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    “A los 16 daba clases para pagar los cigarros”

    Con el guitarrista Álvaro Pierri

    Me recibe en su camerino del Auditorio Adela Reta. Viste todo de negro y eso resalta el contraste con su copiosa cabellera plateada. Es Álvaro Pierri, aquel guitarrista compatriota que empezó a llamar la atención por los años 70 y que se fue hace cuarenta años a estudiar y tocar por el mundo. De eso da cuenta su pronunciación del castellano, retocada por algunos sonidos de otras lenguas que debió manejar en su periplo artístico. Nació en 1953 en Montevideo, a los 3 años se mudaron con su hermana Naína a la casa de sus abuelos maternos en la ciudad de Pan de Azúcar, donde vivió hasta los diez años. Se trasladaron luego a Montevideo al barrio Punta Carretas a la casa de la familia paterna. Su madre fue pianista y profesora de piano y su padre comerciante pero también sensible a la música. Su abuelo paterno, José Pierri Sapere, no tuvo formación musical formal. Autodidacta, tocaba muy bien la guitarra, componía con pasión y dejó algunas obras de carácter folclórico que marcaron época. Su tío de Buenos Aires tocaba con mucho talento y con dos dedos solamente, solo para divertirse en las reuniones de familia, y le gustaba improvisar valses que Álvaro se divertía en acompañar. Su tía Olga Pierri fue una gran concertista y docente del instrumento, formadora de innumerables guitarristas en Uruguay.

    Luego de haber obtenido importantes premios en Uruguay, se fue del país en 1975 y estuvo unos años en Brasil, donde continuó su carrera y fue docente de guitarra en Porto Alegre y en la Universidad Federal de Santa Maria. En 1976 ganó el primer premio y la medalla de oro del Concurso Internacional de París. Luego se radicó en Canadá y desde hace unos años en Europa. Su carrera se extiende por Sur y Norteamérica, Europa y Asia, donde actúa y graba como solista, y con diferentes orquestas y formaciones.

    Ha estrenado una gran cantidad de obras de compositores contemporáneos, y ha actuado con grandes músicos como Terry Riley, Astor Piazzolla, Frank Peter Zimmerman, Charles Dutoit, Nézet-Séguin, Regís Pasquier y William Pleeth. Es un hombre educado, simpático, de conversación amable, con destellos de espontaneidad pero con todo bajo control. Parece pensar muy bien antes de decir algo y también pausar su charla cuando toca algún resorte más sensible de su pasado. En 2008 fue declarado ciudadano ilustre de Montevideo por la Intendencia capitalina. La entrevista con Búsqueda ocurrió en la última primavera, cuando el guitarrista vino a Uruguay para tocar en el Auditorio del Sodre el Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, con la Ossodre bajo la conducción de la directora uruguayo-israelí Gisele Ben-Dor.

    —¿Cuál fue su educación básica?

    —La escuela Primaria de 1º a 5º año la hice en Pan de Azúcar. Cuando nos vinimos a vivir a Montevideo hice 6º año en la Escuela Grecia en Punta Carretas, Secundaria en el Liceo Zorrilla y Preparatorios de Derecho en el Liceo Miranda.

    —¿Y su formación musical?

    —Desde niño estudié piano con Teresa Surroca en Pan de Azúcar y luego con mi madre. En paralelo estudié guitarra con mi tía Olga Pierri y a partir de los 19 años con Abel Carlevaro y Guido Santórsola. Cuando terminé Preparatorios hice Musicología en la Facultad de Humanidades, que contaba con los maravillosos Héctor Tosar, Hugo Balzo, Ernesto Epstein, Mauricio Maidanik y Alberto Soriano, entre otros. Y cuando me fui a Brasil estudié con Jodacil Damasceno, como un “sabroso” complemento muy estimulante musicalmente.

    —¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

    —Tengo lindos recuerdos de Pan de Azúcar y de las escapadas a la casa de mis abuelos en Punta Colorada. Luego mis padres se divorciaron y nos vinimos a Montevideo. Pero conservo el vínculo con Punta Colorada: todos los Años Nuevos la familia se reúne allí y aprovecho para descansar una semana y si puedo dos. (risas)

    —¿Es hijo único?

