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    “Ante los cruces y fusiones es inútil resistirse”

    El argentino Jorge Fandermole canta el 9 de abril en la Zitarrosa

    Nació en un paraje santafesino llamado Pueblo Andino, tiene el título de ingeniero agrónomo, pero lo ha ejercido muy poco, y el 15 de enero cumplió 60 años. Junto a Juan Carlos Baglietto y Fito Páez fue uno de los pilares de la “trova rosarina” que emergió de esa ciudad a principios de los años 80. La primera mitad de su carrera fue muy prolífica, con seis discos en 15 años, y en lo que va del siglo solo editó tres placas. Pero al escuchar Navega (2002), Pequeños mundos (2005) y el CD doble Fander (2014) queda claro que este hombre de campo y de río, de habla serena y profunda prefiere la calidad a la cantidad. Recorriendo los innumerables festivales de su país y con unos pocas fechas al año en Buenos Aires, Jorge Fandermole se ha transformado en un músico de gran influencia en Argentina y la región. No goza de la popularidad masiva ni aparece en las listas de más vendidos, pero el boca a boca ha hecho su trabajo.

    Sus virtudes están a la vista: su voz diáfana y luminosa, su toque de guitarra refinado y rico en armonías que recuerda a la escuela brasileña, su riqueza poética para reflejar la vida y los conflictos de su tiempo, su calidez como intérprete y arreglador (instrumental y coral), y sobre todo su enorme talento para componer bellezas como Oración del remanso, Navega, Sueñero y Canto versos. Fandermole es un folclorista de oído abierto y muy contemporáneo, que conoce bien a Yupanqui, Cafrune y Los Chalchaleros pero también a Gismonti, Piazzolla y Cuchi Leguizamón. Y ha hecho decenas de canciones hermosas que han sido grabadas por Mercedes Sosa, Teresa Parodi, Liliana Herrero, Jairo, Ana Belén, Tania Libertad, Aca Seca, Yusa y Leo Maslíah, entre tantos.

    En noviembre de 2015 tocó por primera vez en Uruguay, en el festival Música de la Tierra, con gran acogida. Venía de ganar el premio Gardel al mejor disco de folclore por Fander y el premio Konex de Platino (a la trayectoria). Ahora la productora Dúo lo convocó para abrir el ciclo Guitarreros 2016, el sábado 9 de abril en la Sala Zitarrosa, en formato trío, con bajo y percusión (entradas a $ 450 en Tickantel). Lo que sigue es una síntesis de la charla que Fandermole mantuvo con Búsqueda.

    ¿Cómo construye una canción?

    —La canción es un gran género que conjuga la música y el lenguaje verbal, creando una especie de química. Empiezo indistintamente por cualquiera de los dos. Coplas musicalizadas o melodías a las que luego les pongo letras. Por lo general uno de los dos lenguajes prevalece, asume el protagonismo y limita los otros aspectos de la canción: a veces se impone la métrica o la acentuación de los versos. También se puede partir del ritmo, que tiene que ver con la región de la que es originario cada estilo. Cuando los dos lenguajes se potencian entre sí, tenés una buena canción.

    Chango Spasiuk dice que en Sudamérica la música se transmitió a través de los ríos…

    —Coincido. La música viaja y ahora cada vez más. Los cursos de agua han llevado la economía y la cultura. Y en Santa Fe estamos en el medio entre el norte y la capital. Un poco más al norte de Rosario aparece el chamamé como música fundamental, con epicentro en Corrientes y Chaco. Rosario ha sido siempre un lugar de paso para los chamameceros que emigraban a Buenos Aires, y algunos se afincaron ahí, en la “pampa gringa”, una zona híbrida de tradiciones musicales no del todo nítidas.

    ¿Por qué “pampa gringa”?

