Decir que durante años fue el bajista predilecto de un cantautor tan elegante y exigente como Luis Alberto Spinetta, es quedarse corto. También es quedarse corto decir que ganó el Premio Clarín, el Premio Gardel y el Premio Konex, que colaboró con músicos del nivel de Dino Saluzzi, Jaime Roos, Ricardo Mollo y Walter “papá” Malosetti, que formó un trío extraordinario junto a Hernán Jacinto y a Oscar Giunta y que creó una sociedad de candombe, blues, soul y jazz con Rubén Rada, la cual se plasmó en “Varsovia”, un disco doble, y se pudo disfrutar en La Trastienda de Buenos Aires y en el restaurante y club de jazz Medio y Medio de Punta Ballena.
¿Por qué es quedarse corto? Porque Malosetti no vale por los premios que ganó, por los músicos con los que tocó ni por el currículum con que escribiríamos sus méritos si buscara trabajo. En cambio, vale porque es un artista, un virtuoso intérprete del bajo eléctrico que hoy alterna el jazz con géneros como el soul, el blues, el rock y el funk junto a su joven y potente banda Electrohope y que a menudo tiene la inteligencia y la sensibilidad suficientes para brindar espectáculos entretenidos donde su talento no está al servicio del virtuosismo sino del buen gusto.
Para demostrarlo una vez más, este simpático porteño de 46 años, que suele descontracturar sus recitales con chistes fuera de repertorio y que sabe alternar las distintas atmósferas que debería crear cualquier músico de primera, llegará a Montevideo para actuar, precisamente junto a Electrohope, el próximo viernes 3 de agosto a las 21 horas en La Trastienda.
—Creo que eso responde a intentar no ser un aparato. Aunque a veces uno tiene ganas de contestar con el casete puesto porque, cuando lanzo un disco que va acompañado de una gacetilla de prensa, algunos periodistas toman conceptos expuestos mínimamente allí y los convierten en preguntas. Entonces, vuelvo a decir lo que está escrito en la gacetilla. No me parece mal, pero sin dudas son muchos los periodistas que lo hacen, y termino diciendo medio lo mismo. Por eso hago lo imposible para no repetirme y para que no salgan las mismas palabras en todos los medios. Y después viene el racconto en el cual debo explicar cómo empecé en la música, cómo entré en la banda de Spinetta y cuál es mi relación con mi padre. Entonces, debo hacer malabares para evitar la repetición de algo que figura en varios sitios de Internet. A veces pienso que me gustaría decir cualquier cosa y contar ficciones para que en cada diario las historias fueran diferentes, pero no me da la cara para mentir (ríe).
—La última vez que estuvo en Uruguay, se presentó en Medio y Medio. Y, en uno de sus recitales, tocó a dúo con Fernando Cabrera la canción “Dulzura distante”. Entonces, la gente los ovacionó y usted, que es un hombre al que le gusta hacerse el “canchero”, lloró. ¿Qué sintió en ese momento?
—Primero, recuerdo que estaba muy mal de la garganta, que tenía fiebre y que estaba arruinado físicamente. La verdad es que, cuando uno se agarra una gripe en verano, una época en que quiere ir a la playa o meterse en la pileta, se siente doblemente tonto. No podía hablar. Y cantar, mucho menos. Mi performance empaña un poco el buen recuerdo que siempre tengo de Medio y Medio. Y no me refiero solo a lo vocal, pues me dolieron las articulaciones, sentí como un bombo en la cabeza y el ruido me alteró. Ahora, yendo a su pregunta, también recuerdo ese dúo. Y bueno, fue una época muy triste en mi vida porque estaba muy mal de salud Luis Alberto Spinetta. Entonces, yo estaba muy bajo de ánimo. Pero escuchar a Fernando siempre es una prueba para mi corazón: hay que ver si soy macho o no, a ver si me la banco o no. A veces siento, cuando leo sus letras o lo escucho cantar, que pone a prueba la dureza de mi corazón. Y esa noche no resistí escucharlo sin ponerme a llorar. Simplemente no lo resistí. Cabrera tiene un acceso directo a algo muy emocionante para mí. Eso también es un plomo, porque me gustaría tocar con él sin que me afectara demasiado. Me gustaría hacerlo más profesionalmente, sin involucrarme tanto. Yo entiendo que a la gente le guste ver cómo un artista se emociona, pero no quiero entrar en esos mundos cuando estoy en público.
—¿Por qué?
—Porque no. Y porque, como usted dijo, la quiero “cancherear”. De alguna manera, es un escudo. Pero en aquel momento, ese escudo se convirtió en un pantalón bajado (risas).
