Son varios los objetivos del trabajo: determinar el potencial de las pasturas uruguayas para secuestrar carbono en los suelos y biomasa, y aprovechar ese potencial para producir carne con menos emisiones de GEI. Además, promover manejos de pasturas y pastoreo en casos en los que, si fueron degradadas, se pueda restaurar su fertilidad, su contenido de materia orgánica en el suelo y la biodiversidad del pastizal. Es decir, “recuperar la provisión de los servicios ecosistémicos naturales”, explicó Oyhantçabal.
Serán 35.000 hectáreas ocupadas con esta nueva experiencia en distintos puntos del país en los que se hace ganadería a campo natural y serán 60 los productores involucrados. El impacto indirecto será en 400.000 hectáreas, por una suerte de “efecto contagio”.
Se trata de incorporar “una forma de hacer ganadería que minimiza los impactos sobre el ambiente, aumenta la producción, protege la biodiversdad y la calidad del agua” y lanza al mercado internacional un mensaje para los consumidores más exigentes que buscan productos con “valor agregado ambiental incorporado”, señaló Oyhantçabal el martes 11 durante la presentación oficial del proyecto.
“En los intercambios algunos países están privilegiando una producción agropecuaria más sostenible, entonces los productores tendrán que embarcarse en esa corriente a nivel internacional”, dijo a Búsqueda María Mercedes Proñao, supervisora de proyectos de la FAO y el GEF en América Latina y el Caribe. Los NDC no son el único motivo para embarcarse en este tipo de proyectos.
En tiempos de la “revolución verde” el paradigma era “producir más”, pero hoy eso cambió y lo que se busca es “producir más de forma más eficiente, usar los recursos con conciencia de que son escasos”, dijo Oyhantçabal. El planteo es “limitar el cambio climático al mismo tiempo que se aumenta la productividad y los ingresos, no uno a expensas del otro sino ganar, ganar, ganar”, declaró.
Para Uruguay el tema es muy relevante, porque aproximadamente el 76% de sus emisiones de GEI provienen de la actividad ganadera. Esto ocurre por dos grandes motivos: la fermentación ruminal (gas metano emitido a la atmósfera y liberado por los animales producto de su digestión) y la emisión de óxido nitroso de los suelos debido a la deposición de orina y bosta de los animales sobre el campo. La fermentación ruminal explica el 5% de las emisiones del mundo.
Uruguay se comprometió a reducir un tercio las emisiones globales por kilo de carne producido en el mediano plazo, entre 1990 y 2025.
“A la hora de hacer la NDC fuimos relativamente conservadores, pero si tenemos mejor información, podremos estimar mejor nuestro potencial. Tiene que ver por un lado con el Acuerdo de París, por supuesto, y por el otro lado con la construcción de competitividad para un rubro como la carne vacuna que es muy importante para Uruguay pero que está en la mira de determinado segmento de opinión a nivel internacional, de ONG importantes, de consumidores, que están visualizando a la ganadería como negativa”, planteó Oyhantçabal. En ese sentido, hay un “contexto internacional adverso”, afirmó.
Es por eso que “queremos demostrar que es posible aprovechar los pastizales naturales para producir carne con muy bajas emisiones y generar valor agregado ambiental y competir por calidad”, planteó. Es el primer proyecto que apunta “a generar números que no tenemos” para el campo natural, añadió, que ocupa unas 11 millones de hectáreas.
Después de París
Para recibir los apoyos del GEF los países son los que establecen sus prioridades y propuestas. Para el periodo 2018 a 2022 Uruguay recibirá US$ 4 millones, Chile US$ 16 millones y Brasil casi US$ 50 millones.
“Hay un cambio en el orden de prioridades. El GEF priorizaba el manejo de áreas protegidas como una estrategia de conservación y es muy válida. Ha funcionado en todos los países de la región en América Latina, que tiene altos niveles de biodiversidad, pero en sus inicios no incluía los temas relacionados con el manejo sostenible de los recursos naturales”, planteó Proñao.
