—Mi padre era un bandoneonista aficionado que a veces actuaba, puede decirse, semiprofesionalmente. Pero mi tío Tito, hermano de él, ha desarrollado una carrera profesional con el bandoneón que lo llevó a muchos países; por ejemplo, a Perú, Colombia, Estados Unidos y Japón. Así que yo me crié en un ambiente tanguero, aunque, por mi edad, el rock me alejaba un poco del tango. Y los estudios musicales los empecé siendo un niño, a los ocho años.
—Pero en algún momento tuvo que decidir qué genero seguir y qué instrumento tocar.
—Sí, claro. Opté por el bandoneón, que era de alguna manera el instrumento de la familia. Me decidí totalmente mientras cursaba el colegio secundario, a los diecisiete años. En ese momento, era muy grande la influencia que ejercía Piazzolla sobre mí, musicalmente hablando. Cada semana me compraba un casete de Piazzolla, y los sábados a la tarde me pasaba escuchándolo o, mejor dicho, disfrutándolo hasta el último compás.
—¿Quiénes le enseñaron bandoneón?
—Mis profesores fueron Domingo Mattio, Julio Pane y Néstor Marconi.
—¿El aprendizaje se limitó a lo estrictamente musical, o abarcó otras áreas?
—Con ellos y con los directores con los que toqué hubo también algo que es muy importante: una escuela de vida. Quiero decir: el aprendizaje de valores, de esos imponderables que van formando a la persona. Con Pugliese pude ver que el ejemplo de vida tiene que ver también con la propia música. Pero estar al lado de los grandes tiene sus ventajas y también sus desventajas.
—¿Cuáles serían las ventajas?
—Y... que uno aprende viendo tocar a los grandes y a un montón de gente que tiene mucho para enseñarte. Además, está, como decía, esa escuela de vida que posee una enorme importancia.
—¿Y las desventajas?
—La desventaja está en el dolor de ver que esos grandes, que los mayores, se van yendo o se van retirando. Pero es la ley de la vida, por supuesto.
—Usted ejerce la docencia. ¿Dónde lo hace?
—En la Escuela de Música Popular de Avellaneda, en el Gran Buenos Aires. Yo soy del Gran Buenos Aires. Nací y vivo en Tigre, a veintiocho kilómetros de la Capital Federal.
—¿Cómo encara la enseñanza?
—Parto de la base de inculcarles a mis alumnos que la técnica es importante, sin duda, pero que también, aparte de lo estrictamente técnico y estético, está la energía que uno pone en lo que toca. Si no, se corre el riesgo de ser un mero ejecutante frío, una especie de autómata.
—¿Como los cantantes que tienen oficio y voz pero que no logran llegar del todo al público?
—Exactamente. En eso mismo estaba pensando. En cambio, otros con menos recursos te tocan fuerte, te hacen vibrar.
—¿Es el caso de Adriana Varela?
—Bueno, ella lo tiene todo: la voz, la técnica y la emoción. Por lo pronto, es una voz distinta y un estilo diferente. Marcó el inicio de una etapa cuando con otros pocos artistas se puso a cantar tango no solo en los ambientes tangueros sino también en otros ámbitos. Y así, por ejemplo, interpretó tanto a Fito Páez como a Jaime Roos.
—Algunos dicen que imita a Roberto Goyeneche.
—No es cierto. No imita a nadie porque de por sí tiene un estilo propio. Precisamente, su gran mérito es el de no parecerse a nadie. Además, su capacidad es asombrosa: le basta un solo ensayo para estar en condiciones de interpretar profesionalmente cualquier tema. Adriana es actualmente la principal cantante del tango, incluidos los vocalistas varones. En este momento (la cantante y actriz) Soledad Villamil sigue por el rumbo que abrió Adriana.
—¿Cómo es trabajar con ella?
—Muy grato, por cierto. Cuando canta, la estrella es ella, pero te hace disfrutar en el escenario, lo mismo que en el trato personal, cuando debatís algo o cuando compartís valores. Como artista y como persona, tiene el gran mérito de ser totalmente espontánea.
