Sobre la biblioteca, hay un afiche grande de una foto en blanco y negro de los Tres Chiflados. Ubicados casi arriba de la puerta de entrada a su casa, los cómicos Curly, Moe y Larry parecen los ángeles guardianes del actor y humorista Jorge “El Flaco” Esmoris. En ese hogar sobrio y “varonil”, sin plantas, sin adornos inútiles, sin almohadones en el sofá, domina la escena un piano viejo, un importante equipo de audio y un sillón de tres cuerpos, cómodo por donde se lo mire.
Esmoris, el alma mater de la Antimurga BCG que se ha destacado por monólogos donde desarrolla un humor inteligente y muchas veces crítico, ha actuado también en televisión y en cine. En su biblioteca descansan los libros más variopintos, entre los que figuran dos tomos de “Frases célebres”, “El libro de los porqués”, una “Historia del teatro”, “El libro del rock”, “Artigas. La Redota” y un “Diccionario de la mitología universal”.
Esta semana, el artista presentará en Montevideo el show “Todo bien, bo!”, (en Lorente, el viernes 29 y el sábado 30, con entradas a $ 230 y $ 280), donde un borracho totalmente abstemio llega a la embriaguez sin ingerir una gota de alcohol y, por supuesto, sin fumar marihuana. Este singular borracho “amante de la lógica” pierde la cabeza ante la insensatez de la vida. Y, acompañado por un perchero que hace las veces de amigo inseparable, se lo cuenta a los parroquianos que van a ver el espectáculo.
El monólogo fue presentado en Maldonado y en Rosario, Colonia, cumpliendo con la tradición de Esmoris de estrenar primero en el interior. “Es una especie de reconocimiento hacia la gente del interior, que realmente me hizo sentir como un actor uruguayo, porque hasta 1999 me sentía un actor montevideano”, dijo a Búsqueda.
Justamente fue en ese año que el actor partió de gira con “Esmoris Presidente”. Anteriormente había hecho “Spa”. Y en 2012 recibió el Iris de Oro por su interpretación de José Artigas en la película “La Redota”, de César Charlone. En cine actuó, además, en “El Chevrolé” y en “Adiós Momo”, ambas con dirección de Leo Ricagni.
El siguiente es un resumen de la conversación que Esmoris mantuvo con Búsqueda en el living de su casa.
—Aquí vemos un piano, un gran equipo de audio y varios discos de jazz. ¿Cómo es su relación con la música?
—Como oyente, muy buena, porque de música no sé nada. Y el piano no sabían dónde dejarlo, y esta casa a veces oficia como depósito. Además, me daba no sé qué que lo tiraran, porque es como un elefante. A toda la gente le llama la atención el tipo de piano que es, al verse por adentro (le falta la tapa), pero está muy mal.
—¿Y le gusta el jazz?
—Sí, depende de los momentos o del espectáculo que se está armando. Pero sí, sobre todo el swing me da un ritmo para los monólogos. Aunque soy bastante ecléctico, pues no me instalo en un estilo y me quedo ahí. Puedo pasar del jazz a Camarón de la Isla, de ahí a Bob Dylan y de ahí a Zitarrosa.
—En la soledad de este borracho que dialoga con un perchero, ¿hay algo de su soledad personal?
—Cuando todos los textos empezaron a adaptarse al personaje, enseguida me di cuenta de que había un gran recuerdo de un viejo boliche de mi barrio, el Goes, que se llamaba “Los Tres Mosqueteros”, que a su vez fue el primer libro que leí. Ahí íbamos con otros gurises amigos, incluso a hacer los deberes de noche tarde, y veíamos gente de diferentes estratos sociales y posiciones económicas en una misma mesa jugando a la conga. Esa barra de amigos de cuando éramos adolescentes hoy está toda en Buenos Aires. Nos pasábamos horas hablando, y cosas que se relatan en el monólogo eran tal cual las vivimos. Eran charlas que se movían entre el ingenio y lo insustancial. En el texto hay también dudas de los tiempos que corren, porque yo a veces me siento como un dinosaurio.
—¿Por qué?
—Porque soy un tipo de procesos muy lentos, y a veces siento que hay poco tiempo para eso. El borracho dice que esto es como cuando ibas a la feria y el quilo pesaba 900 gramos. Y hasta dice que ahora una hora dura menos que antes.