Ahora en el GEF 7 (periodo 2018 a 2022) hay un cambio en el paradigma, y se da una importante priorización a los temas relacionados con la incorporación de criterios de conservación de recursos naturales en las esferas del desarrollo como la agricultura, la minería y la pesca, destacó Proñao.
¿Qué cambió? En las evaluaciones del estado del ambiente que realiza el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, cuya última actualización fue publicada hace unas semanas, se refleja que los problemas ambientales no están disminuyendo. Por el contrario, existe un “desafío muy grande por resolver el problema del cambio climático, la degradación y la biodiversidad”, dijo Proñao.
“No estamos atendiendo los problemas como deberíamos”, sostuvo, y una de las razones ha sido no considerar a la conservación de los recursos naturales dentro del manejo de la economía, planteó. Fue así que el GEF hizo cambios y creó lo que llamó “programas de impacto”.
“El futuro se nos empieza a volver un poquito negro con esta visión de urgencia. El GEF ahora está trabajando en un periodo bastante más innovador en cuanto a soluciones ambientales en donde haya participación del Estado, claro, pero también mucha del sector privado”, explicó.
Por otra parte, luego de firmado el Acuerdo de París en 2016 y tras la creación del Fondo Verde para el Clima, el GEF ha tenido que hacer cambios en su funcionamiento porque ya no es el único que provee financiamiento para estos fines.
Desde sus comienzos el GEF se maneja con periodos de trabajo para el financiamiento. Durante la etapa GEF 6 (2014-2018) el total de financiamiento asignado para los países fue de US$ 4.430 millones y en el GEF 7, que comprende el periodo 2018-2022 bajó a US$ 4.068 millones. La mayor baja la tuvo el área focal de cambio climático (destinada a proyectos de mitigación de cambio climático, aquellos que apuntan a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero), que pasó de US$ 1.260 millones en el periodo GEF 6 a US$ 801 millones en el GEF 7.
“La principal razón es la creación del Fondo Verde para el Clima, que ve mitigación y adaptación. Son prácticamente los mismos países donantes”, explicó Proñao.
Más pasto
El proyecto empezó en marzo y dura cuatro años. Prevén que las actividades de campo empiecen a fines del invierno, ya que primero establecerán un proceso de diálogo con las organizaciones de productores para tomar contacto con los interesados.
Las pasturas bien manejadas producen más pasto que comen las vacas y también más raíz; para lograrlo toman carbono de la atmósfera, es decir, lo capturan. Esas raíces contribuyen a sumar materia orgánica en el suelo que es fundamental para incrementar su fertilidad, gana en capacidad para almacenar agua y lo hace más resistente a la sequía. Además disminuye la necesidad de aplicación de fertilizantes.
“Nos va a permitir sacar conclusiones de cómo los cambios que proponemos en el manejo del ganado y la pasturas tienen cobeneficios importantes en mejorar los ingresos de los productores y en reducir su huella de carbono. Esto significa menos emisiones por kilo de carne producida, más secuestro de carbono en suelos y en algunos casos en la masa herbórea”, planteó Oyhantçabal. Además, el trabajo servirá para evaluar cómo hacer un sistema más resistente y más adaptado a la variabilidad del cambio climático, que impone cambios como intensas lluvias, heladas o sequías.
“Es un proyecto ambicioso que tiene un diseño robusto”, dijo Oyhantçabal. Se realiza junto con la Universidad de la República y el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) y en contacto y consulta con la Mesa de Ganadería sobre campo natural como asesor y también con la participación del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, detalló.
La intención es “generar una estrategia de una ganadería climáticamente inteligente para Uruguay”, dijo el director de Cambio Climático del Ministerio de Ganadería. También hay un proyecto en marcha en Ecuador y uno por comenzar en República Dominicana. Si resulta exitoso, la idea es expandirlos.
Edición 2017
2019-04-25T00:00:00
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