    —No, tengo una hermana brillante que también estudió piano y guitarra, pero después rumbeó para otra vocación, en la cual es referencia: es socióloga especializada en la socioeconomía de la ecología. Vive en Brasil y es profesora titular en la Universidad Federal en Curitiba. Tengo además del segundo matrimonio de mi madre un hermano que vive en Buenos Aires y que es artista gráfico y fotógrafo.

    —¿Y usted se casó, tiene hijos?

    —Sí, tengo un hijo de mi primer matrimonio que nació en Brasil, vivió un tiempo en Canadá y vive con la madre en San Pablo. Mi actual esposa es austríaca, pianista y agente de artistas. No tengo hijos con ella.

    —¿Los conciertos absorben toda su actividad?

    —No toda, hay una buena parte que la dedico a la docencia. Di clases en universidades de Brasil, desde 1981 en Canadá (McGill y UQAM, en Quebec) y por último en Europa (MDW-Academia de Viena). Desde 2002 soy profesor titular en la Universidad de Música de Viena, y soy docente invitado en la Universidad de California-Fullerton, en Los Ángeles.

    —¿Pero usted no enseñaba ya en Montevideo antes de irse al exterior?

    —Bueno, eso es cierto. A partir de los 16 años enseñaba. Mi tía Olga me pasaba alumnos, y eso me servía para pagarme los cigarrillos y las salidas. (risas). Y para aprender mucho también.

    —O sea que es un docente de alma…

    —Sí, disfruto mucho. Desde que doy clases me di cuenta de que uno estudia también con cada alumno, que el intercambio de puntos de vista y el enriquecimiento consecuente son infinitamente formadores y estimulantes.

    —¿Qué me puede decir de su maestro Abel Carlevaro?

    —En realidad tuve dos maestros: Carlevaro y mi tía Olga Pierri. Yo estudiaba simultáneamente con ambos y eso me enriqueció mucho, porque eran dos escuelas distintas del instrumento y ambas tenían cosas para enseñarme. Olga pertenecía a la escuela clásica y como todos los guitarristas clásicos de aquella época, había estudiado con los métodos de Sor, Giuliani, Aguado y Tárrega. Los grandes guitarristas de la primera mitad del siglo XX como Manjón, Llobet, Segovia y Barrios, y aquí en Uruguay como Marín Sanchez, Atilio Rapat, mi tía Olga y Carlevaro, incluyeron en su formación un método excelente y referencial escrito por el catalán Pascual Roch (España,1864-1921). O sea que todos estaban en esa veta de excelencia que fue una misma escuela de referencias y modelos.

    —¿Y Carlevaro rompió con esa escuela?

    —No exactamente. Lo que hizo fue una revisión de la tradición mediante una clasificación y una propuesta organizada de procedimientos idiomáticos para la ejecución en la guitarra, a la manera de lo que Czerny hizo para el piano. Estableció con sus cuadernos, libros, estudios y obras la utilización inteligente y precisa de ciertos principios físicos que él supo enunciar pedagógicamente en forma muy clara. Con la fundamental ayuda de su alumno Alfredo Escande, Carlevaro fue materializando sobre el papel sus cuatro cuadernos de técnica y luego el libro “Escuela de la Guitarra”. Estableció una serie de reglas y una manera inteligente y novedosa de utilización de instrumento. Siempre con un norte: la búsqueda de precisión y seguridad en la ejecución como consecuencia de la organización inteligente de las acciones.

    —¿Se puede decir que su método asegura esa precisión y seguridad?

    —Bueno, además hay que rezar un poquito (risas). Carlevaro no creó un método, pero sí propuso con toda su obra una manera de organizarse “cartesianamente”, como él decía.

    —¿Cómo fue su relación personal con él?

    —Muy respetuosa y cercana. Además tuve mucha suerte porque era el último de sus alumnos del día y entonces aparte de los 45 minutos de clase tenía una “yapa” de hasta una hora y media más (risas).

