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    “A veces es mejor no entender qué pasa”

    Pablo Casacuberta lanzó su primer CD y construye un centro cultural en el Barrio Sur

    A los seis años de edad, un amigo de su padre editó a carbónico seis ejemplares de sus primeros poemas. Lo recuerda como si hubiera sido ayer, pero ocurrió hace 39 años. El editor fue Mario Levrero y el niño Pablo Casacuberta, el cuarto de seis hermanos criados en México en un hogar que se parecía más a un taller de expresión artística que a una casa de familia: los padres, Carlos y Lilí, médicos investigadores en Fisiología, diseminaban caballetes, pinturas, instrumentos musicales, papel y lápiz para que los niños experimentaran jugando. Así, todos se inclinaron por el arte y sus ramas afines. El hermano mayor, Carlos, se hizo un prolífico cancionista, fundó El Peyote Asesino y actualmente es solista y productor; Marcelo es fotógrafo y documentalista; Gabriel fue rapero en Plátano Macho, es el contrabajista de Bajofondo y uno de los principales productores musicales del país; Adela es diseñadora y artista visual, y Juan, el menor, DJ y productor musical en México. Pablo recibió tanta información artística que condensó los oficios de sus hermanos y la pasión científica de sus progenitores. El resultado es una amalgama artística que ya abarca 25 años y sigue en constante expansión.

    En 1990 publicó un libro de cuentos llamado Ahora le toca al elefante, luego La parte de abajo de las cosas y cinco más. Escipión, el último, es una novela acaparada por la muerte de su padre, en México. Al mismo tiempo comenzó a pintar, y hoy es un artista visual de referencia, con varias muestras, libros y premios. Pero de algo hay que vivir, y para pagar las cuentas se inventó en el oficio de realizador audiovisual. Hoy es director de programas de cadenas de TV en Brasil, Estados Unidos y Europa, entre ellos Zoombido, el programa del músico Paulinho Moska.

    Escritor, artista plástico, fotógrafo, realizador audiovisual y ahora músico, acaba de editar por su cuenta un elegante disco-objeto, el CD de la banda sonora de la obra de danza Historia Natural de la Belleza (ver Búsqueda Nº 1.775), de Andrea Arobba, su esposa, creadora en danza y codirectora de Gen, un colectivo enfocado en la frontera entre el arte y la ciencia, cuya sede está en construcción en la casa de la pareja, en Barrio Sur.

    En la entrevista con Búsqueda recalcó que no toca ningún instrumento convencional y que no sabe casi nada de armonía y composición. Pero domina la herramienta digital con mano experta, y con ella más algunos sesionistas, construyó una obra ecléctica y atractiva. Dice que no hay día en el que no piense en la muerte, y se maravilla con el poder de la vida reflejado en el rostro de su pequeño hijo. Y que quiere ser alguien “que no pasa por su vida sin pena ni gloria”.

    —¿Cómo influyeron sus padres en que sus seis hijos fueran artistas?

    —Los dos eran científicos, investigadores en Fisiología, y en casa siempre estuvo esa disposición a investigar. La idea de que el conocimiento no era algo que ya tenías, sino una manera de proceder. Que no saber una cosa no constituye ningún desdoro sino el punto de partida. Que la ciencia y el arte son más o menos la misma cosa: hacer más propio lo ajeno y expandir el ámbito de los posible. Que lo que no conocés es casi todo. Ver todos los días a tus padres ponerse una túnica para enfrentarse a cosas que no saben es un excelente ejercicio para un niño.

    —¿Hubo artistas en la familia?

    —Para encontrar un artista hay que remontarse a nuestro tatarabuelo, el actor Juan Aurelio Casacuberta, el de la Sala Casacuberta del Teatro San Martín de Buenos Aires.

    —¿Cómo fue el estímulo de sus padres hacia el arte?

    —Eran personas creativas, pero no artistas. En nuestra casa en México nos dieron una canilla libre de herramientas: caballetes, óleos, pinceles, telas, instrumentos y muchos discos. Mucho ensayo y error, y eso te enseña a conocerte. Es un asomo a la persona que hay adentro tuyo y no conocés. Te hace recordar que sos un sujeto desconocido para ti mismo. Participás de una cultura, y por ósmosis has comprendido una serie de progresiones armónicas que no conocés, pero sabés y sentís cuando algo suena bien. Es como una fuerza de gravedad que promueve ciertas relaciones entre notas y que disuade de incurrir en otras.

    —¿Qué discos ponía su padre?

    —Era muy adepto al jazzprimigenio. Conocía muy bien dixieland pero decía que después el jazz se había “pervertido un poco”. Fue muy meritorio porque nos presentó artistas que no escuchaba pero creía históricamente relevantes, como los Beatles, Aretha Franklin y Bob Dylan. Mi padre nos traía discos cuyo origen cultural era la actitud contestataria contra los padres. Como si el Estado lanzara volantes revolucionarios (ríe).

    —¿Cómo lo influyeron sus hermanos mayores?

