Mientras tanto, en Uruguay, iba tomando forma un encuentro de científicos que se concretaría en diciembre de ese año. Pocos años antes, Macadar y su colega del IIBCE, Omar Trujillo, comenzaron a trabajar para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) que se mostraron dispuestos a apoyar la formación de científicos y fortalecer la investigación en ciencias básicas en Uruguay.
“Pensamos: ‘Lo vamos organizando mientras la dictadura afloja y podemos traer gente de afuera’”, porque ya se vislumbraba su final, recordó Macadar, que mientras tanto llamó a Wschebor. “Yo lo que quiero es seducirte para que vengas y hagas maravillas con el ambiente de porquería que tenemos acá. Necesitamos un ambiente científico”, le dijo en confianza.
A fines de 1984 se realizó el encuentro de científicos locales con una decena de representantes de la diáspora que viajaron para la ocasión. Sirvió como puntapié para, en octubre de 1986, consolidar la creación del Programa de Desarrollo en Ciencias Básicas (Pedeciba), que marcó un antes y un después en un ambiente deprimido. Su objetivo era crear y mantener una plataforma científica en ciencias básicas, sustentar la formación de profesionales y consolidar la trama científica, y para eso creó un sistema de fomento a la investigación con apoyo a la formación de recursos humanos.
Poquita cosa.
Según un relevamiento realizado en aquel momento, en Uruguay había unos 14 grupos de investigación. Era “muy poquita cosa”, recordó Ehrlich. Había unos 30 investigadores formados, no muchos más, dijo Macadar. Hoy el Sistema Nacional de Investigadores tiene unos 1.700 integrantes, aunque lo ideal para Uruguay sería que fueran el doble, opinó.
“Los biólogos habían mantenido la llamita encendida de la investigación en el país pero había muy muy poca cosa. Estaba todo muy deprimido y había entusiasmo por recuperarse”, dijo a Búsqueda Enrique Cabaña, matemático uruguayo y primer subdirector del Pedeciba.
Cabaña, quien fue profesor titular de Matemática antes de partir de Uruguay, estaba en Venezuela trabajando en la Universidad Simón Bolívar cuando recibió la llamada. Desde Uruguay lo invitaron a ocupar el cargo de subdirector de Pedeciba y no lo dudó. Volvió a Uruguay en 1986.
Según un trabajo realizado por Rodolfo Silveira, tras la creación de Pedeciba retornaron unos 133 científicos básicos repatriados e insertos en el ámbito universitario de manera estable. Sin distinción de áreas, fueron unos 200 investigadores en total, según datos de Barreiro.
El Pedeciba “posibilitó una suerte de renacimiento de las ciencias” básicas, sostuvo Barreiro en su libro. “Entusiasmó y buscó la forma de insertar de vuelta en el país a muchos científicos que estaban afuera” y también motivó a las nuevas generaciones, dijo Cabaña. “Fue el gran acierto en centrar todo el esfuerzo en la formación de las nuevas generaciones científicas y en el programa de maestría y doctorado que siguen hasta hoy. En un momento Pedeciba fue la plataforma sobre la que se apoyaba toda la ciencia y sigue siendo fundamental. Además, la Universidad hizo su esfuerzo grande para la reconstrucción académica”, agregó.
El Pedeciba funcionó con éxito como “estímulo” para el regreso de la diáspora, permitió adquirir materiales y ayudó a recuperar el ecosistema científico y dar nuevas posibilidades a la formación de los más jóvenes mediante posgrados, dijo a Búsqueda Álvaro Mombrú, profesor titular en la Facultad de Química y director de Pedeciba.
Mombrú ingresó a la Facultad de Química en 1984 con 18 años, institución en la que el químico académico había dejado de ser una opción educativa. A él le gustaba la idea de investigar y recuerda como si fuera hoy dónde estuvieron ubicados en los corredores los primeros carteles que anunciaban la posibilidad de realizar posgrados de Pedeciba, con las listas de los primeros directores de tesis, en 1986.
Fue la “puerta de entrada a la ciencia” para él y para muchos otros jóvenes estudiantes de la época, recordó Mombrú.
