año con seis canillas y 10 tipos diferentes de cerveza. Pero el emprendimiento surgió hace nueve años. Entonces, Facundo Arrona, de 35 años, se instaló en Colonia y remodeló una antigua casa de 114 años para convertirla en un local de cerveza artesanal. “Fue un proyecto familiar. Nos sumamos a la tendencia y abrimos un negocio en el que ofrecemos 24 tipos distintos de cerveza”, cuenta el argentino mientras atiende a una joven en el local de Punta del Diablo. “Nos fue bien y este año abrimos en el balneario, pero con menos tipos de bebida”, dice Arronda.
Además de la cervecería, Rock Bar se convirtió en un un punto de encuentro para los más jóvenes. Aunque el ambiente en Punta del Diablo es más familiar, los jóvenes se reúnen en este bar para tomar tragos a toda hora. El local, que abre durante todo el día, es la continuación de Cero Stress, un restaurante de mariscos, pastas y pescados que está al lado. “En el restaurante hay un menú más elaborado, pero en Rock Bar ofrecemos tragos para los más jóvenes”, cuenta el dueño de los dos comercios, Bernardo Rodríguez. Mientras habla, la moza le sirve un daikiri a Mariana Vélez, una chef colombiana de 30 años que llegó a Uruguay para recorrer Rocha. Se va a quedar todo el mes y, mientras descansa, sube a Instagram las críticas de los lugares que visita. “No me equivoqué al elegir este plan para mis vacaciones”, cuenta Vélez mientras disfruta su trago en el parador.