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    “A mí me gusta sumar”

    Julio Bocca presentó tres de las obras que el Ballet Nacional del Sodre ofrecerá este año, una de ellas con coreografía de Martín Inthamoussú y música de Jorge Drexler

    Es la tardecita del viernes 4 y Julio Bocca y Martín Inthamoussú reciben a un periodista atrás del otro en la impecable y amplia sala de ensayo del ballet del Auditorio Nacional Adela Reta. Mientras Inthamoussú, con ropa colorida y rulos volátiles, manda y recibe mensajes de texto en su celular, Bocca parece algo cansado pero relajado e incluso histriónico. No estaría de más decir que está contento: “Hoy es viernes, así que no cocino”, dice con una sonrisa candorosa. “Viernes: sushi, ¿no?”, agrega. En el aire se respira el relax del fin de semana.

    Precisamente ese día se realizó el último ensayo de la pieza “Tres hologramas”, de Inthamoussú y Drexler, previo a su estreno para todo público el 6 de junio. Esa es una de las obras que se presentarán en la “Gala de Ballet III”, la cual ofrecerá, además, “The Leaves Are Fading” de Antony Tudor, y “Without Words”, de Nacho Duato. Este conjunto se podrá ver entre el 6 y el 15 de junio, con localidades a la venta en la Red UTS, a precios que van desde los 100 hasta los 500 pesos.

    La obra de Tudor (1908-1987) tiene música de Anton Dvorak y transcurre en un romántico bosque donde una mujer recuerda sus años de juventud, en tanto que “Without Words”, del bailarín contemporáneo y coreógrafo valenciano Nacho Duato (1957), es una fabulosa coreografía creada en 1998 para el American Ballet con música de Schubert. La dirección musical de la gala estará a cargo de Martín García.

    El director artístico fue enfático al asegurar que durante todo el año participará en los espectáculos de ballet la Ossodre en vivo, aunque en la pieza de Tudor estará solo parte de la orquesta, dado que la música se basa principalmente en violines y violas. En cambio, para interpretar los requerimientos de Duato, estarán invitados la pianista Élida Gencarelli y el cellista Roberto Martínez del Puerto.

    Curiosamente, hasta último momento Bocca no vio el trabajo de Inthamoussú y de los bailarines, debido a que no quiso participar en el proceso de creación con el fin de respetar el trabajo del equipo. La experiencia de poner en escena a Duato y Tudor es un “desafío” para el cuerpo de baile y para la gente, que verá a la compañía “en otra faceta totalmente diferente”, dijo el legendario bailarín a Búsqueda.

    La trama de “Tres hologramas” se desarrolla a partir de un hombre que ve un haz de luz que le recuerda a otro que solía mirar en su infancia y a raíz del cual empiezan a aparecer todos los recuerdos que él había olvidado y que están relacionados con sus amores de pareja, filiales y amistosos. Todos estos personajes aparecen, justamente, como hologramas. Y el número tres del título alude a la cantidad de variaciones musicales y coreográficas que atienden a lo clásico, a lo contemporáneo y a la milonga.

    Sobre esta pieza especialmente compuesta por el ganador del Oscar, Jorge Drexler, pero también sobre su personalidad y sobre el mundo de la danza, Búsqueda dialogó con Bocca.

    —¿Cuán conforme quedó usted con el resultado final en lo que se refiere a la coreografía y también a la musicalizacíón de Drexler en “Tres hologramas”?

    —Quedé muy contento. Ahora que la vi estoy más tranquilo porque hasta que no se abre el telón uno no sabe cuál será la respuesta de la gente, y eso no lo vamos a saber hasta el 6 de junio, cuando demos la primera función. De todas maneras, en cada presentación la respuesta puede ser totalmente diferente, porque a cada espectador le va a llegar de forma distinta. Pero estoy muy conforme con el trabajo de Martín, con que él se haya sentido cómodo acá, que es su casa, porque eso abre la posibilidad de seguir haciendo cosas: esa es la idea, sobre todo con el trabajo que ha hecho la compañía, que ha crecido muchísimo, aunque todavía nos falte mucho. Aparte, la mentalidad de la gente es la de querer aprender a nivel técnico: por ejemplo, aprender cómo caerse al piso, que no es tirarse así nomás porque hay todo un movimiento, una forma de hacer las cosas y una calidad que los bailarines todavía tienen que seguir aprendiendo. El trabajo con Martín va a ayudar muchísimo en eso. Y la verdad es que estoy muy feliz.

    —¿Y de la música compuesta por Drexler qué opina? ¿Qué le transmitió?

    —Paz y tranquilidad. Hay un momento dentro de la obra que es más fuerte, pero la música en sí es muy tranquila, muy “Jorge”, aunque al mismo tiempo es algo nuevo que no veo como repetitivo sino con su propia identidad. Yo pensé que iba a haber más tramos cantados, pero solamente hay una parte. Y es lindo porque sirve para cortar lo instrumental que viene después.