—¿En qué otras cosas usted se siente como un dinosaurio?
—Es difícil saber qué es “presente” porque todo es lo que pasó o lo que va a venir, pero nada hay “ahora”. Y yo me manejo con otros valores.
—¿Se lleva mal con los avances tecnológicos y, particularmente, con los mensajes de texto y las redes sociales, que pueden generar ansiedad?
—Sí, es todo muy rápido y a mí me cuesta. No es que esté en contra, pero simplemente yo no vibro con eso, no lo entiendo y el de las redes sociales es un universo que no me interesa.
—¿No tiene cuenta de Facebook?
—No. No sabría cómo utilizarlo y racionalmente no lo entiendo. Si alguien me necesita o yo necesito a alguien, lo busco. No comprendo todo el tema de vivir pendiente de eso, como veo que sucede en mi ambiente, donde hay gente que pone constantemente: “Estoy yendo al baño”, “En este momento estoy por actuar”, “Estamos a punto de empezar el rodaje”. Para mí, eso es una locura. Pero si a la gente le hace bien... En fin: no me interesa y punto, pero tampoco voy a salir con carteles de “abajo la tecnología”.
—Entonces, ¿usted es un ser analógico y no digital?
—No lo sé (ríe). Me quedo con que soy Esmoris. Y eso ya me genera unas dudas bárbaras.
—¿Cómo se sintió interpretando a Artigas en La Redota?
—Yo le decía a César (Charlone) que él, sin saberlo, me hizo uno de los regalos más hermosos y raros de mi vida. Hermoso, por todo lo que significó para mí la composición previa del personaje. Después, sucedió que en los rodajes me sentía muy raro. Me pasaba lo que en el teatro se define como los momentos en los que baja el ángel, cuando incluso le tuve que pedir a César que me diera cinco minutos de pausa. No sé quién fue Artigas, y por ahí se me generaron más dudas, pero lo único que sé es que por momentos sentí el dolor que pudo haber sentido él. Y quedaba realmente desarmado.
—Entonces, ¿qué acercamiento tuvo a la figura de Artigas desde el punto de vista intelectual?
—Las lecturas que hice en un momento sentí que no me iban a hacer bien, porque me iba cargando de una información que iba a estar viciada según el autor que se tratara.
—Precisamente, parte de la historiografía nacional oficial suele plantear a Artigas como un héroe, pero lo curioso es que nunca quiso que Uruguay fuera un país independiente. ¿Qué posición tiene usted al respecto?
—A Artigas yo lo saqué por contraposición a los demás: frente a San Martín, a Bolívar y a O’Higgins. Y realmente, entre todos, era el diferente y quizás el más republicano, o el único de todos. A partir de allí dije: “Bueno, este es un hombre, un republicano”. Tampoco me correspondía a mí ni a la película llegar a una tesis sobre Artigas. Pero lo que me gustó fue no trabajarlo como un hombre-hombre ni como la figura de bronce, sino hacerlo más enigmático de lo que ya era.
—Para terminar, vamos a hacerle una pregunta al candidato “Esmoris Presidente”. Considerando que ni el Frente Amplio ni el Partido Nacional tienen un candidato definido y que, según opinó el señor Esmoris, el candidato del Partido Colorado no tiene apellido, ¿usted se volverá a presentar en las elecciones nacionales a pesar de los fracasos que ha cosechado?
—Mi otro yo le diría que no es tiempo de hablar de candidaturas (sonríe). Trato de informarme, leo los diarios cada dos o tres días, y a veces no sé si los leo o si hago una repasada, porque más o menos dicen siempre lo mismo. Para mí, son como los discursos de Año Nuevo del Papa, en los que van cambiando los países que están en problemas pero el contenido esencial es el mismo. A medida que empieza la campaña, todo el mundo me pregunta: “¿Cuándo largás? Mirá que yo te voto”. “Esmoris Presidente” es un personaje al que quiero y disfruto muchísimo. Probablemente haga algo, porque llegado el momento yo también me empiezo a entusiasmar. Pero ahora no tengo nada en mente. Además, es difícil porque soy el único candidato que tiene que decir cosas nuevas. Los demás, más o menos, la van llevando con lo mismo. Así que considero que es un desafío grande.