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Cuando Robert Duvall visitaba Buenos Aires, solía buscar milongas. No pedía mucho, un rinconcito con piso de madera para bailar y una orquesta que supiera tocar con pasión. Para el artista estadounidense, quien murió el domingo 15 a los 95 años, el tango fue la puerta de entrada al amor y a una vida lejos de las cámaras.
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El consagrado intérprete conocido por encarnar al estratégico consigliere Tom Hagen, en El padrino y El padrino: parte II, así como al desmedido teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now —ambas dirigidas por el director que mejor lo aprovechó, Francis Ford Coppola— comenzó a visitar el Río de la Plata en los años 90 con una frecuencia que sorprendía a sus allegados.
Es que, pese a haber encarnado a personajes duros en el cine durante los años 60 y 70, Duvall conservaba un costado sensible y uno muy propenso al baile. En una de esas noches de tango en Argentina conoció a Luciana Pedraza, una arquitecta cuarenta años menor que él, con quien se casaría y permanecería en matrimonio hasta su muerte. En el hogar de ambos en Virginia, Estados Unidos, convirtieron un establo en un salón de baile. Allí, lejos de los reflectores, Duvall bailaba.
Su pasión por el tango del Río de la Plata también lo acercó a Uruguay. En varias ocasiones cruzó el charco para alojarse en Maldonado en balnearios como La Barra. En el 2000 participó del Festival Internacional de Cine de Punta del Este, donde presentó El apóstol (1997), película escrita, dirigida y protagonizado por él.
Conservador declarado en una industria mayoritariamente liberal, como actor desconfiaba del peso del protagonismo y prefería los márgenes. “La mejor vida del mundo es la de un actor secundario”, llegó a decir al New York Times. “No cargás toda la película sobre los hombros”.
Antes de ser el intérprete que su colega Michael Keaton llamó recientemente “la grandeza personificada”, Duvall fue un joven que compartió alojamiento con Dustin Hoffman en Nueva York, mientras pagaba las cuentas clasificando cartas en una oficina del correo postal. Había llegado a la actuación por descarte, cuando entendió que no era bueno para otras profesiones. Esa honestidad brutal sobre sus límites lo volvió un obsesivo de la verdad escénica, y esa capacidad de transformación la inmortalizó en 1962, cuando encarnó al vecino Boo Radley en Matar a un ruiseñor. Sin decir casi una palabra, construyó el enigmático hombre que emerge de las sombras para salvar a unos niños.
Aunque ganó un premio Oscar en 1984 por su papel de cantante de country en El precio de la felicidad, su corazón le pertenecía a un personaje de la televisión. En repetidas ocasiones afirmó que su papel favorito fue el del vaquero Augustus McCrae en la miniserie Lonesome Dove, a quien consideraba uno de los grandes personajes de la literatura.
Cuando se confirmó su muerte, las despedidas públicas recordaron al gran actor. Un retrato más preciso está en una frase que dijo en una entrevista de 1989. “Sigo siendo yo, haciéndome a mí mismo, alterado”, dijo, también, al Times.
En un comunicado tras su muerte, su esposa, Luciana Pedraza, completó el sentido de esa búsqueda al despedirlo. “Bob lo dio todo por sus personajes y por la verdad del espíritu humano que representaban”.