    —Esto de que hay una parte pequeña con la voz de Drexler, ¿es una crítica? ¿Le hubiera gustado escucharlo más?

    —Me hubiera gustado, sí, porque me gusta lo que él hace, pero lo que hizo es muy bueno. Es una música linda para bailar y para interpretar. Porque también podría haber sido una obra linda que no te llevara al movimiento.

    —¿Qué criterios lo guiaron para elegir la programación que sigue a “Tres hologramas”?

    —En sí, no mucho criterio (ríe). El criterio del propio gusto, pero no fue algo muy pensado o estudiado: me salió por intuición, que por suerte me acompaña bien y que es un poco como me manejo siempre. Una suerte que yo tengo acá es que hay mucho por hacer. Tenés un abanico de cosas que armar y por eso es más fácil. Vas viendo qué le puede quedar bien a la compañía, en qué momento está pudiendo hacer cada cosa y, así, vas armando la programación.

    —¿Cuánto de realidad y cuánto de mito hay en la idea de que los grandes bailarines tienen relaciones distantes entre sí? ¿Cómo se lleva usted, por ejemplo, con Maximiliano Guerra, con Iñaki Urlezaga y con Hernán Piquín?

    —Nunca tuve problema con ninguno. Y nunca en mi carrera tuve ningún problema con nadie. Tal vez en algún momento me peleé con Baryshnikov, pero no es que me peleé sino que yo quería hacer mi carrera, con mi forma, y él me decía que para mí era mejor otra cosa.

    —¿Le señaló a Baryshnikov lo que usted quería?

    —Sí, y él marcó lo que él quería. Pero en sí aprendí a llevarme siempre bien con todos, porque cuando bailás la mayoría de las veces lo hacés con todos, entonces tenés que estar en buena relación. Y a mí me gusta sumar, no restar.

    —Como director artístico del Ballet Nacional del Sodre, ¿considera que es preferible darle al público primero obras más sencillas y, a medida que la compañía va funcionando mejor, empezar a incluir algunas más complejas?

    —Sí, hay que darles diferentes obras y de todo un poco. Creo que eso es necesario no solo para el público sino también para el artista que está trabajando cotidianamente. Por eso está bueno poco a poco ir incorporando obras más contemporáneas sin perder de vista que esto es una compañía clásica. Pero las compañías clásicas a nivel internacional hoy hacen de todo. El repertorio es completo, porque ahora incluyen en su programación más cosas contemporáneas que clásicas. Por eso hay 68 bailarines que están para hacer los grandes repertorios, los cuales son maravillosos y que ellos, yo y el público disfrutamos mucho, pero hay que reconocer que también es lindo poder disfrutar de las otras cosas.

    —¿En qué medida piensa que el Ballet del Sodre tiene autonomía independientemente de su presencia al frente de su dirección artística? Si usted no estuviera, ¿se podrían establecer los mismo contactos con coreógrafos y bailarines de primer nivel mundial?

    —Hacerlos se pueden hacer, aunque quizás cuesten un poco más de tiempo. Ahora tenés Internet, así que podés conseguir los números de todos, con lo cual no es tan complicado como antes. Quizás lo que yo tengo son contactos que hacen que todo sea más directo y más rápido y que, si te atienden, lo hagan con mayor velocidad. Por ejemplo, hace poco estuve hablando con John Neumeier y él tiene programado hasta el año 2015, pero también fue muy directo al decirme “bueno, yo no conozco a la compañía”, así que hay que mandarle videos y presentarnos. Es normal, pasa en todas las compañías que no son el Royal Ballet o el American Ballet, en los que los coreógrafos ya conocen a los cuerpos de baile. Así que pienso que esto se podría hacer igualmente, aunque yo no estuviera acá. El asunto es hacerlo, simplemente. El 1º de junio se cumplirán dos años desde que asumí. Y se hicieron muchas cosas.

    —La gente ha quedado muy impresionada últimamente con el rendimiento de los bailarines Giovanna Martinatto y Ciro Tamayo. ¿Qué evaluación hace usted del trabajo de ellos?

    —Han crecido muchísimo. Sobre todo Giovanna, porque tiene más experiencia que Ciro, que es un chico que recién empieza y que tiene muchísimo para dar, además de excelentes condiciones. Giovanna es una gran artista, una gran bailarina, a la cual todas estas experiencias con coreógrafos diferentes la han ayudado a crecer —como a Rosina Gil, a Gabriela Flecha y a Vanessa Fleita— y a darse cuenta de que cuando vienen los coreógrafos no solamente ven lo técnico, porque no conocen a los bailarines pero sí se llevan una primera impresión. El coreógrafo tiene determinado tiempo y para él es muy importante esa primera impresión. Por eso les digo a los chicos que tengan ojo con cómo se presentan y cómo se postulan. Es cierto que en el proceso los van conociendo, pero a veces, si no te presentás bien desde el comienzo, perdés, pues el coreógrafo va a lo más seguro: no arriesga.

    Vida Cultural
    2012-05-10T00:00:00

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