Pero los fondos internacionales para Pedeciba se fueron acabando para comienzos de 1990 y sobrevivió durante un tiempo con muy poco presupuesto, hasta que en 1993 el Parlamento aprobó con el apoyo de todos los partidos políticos la inclusión de fondos en el presupuesto del próximo año, durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle. “En un momento apenas alcanzaba el presupuesto para mantener andando la secretaría. Hubo toda una gestión política para tratar de conseguir el apoyo”, recordó Cabaña. El entonces director de Pedeciba, el renombrado científico Roberto Caldeyro Barcia, jugó un papel fundamental.
Interés común.
El “deterioro” de la universidad durante la dictadura fue “terrible” para los investigadores y “la reconstrucción un esfuerzo titánico”, comentó a Búsqueda la académica Judith Sutz. Hubo que “reconstruir un tejido muy dañado” y para eso en 1990, unos años después de Pedeciba, la Universidad de la República (Udelar) creó la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) que comenzó a funcionar con fuerza en 1992. El objetivo fue, y es, fomentar la investigación dentro de la Udelar a través de diferentes programas como los proyectos de investigación, fortalecimiento del equipamiento, y apoyo a estudiantes, entre otros. En 2016 ejecutó programas de apoyo a la investigación por $ 210 millones.
La organización de CSIC es central, el dinero no se reparte por facultad. De hecho, es un órgano de cogobierno universitario con un cuerpo asesor del Consejo Directivo Central. Además, tiene una Unidad Académica dedicada a implementar los planes, articular y evaluar los procesos.
El comienzo no fue fácil, recordó Sutz, actual coordinadora de la Unidad Académica de la CSIC.
“En 1992 la temática ciencia, tecnología y sociedad no era demasiado cultivada en Uruguay. La gente venía de la ingeniería, antropología, economía, biología. Era un grupo muy diverso que tenía que converger a un interés común, fue una tarea compleja, pero marchó”, comentó Sutz.
Tras esta etapa, llegó en la década de 1990 el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que mediante el Programa de Desarrollo Tecnológico (PDT) y a través del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicyt) permitió, mediante préstamos, actualizar equipamiento científico en Uruguay, realizar la ampliación del IIBCE y el nuevo edificio de la Facultad de Ciencias, en Malvín Norte.
Nueva facultad.
La Facultad de Humanidades y Ciencias de la Udelar concentraba vastas áreas, desde la Antropología hasta la Biología y las Matemáticas. Demasiado amplia. Entonces surgió el proyecto de crear una Facultad de Ciencias, y por otro lado la Facultad de Ciencias Sociales. “Nace y se desarrolla como hija del Pedeciba, que nuclea a la comunidad científica”, dijo Ehrlich, quien asumió como decano en 1997.
Ehrlich trabajaba como investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia y regresó tras el retorno de la democracia. Tuvo su laboratorio en la recientemente creada Facultad de Ciencias (en 1990) en el viejo colegio Niño Jesús de Praga en Tristán Narvaja y Uruguay. Aún conserva un escritorio de aquella época, que tiene las patas marcadas por el agua que ingresaba a la sala cada vez que llovía mucho. No fue hasta 1997 que la Facultad inauguró su nuevo y moderno edificio en Malvín Norte.
“Había un entusiasmo extraordinario” pese a las dificultades, dijo Ehrlich. Los jóvenes estudiantes creyeron en el proyecto. Hoy, muchos de los jefes de grupos de distintas instituciones son aquellos estudiantes de los primeros años de la Facultad de Ciencias”, aseguró.
El Pedeciba, la CSIC, la Facultad de Ciencias, el Conicyt y los programas BID “crearon una plataforma mínima nacional”, dijo Ehrlich, y como corolario surgió la creación del Instituto Pasteur (con el apoyo de Jorge Batlle) y en 2007 la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (durante el primer mandato de Tabaré Vázquez).
Hoy existe “un problema muy serio y distinto”, opinó Sutz. Hay un excelente nivel de formación, pero, “¿qué vamos a hacer con toda esa gente?”, planteó. En su opinión, los científicos son un “tesoro” y deberían tener oportunidades por fuera del ámbito académico para resolver problemas locales con soluciones originales.