    —Es una zona portuaria que engloba la economía y la cultura de toda una región de llanuras colonizada por los inmigrantes italianos y españoles, pero sin la potente tradición musical del noreste con el chamamé, el noroeste (Santiago del Estero, Tucumán y Salta) con la zamba, chacarera, gato y escondido, y el oeste (Mendoza y San Juan) con la cueca y la tonada. Entonces, nosotros somos un híbrido entre todo eso y los estilos ciudadanos que vienen de Buenos Aires, con el tango a la cabeza. Yo he recibido todas esas influencias y no he querido quedarme con ninguna en particular y sí con varias al mismo tiempo. Me siento muy cómodo con la música litoraleña. Pero Rosario es también una ciudad fuertemente rockera, con Lito Nebbia como el gran creador del rock en castellano. Fito Páez y Juan Carlos Baglietto emergieron de la trova rosarina, que integré más como compositor que en escena, porque en esos años (1980) estaba haciendo una carrera universitaria que nada que ver… agronomía.

    ¿Qué vínculo hay entre esa mezcla de géneros y la lírica?

    —Siento que ciertas problemáticas íntimas o que tienen un entorno urbano conviven mejor con una balada que con un rasguido doble. He tenido que pelear bastante con eso, porque hay una fuerte tendencia a catalogar, a sistematizar los conceptos. Las clasificaciones existen y dominan las cabezas. Entonces, o sos rockero o sos folclorista. Cada vez se me configura con más potencia la idea de que el cancionero del Cono Sur es una obra inabarcable fundada en las tensiones entre tradición y renovación. Por suerte quedan reductos de formas puras de géneros y estilos, como para saber dónde recurrir cuando uno quiere ir a la raíz, para conocer el origen de las músicas. Pero ante los cruces y fusiones es inútil resistirse.

    ¿Le parece que el público acepta mejor esas fusiones?

    —Me tranquiliza que exista un público que pueda hacerse cargo de cualquier tipo de fusión y en el otro extremo un público que defiende la pureza en los rasgos que mantienen los orígenes. Combinar esos dos públicos es el sueño del pibe. Cuanto más tradicional se vuelve un extremo, el otro más se amplía y se funde con otras expresiones. Y eso es lo rico e interesante. Son dinámicas que no dependen de las voluntades individuales, son fenómenos sociales que sencillamente ocurren.

    ¿Cree que una interpretación puede modificar la naturaleza de una canción?

    —Veo las fusiones como genotipos musicales que mutan cuando se cruzan con otros. Y la música popular se transmite en forma elástica. Nunca vamos a encontrar la obra pura tal como salió de la cabeza del autor cuando terminó de darle hechura. La identidad de la obra está en la versión del autor, pero no coincido con quienes reniegan de las versiones. La versión siempre aporta una diferencia, incluso cuando se atenta contra la melodía.

    Esa es toda una polémica en la música…

    —Una polémica legítima, más allá de la controversia. Liliana Herrero, quien posee una capacidad expresiva superior, interviene fuertemente sobre las obras. Y no le voy a exigir que sea más cauta.

    ¿Cómo surgió Oración del remanso, esa canción tan emotiva que ha sido versionada por tantos cantantes, incluida Herrero (“Cristo de las redes, no nos abandones, y en sus espineles déjanos tus dones”)?

    —El lugar del que habla es el Remanso Valerio, que está entre Rosario y Granadero Bay­gorria, la ciudad donde yo vivo. Es una villa de pescadores frente a una zona del río muy tranquila, un remanso amplio, un lugar especial. En los años 90 levantaron allí una escultura de cemento de un Cristo caminante, que en vez de estar crucificado tiene los brazos abiertos, como el Corcovado, pero con redes de pesca enrolladas en el cuerpo. Y en el camino había un cartelito de chapa que decía: “Al Cristo pescador, 1.000 metros”. Empecé a comprar pescado y ahí estaba ese Cristo que era concebido más como un compañero de trabajo arriba del barco que como el crucificado. Esa idea me resultó muy conmovedora, porque esa comunidad siempre vivió del río, cada vez con más dificultad.