—Sin embargo, es común ver, por ejemplo en Brasil, donde para la cadena O Globo hicieron un especial de fin de año Gilberto Gil, Ivete Sangalo y Caetano Veloso, colaboraciones entre grandes artistas que, justamente por su sensibilidad, se emocionan y no lo disimulan. ¿Qué tiene de malo eso?
—No tiene nada de malo. Y no tiene de malo nada de lo que yo no hago. Ser corredor de TC2000 no tiene nada de malo, y emocionarse en escena, tampoco. Pero son dos cosas que no quiero hacer.
—¿Podría nombrar a otros artistas que, como oyente, lo hayan emocionado hasta las lágrimas?
—Lo que pasa es que la música es la única disciplina en el arte que tiene esa conexión directa con las emociones. Entonces, esto me ha pasado con muchos músicos. Por ejemplo, con Spinetta, con Ted Greene, con Eduardo Mateo, con Ry Cooder, con Hugo Fattoruso y con Bill Evans. Después, las enfermedades o incluso la muerte de mis seres queridos no me hacen llorar, sino que digo: “Che, qué cagada”. Ver a Marlon Brando también me emociona, pero lo que me hace llorar es la música. Fíjese que yo conocí “Hoy te vi” cantada por Sandra Mihanovich, y para mí era una balada pedorra de la radio. No tengo nada contra Sandra, le mandamos un beso desde acá y me parece un amor, pero cuando escuché a Mateo decir en la misma canción “sufres, te mueres”, se me paralizó la sangre. Lo mismo me sucede cuando Jaime Roos canta “Despedida del Gran Tuleque” o cuando Rada interpreta canciones como “Adiós a la rama” o “El ómnibus”.
—¿Hoy esas son sus canciones favoritas de Rada?
—Me gusta todo Rada. Yo soy su fan, no tengo objetividad: es como si me pidiera que eligiera un solo tema de los Beatles.
—¿Nunca le dio lástima no estar grabando un ensayo con él? Se lo pregunto porque su talento es tan natural y su capacidad de improvisación tan grande, que a veces es mejor lo que se le ocurre en el momento que lo que ha ensayado para un recital.
—Es que sus canciones son ocurrencias del momento que compone en un segundo. Rada saca un tema o cuatro por prueba de sonido. Cuando le toca probar las congas y la voz, canta una cosa, cualquiera, con un ritmo que invita a bailar, con una letra redonda que invita a cagarse de la risa y con una melodía que es el hit del próximo verano. Ahí es cuando uno piensa: “Yo no puedo creer que esto no esté grabado”. Y, por más que no toque el piano ni la viola, tiene un concepto armónico perfecto. Ese es Rubén Rada: se le cae la música de los bolsillos.
—En este momento está de moda homenajear a Spinetta independientemente del grado de conocimiento que sobre su música y su persona tenga quien le rinde tributo. Usted, que verdaderamente conoció sus mañas, sus genialidades y su corazón desde adentro, ¿cómo lo recuerda humana y musicalmente?
—Lo recuerdo como mi héroe musical desde mis más tempranos contactos con la música y como el gran amigo que fue luego, después de muchos años, pero como un amigo que nunca empañó aquella imagen de héroe. A veces, cuando uno conoce la cocina de algo, se pierde el encanto. Sin embargo, Luis, con quien hemos meado en el mismo inodoro al mismo tiempo, para mí nunca perdió su halo de santo. Cuando nosotros ensayábamos de mañana con la banda, después comíamos como unos animales y, antes de volver a los ensayos de la tarde, en los que teníamos que tocar 35 temas de nuevo, cosa que yo hacía medio dormido, realizábamos una sobremesa, mirábamos la tele, leíamos alguna revista y él agarraba la guitarra, cantaba como a media máquina y tocaba algo nuevo o un tema viejo fuera de la lista con un sonido mínimo, con las yemas de los dedos, porque se pasaba comiendo las uñas. Luis cantaba eso y nosotros estábamos ahí queriendo disimular que nos estábamos muriendo, porque si usted se mantenía en el lugar de fan, él no le daba más pelota. Ese hombre era un artista. No conmovía al público con un solo espectacular sino que, cuando agarraba la guitarra, ya producía la magia: templaba el instrumento y uno entraba en estado de trance. Eso tenía Luis. Y lo tenía aun siendo ese tipo que nos hacía ensayar tres veces por semana y a quien llegamos a odiar porque nos hacía tocar 20 veces por semana la misma canción.
—En resumen, un neurótico y un obsesivo. Pero un neurótico y un obsesivo encantador.
—Totalmente, un loco hijo de re-mil putas (risas). Pero también un marciano de la música y un ser amoroso.