—¿Cuánto hace que la acompaña?
—La primera vez fue en 1995, y después ese mismo año me uní al Quinteto para el Nuevo Tango, de Pablo Ziegler. Ziegler fue el pianista del último quinteto de Piazzolla. Con él y con Quique Sinesi en guitarra formamos distintas agrupaciones y actuamos en muchos países, como Alemania, Inglaterra, Holanda, Dinamarca, Austria, Israel y, haciendo jazz, en el festival de Lapataia de Punta Ballena. Los tres ganamos el Grammy Latino del año 2005 al mejor álbum de tango, gracias al CD “Bajo Cero”.
—¿Qué incidencia tiene hoy el tango en la juventud?
—No mucha, pero sin duda mayor que hace, digamos, quince años. Entre mis alumnos noto interés, aunque muestran una tendencia a quedarse en lo trillado. Cuando algunos van a tocar el fin de semana para ganarse unos pesos, les preguntó dónde tocaron y me dicen que “en la milonga”. Por eso, trato de mostrarles que es necesario evolucionar para evitar que se instale la tendencia de tocar siguiendo el estilo antiguo.
—¿No se ha evolucionado bastante en el tango?
—A mí, Ziegler me dijo una vez algo que ilustra bien esta cuestión: “Escuchalo al Viejo (por Piazzolla) pero no lo imites; hacé lo tuyo”. Hablando un día con Pugliese, le pregunté por qué la primera versión de “La Yumba” era más bien acelerada. Y me respondió: “Porque tocábamos para los bailarines. Después el ritmo se enlenteció”. “Ahí ganó”, le dije yo, y el maestro me respondió que sí. Lo que pasa es que el público, y su gusto, van cambiando.
—Personalmente, ¿cómo encara esta cuestión?
—Para mí, es Piazzolla y más allá. Y querría decir algo sobre el bailarín. Le hizo un gran bien al tango, es verdad. Pero a la vez creó un estereotipo en el que el género mismo se quedó estancado. Con los cantores pasa algo parecido. Vuelven una y otra vez al repertorio y al estilo de los años cuarenta y cincuenta. Ahora mismo en Buenos Aires está descollando como vocalista Ariel Ardit, que tiene muy buena voz e incluso actúa con orquesta propia. Pero él también muestra la tendencia a seguir con lo tradicional.
—¿Está mal eso?
—No, claro que no. Sin embargo, como hablábamos de mi posición personal, debo decir que continúo buscando. Exploro para encontrar nuevas formas de expresión. Eso sí: creo que el que se proponga renovar no puede renegar de las esencias. Pero no hay que olvidar, a la vez, que quedarse es una forma de resignarse.
—¿A quiénes incluiría en una nómina ideal de cinco grandes bandoneonistas?
—Aníbal Troilo marcó rumbos no solo en lo bandoneonístico, sino también en lo estético. Después vendrían Osvaldo Ruggiero, con su fraseo tan particular; Piazzolla, naturalmente, Leopoldo Federico y Rubén Juárez, quien además —quiero poner énfasis en esto— fue un gran cantor, aunque esta faceta suya no se subraye lo suficiente. A la lista agrego a Dino Saluzzi, comprometido en la búsqueda de traducir a través del fuelle las cosas de este tiempo en que vivimos. En eso comparto con él mis proyectos e inquietudes.
—¿Cuál es su más reciente trabajo para el disco?
—Con Quique Sinesi en guitarra y Horacio “Mono” Hurtado en contrabajo, terminamos de grabar en Buenos Aires un CD titulado “Avant garde Buenos Aires”, en el cual van diez temas, la mayoría nuestros y otros de Piazzolla y de Saluzzi.
—Cuando hablaba de Tigre y de sus clases en Avellaneda, se notó cierto tono de entusiasmo en su voz. ¿A qué se debe?
—A que, si uno quiere, puede llegar. Y puede correr mucho mundo. Pero al final se vuelve siempre a lo que más se quiere. Entre otras cosas, al barrio. El que se olvida de eso, pierde.
Vida Cultural
2012-03-22T00:00:00
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