    ¿Esa imagen impactó con una sensibilidad religiosa suya?

    —Mire, yo soy un agnóstico, pero tengo mucho respeto por la gente de fe. Ese sentimiento es parte de la cultura, está entroncado con la tradición y atraviesa la vida de las personas. En mi caso desde la duda y la curiosidad y en otros condicionando la vida.

    ¿Cómo percibe la influencia en su país de músicos uruguayos como Aníbal Sampayo o Zitarrosa?

    —La música uruguaya tiene una influencia enorme en Argentina. Sampayo y Zitarrosa, pero también Jaime Roos y Ana Prada. También están Río de los pájaros y los tambores. Los guitarristas de Zitarrosa son una marca registrada para el oído.

    ¿Por qué le llevó tanto tiempo venir a Uruguay?

    —Yo llegué a trabajar en la música como profesión de un modo bastante fortuito. Soy producto de la trova rosarina y de una situación muy dolorosa como la Guerra de Malvinas, que motivó la prohibición de difundir música en inglés. El gran ímpetu que traían Baglietto, Fito, Ruben Goldín y otros generó la posibilidad de grabar discos y abrió un mercado de trabajo. De ahí en adelante vi la carrera musical como una profesión. Pero siempre estuve más cerca de la composición puertas adentro y me llevó un tiempo largo sentirme cómodo en un escenario. Por eso no busqué expandirme tanto si no mantener un trabajo sostenido en mi país. Solo toqué una vez en Brasil y otra en España.

    ¿Qué siente cuando gente con la que no está vinculado canta sus canciones?

    —Me emociona mucho. Cuando algo se libera de tu ámbito personal pasa a formar parte de algo mucho más grande, sin que tengas idea de cómo sucedió.

    ¿Cómo concibe y cómo practica la docencia musical?

    —Doy clases de Lenguaje Musical en la Escuela Municipal de Música de Rosario para gente de entre 17 y 40 años. Son cursos amplios donde abordo la música mezclando la teoría con los repertorios. Allí me encuentro con tipos que traen sensibilidades, cabezas y energías diferentes. Desde los músicos vocacionales a los que solo buscan ser un poco más felices. De todos ellos aprendo. Las voces de las personas transmiten, algunos más y otros menos, una interioridad profunda.

    Sin embargo, ha hecho pocas versiones, como Biromes y servilletas, de Leo Maslíah…

    —Lo he hecho muy poco pero me resulta muy sencillo y cómodo alejarme de la autoría. Es bastante tirano el bagaje que trae la obra propia. Hacer una ajena me habilita otras posibilidades expresivas.

    ¿Cómo aparecieron Sueñero y Canto versos?

    Sueñero viene de mis sueños, de mi mundo onírico. Había soñado una imagen muy fuerte: un animal sumergido en el fondo de una fuente muy profunda. Empecé a trabajar en la guitarra sobre esa imagen recordando una historieta muy hermosa de la revista Fierro, hecha por Enrique Brescia, que se llamaba El sueñero. Y le robé el título. Canto versos tiene que ver con por qué uno hace lo que hace. Viene del acto de cuestionarse.

    Acaba de recibir los premios Gardel y Konex de platino a la figura artística del año. ¿Qué significa ese premio?

    —El Gardel viene de la industria discográfica, pero el Konex viene de un jurado muy numeroso y prestigioso. No pienso en premios pero cuando llegan son muy estimulantes. Te pegan un empujón fuerte. Como sé que no voy a jubilarme, me gustaría poder componer hasta el día que me vaya. Pero a medida que uno se va haciendo más grande, la energía va decayendo. Entre mi último disco y el anterior hubo nueve años de diferencia. Me gustaría que no pasen nueve más hasta el próximo, pero quiero seguir teniendo algo interesante para decir.