    —¿Qué está leyendo?

    —De todo, siempre... Desde adolescente tengo la costumbre de leer cuatro o cinco libros al mismo tiempo. Algunos de mis preferidos: Herman Hesse, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Camões, Fernando Pessoa, Ernesto Sábato, Rainer María Rilke, Elfriede Jelinek y también los inefables Inodoro Pereyra de Fontanarrosa, y Juceca... La lista es larga… (risas)

    —¿Qué idiomas habla?

    —Alemán, francés, inglés, portugués e italiano. Y todo lo que puedo el español, referencia primera que hace brotar el ser.

    —Usted grabó con Ástor Piazzolla su concierto para guitarra, bandoneón y orquesta. ¿Qué recuerdo tiene de Piazzolla?

    —Era un flor de ser humano, un poco cascarrabias, pero cuando se “enojaba” con algún músico de la orquesta siempre era con razón. Eso duraba solo un instante. Nos divertimos lindo tocando y grabando en Alemania y en Canadá. Teníamos proyectados seis conciertos en trío de bandoneón, guitarra y bajo. La ultima vez que lo vi estuvimos ultimando arreglos en su casa de Punta del Este, pero el derrame cerebral que tuvo poco tiempo después dejó trunco ese lindo proyecto.

    —¿Le gusta el teatro?

    —Sí, mucho, cuando es bueno y bien hecho, como todo. Como con la ópera, me gustan los actores creíbles, verosímiles, lo que no pasa siempre. Tuve una linda experiencia cuando tenía 18 y 19 años con la Comedia Nacional en el Solís acompañando con la guitarra las canciones de García Lorca en Los amores de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, con Estela Medina, y La zapatera rodigiosa, con Estela Castro. Estuvimos muchos meses en cartel. También en una maravillosa obra de Goldoni.

    —Después de los ensayos, ¿queda lugar para la improvisación el día del concierto?

    —Ensayar con orquesta implica un proceso de comunicación y comunión. Cuando después de los ensayos volvemos a tocar juntos en el concierto, los pequeños cambios eventuales no son estrictamente una improvisación sino más bien la flexibilidad normal de reacciones e interacciones del solista y del director y la orquesta. Porque nunca se toca igual, siempre es nuevo y puede entonces ser distinto, ¡por suerte! Cada vez es una nueva vez, y hay que celebrarlo y sobre todo cultivarlo, creo yo.

    —¿Tiene preferencia por algunos directores?

    —Para empezar creo que les debemos a los directores un gran respeto y agradecimiento. Vamos a hacer música juntos, ellos tienen que coordinar a todos los músicos para que toquemos juntos, como lo ha hecho Gisele Ben-Dor. En términos generales podría decir que en principio me siento muy cómodo con directores “reactivos” como por ejemplo los que frecuentan el repertorio de ópera, porque están acostumbrados a oír mucho en detalle, a escuchar con más atención para poder reaccionar instantáneamente. Eso implica un hermoso ejercicio de atención y colaboración mutua bien activa.

    —¿Cuál es su rutina de trabajo?

    —Hay varias rutinas útiles para mí. Luego de rutinas cíclicas de estiramientos y ejercicios ad-hoc, la parte esencial es al principio del día lo que yo llamo descubrimiento y reflexión: una improvisación de diez minutos a media hora sobre una serie de acordes, motivos, temas etc. El ajuste que se va haciendo entre las ideas y su realización motora inmediata eficaz es fundamental para que el sistema psicomotor se despierte a funcionar “preciso”. Esto genera mucha libertad de capacidades en todo sentido. También hay rutinas de mantenimiento general de repertorio que implica el repaso de las obras mas o menos cíclicamente, y luego rutinas de adquisición para estudiar obras nuevas.

    —¿Qué tal la acústica del Auditorio del Sodre?

    —¡Excelente! Estoy muy contento de estar aquí en esta sala hermosa que hacen funcionar tan bien, y con la Orquesta sonando muy muy linda. ¡Excelente nivel!

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