    —Todo me llegaba de refilón, muy procesado. No recuerdo haber ignorado cómo nacen los niños. No tuve que enterarme. Siempre tuve una vulgata de mis hermanos de todo lo complejo. Ligaba de rebote volúmenes increíbles de información. Mis dos hermanos músicos se complementan. Carlos tiene el enorme talento de generar canciones, una especie de Aquí está su disco ambulante. Y Gabriel es un músico constitucional, el único tipo que conocí que silba dormido ¡y con sentido! Domina las estructuras, las relaciones armónicas y rítmicas. De todo eso me quedó algo, pero no tengo un conocimiento agudo de la cultura musical ni sé nada de armonía. Apenas sé que los acordes mayores son triunfales y los menores son tristes. Y nada más.

    —¿Y cuál fue su lugar?

    —Siempre fui el hermano no músico de una familia de músicos. Todos tocan un instrumento menos yo. Y eso me hizo tener una relación extraña con la música. Todas las disciplinas que he trabajado las hizo un miembro de mi familia antes. En ese juego del “¿y tú qué sos?” yo era “el que escribe” y después fui “el que pinta”. Hay una compulsa social por decirles a los demás lo que uno ha decidido ser. Y ese es un paso que nunca logré dar. No te puedo decir qué soy. Me interesan muchas cosas, pero ninguna es tan fuerte como para entregarle todas mis horas. Por otro lado, siempre he tenido una conciencia muy aguda de la muerte. No hay ningún día en que no recuerde que me voy a morir. Me parece indispensable para vivir, saber que dispongo de unos 76 años. Es la duración de la vuelta en este juego mecánico. Si uno dedica todos sus cartuchos a una sola cosa logra una enorme profundidad en eso, y se pierde una cantidad de otras. Quizá yo no he tenido esa aspiración de profundidad y he optado por la diversidad de experiencias.

    —¿Defiende el camino autodidacta?

    —No hago una reivindicación de la ignorancia per se. Me encantaría saber música y si dispusiera de otra vida estaría en el conservatorio, pero la vida me colocó en el lugar del que hace muchos acordes sin saber cuáles son. Si vas a intentar hacer muchas cosas, vas a tener un techo, pero si te acompaña la buena fortuna, tu intuición va a suplir algunas de esas taras y te permitirá llegar a algún destino trascendente.

    —¿La literatura fue su primera novia?

    —Hay manifestaciones propias de los niños y luego vienen intenciones más profundas. Un día, hice mi primer dibujo “serio”, con el esfuerzo de trascender el trazo de un niño. Y luego hice un poema “serio” para ilustrar el dibujo “serio”. Cuando presenté esto a mis padres, dijeron: “Qué lindo, andá a jugar”. Tenía seis años, y me emperré en que eso era distinto. Hice un librito de poesías para mostrárselo a Mario Levrero, amigo de mi padre, que en mi casa era Mario Varlotta, una especie de tío para mí. Cuando lo leyó, dijo: “Esto está bueno, y lo vamos a editar ahora”. Agarró unas hojas de carbónico y unos papeles e hizo un tiraje de seis ejemplares. Fue un momento trascendente para mí. Mayo de 1975. La escena primaria de la que habla Freud. La primera vez que hice algo en serio, alguien se dio cuenta y me hizo tener ganas de que eso volviera a pasar.

    —Más allá de la indefinición, ¿tiene claro que es un artista?

    —Tengo claro que me interesa la expresión. Pero también me interesan otras formas de expresión que no son artísticas. En volumen horario, dedico mucho más a la ciencia que al arte. Por cada diez libros de ciencia que leo, pispeo uno de literatura y rara vez lo termino. En la ciencia hay una gran continuidad: un libro que lees, de algún modo continúa al anterior. La literatura es más discontinua, funciona por grumos.

    —¿Por eso este proyecto de centro cultural que vincula ciencia y arte?

    —Con Andrea somos un matrimonio y a la vez un microcolectivo artístico. Hicimos varios proyectos que juntaron arte y ciencia, y nos dimos cuenta de que en el mapa de la cultura uruguaya, la brecha entre ciencia y arte es hondísima e inexplicable. Este centro nos representa muy bien, ataca una carencia que para mi gusto es muy definitoria de los problemas de nuestra cultura: nos interesa mucho la producción expresiva del animal humano pero no nos interesan para nada los mecanismos neurofisiológicos que habilitan esa expresión.

    —¿Cómo influyó en su creación su reciente experiencia de paternidad?

    —Hay algo de ser padre que necesariamente te humildece: lo mejor que has hecho en tu vida se hizo solo. Vos sos un facilitador y a menudo un mero espectador. Nada que hayas hecho se aproxima en perfección, organicidad y coherencia a un bebito. Sé que es tópico decir que un niño es un milagro y sé que no lo es. Pero bordea lo milagroso. No podés creer qué bien resuelto está. Y me dispara una paradoja esencial para mi vida y mi creación: esa perfección que te hace pensar en la participación de un diseñador solo es posible mediante un proceso en el que no haya diseño. Si hubiera un diseñador, lo seres vivos serían mucho más pobres. Y si hacés arte desde el conocimiento y la capacidad analítica pura, tu obra carecerá de esa orgánica interna inconsciente y carente de diseño que es la naturaleza. En algunos procesos, a veces es mejor no entender qué pasa.

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